Inés, Felicitas y Pupín caminaban por un sendero encubierto de niebla, adentrándose en la vastedad de un bosque que parecía guardar secretos en cada rincón. El aire fresco les acariciaba el rostro, y el sonido de sus pasos se absorbía por la espesura del lugar. A lo lejos, la Montaña del Eco se alzaba con una majestuosidad enigmática, cubierta de niebla, pero con su cima despejada, como invitándolos a acercarse.
—¿Estamos seguros de que este es el camino correcto? —preguntó Inés, con una ligera inquietud en su voz. Habían escuchado rumores sobre la montaña, una leyenda que hablaba de ecos mágicos capaces de reflejar los deseos y temores más profundos de las personas.
Pupín miró el mapa que había trazado con su magia, señalando la ruta con su varita.
—El mapa dice que sí. Llegaremos pronto a la entrada. Pero... debemos tener cuidado. La montaña no es lo que parece.
Felicitas, siempre curiosa y valiente, meneó la cola y saltó adelante.
—¡No pasa nada! ¡Vamos a descubrirlo!
A medida que se acercaban, la montaña parecía respirar. La niebla que cubría sus faldas comenzaba a girar, como si tomara vida propia. Cuando llegaron al pie de la montaña, se encontraron con una gran puerta tallada en piedra, cuyos relieves representaban criaturas del bosque, árboles, ríos y cielos tormentosos. Sobre ella, un mensaje estaba inscrito: “Los ecos de tu corazón hablan más fuerte que tus palabras”.
Pupín frunció el ceño al leerlo.
—Parece que no se trata solo de subir. La montaña nos desafiará a enfrentarnos a nosotros mismos.
Inés asintió, sintiendo un nudo en el estómago. Había oído historias sobre el poder de la Montaña del Eco, y sabía que no era solo un lugar mágico, sino un espejo del alma.
Al empujar la puerta, esta se abrió lentamente, revelando un pasaje angosto que los conducía a una vasta cueva llena de ecos. Cada paso que daban era seguido por un sonido, pero no era solo un eco común. Las voces que reverberaban no solo repetían sus palabras, sino que las distorsionaban, las transformaban.
—Escuchen —dijo Inés, con un susurro—. No solo nos repite, nos habla.
Y así era. Las voces que retornaban no eran suyas, sino algo más. Eran sus deseos, sus temores.
De repente, la voz de Pupín resonó en la cueva, pero no era como su voz normal. Era más grave, más solemne.
—¿Y si no soy lo suficientemente bueno? —la voz de Pupín preguntó, de manera angustiada.
Pupín se detuvo en seco, su corazón palpitando más rápido.
—¿De dónde viene eso? —susurró, mirando a Inés y Felicitas, asombrado.
Inés lo miró preocupada.
—Es el eco de tu propio miedo, Pupín. La montaña refleja lo que más tememos.
Felicitas ladró suavemente, dándole ánimo a Pupín, como si tratara de mostrarle que no estaba solo.
Juntos, siguieron adelante, enfrentándose a cada eco que los rodeaba. Cada uno era más profundo y personal que el anterior. Inés escuchó la voz de su madre diciéndole, en tono de reproche:
—No eres lo suficientemente fuerte. El mundo no necesita más soñadores, Inés.
El eco la atravesó, haciendo que su corazón se contrajera por un momento. Pero se detuvo, cerró los ojos y respiró profundamente.
—Eso no es cierto —se dijo a sí misma—. Yo soy fuerte. Lo he demostrado cada día.
Pupín la miró y, al ver su determinación
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