Renunció a Dios

La habitación estaba envuelta en una penumbra suave, la luz se filtraba a través de las cortinas, creando sombras largas y silenciosas. Me encontraba allí, frente a un espejo que ya no reflejaba lo que solía ser mi fe, lo que solía ser mi esperanza. Había pasado años buscando respuestas en la oración, pidiendo consuelo en momentos de angustia, buscando algún tipo de señal que me indicara que, de alguna manera, todo tenía un propósito. Pero lo que más me dolía era la sensación de vacío que me quedaba, esa brecha que parecía empeorar cada vez que me acercaba a lo que alguna vez llamé "Dios".

Hoy decidí renunciar. No con palabras altisonantes, ni con odio, ni con rencor. Fue una renuncia callada, como el final de un libro que ya no puedo continuar. La promesa de amor incondicional que me había sido prometida en algún punto de mi vida se desvaneció en la niebla de mis dudas y mi dolor. Ya no podía sostener esa esperanza como un faro, porque todo lo que veía a mi alrededor eran sombras y silencio, un silencio abrumador que ahogaba mis plegarias.

Renuncié porque ya no encontraba respuestas, solo más preguntas. Ya no podía seguir sosteniendo mi fe sobre la base de promesas que nunca se cumplieron, de oraciones que nunca fueron escuchadas. Vi cómo el sufrimiento del mundo continuaba, cómo las tragedias se acumulaban, y yo seguía esperando, esperanzado, pero el consuelo nunca llegaba. Las palabras que alguna vez me llenaron de paz ahora me parecían vacías, simples frases que se desmoronaban al tocarlas.

No renuncié al amor, ni a la bondad. No renuncié a la idea de un mundo mejor, ni a la posibilidad de que algo más grande exista, pero renuncié a la noción de un Dios que me prometía consuelo y justicia. Renuncié a la idea de un ser supremo que todo lo ve y todo lo sabe, pero que parece ser indiferente ante el sufrimiento humano. Me di cuenta de que ya no podía seguir buscando respuestas en algo que ya no entendía. Necesitaba caminar por mi propio camino, sin la sombra de una figura distante que ya no podía ser mi guía.

Ahora, al mirar al frente, siento una extraña paz. No la paz que prometían las escrituras, ni la calma que se vendía como la recompensa de la fe. Es una paz más amarga, más realista. La paz de la renuncia, de soltar lo que ya no podía sostener, de dejar ir lo que alguna vez creí que me definía. Ya no soy la misma persona que oraba todas las noches. No soy el que creía en un propósito divino, en un plan que no entendía pero que confiaba.

Hoy, renuncio a Dios, pero no a la humanidad. Renuncio a la idea de un ser divino que responde a mis plegarias, pero no renuncio a la bondad que puedo encontrar en los demás, ni a la capacidad de amar y cuidar de quienes me rodean. Renuncio al misterio y al sufrimiento que el miedo a lo desconocido me ha impuesto, pero sigo siendo capaz de buscar justicia, de luchar por un mundo más justo y más humano.

Mi alma sigue buscando algo, pero ya no es un algo que espere del cielo. Ahora lo busco dentro de mí, en mis acciones, en las pequeñas cosas, en los momentos compartidos, en los silencios entendidos. Ya no espero que el amor venga desde arriba, lo busco aquí, donde estamos todos, donde puedo verlo en los ojos de los demás.

Y aunque renuncie a Dios, no renuncio a la vida.

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