La sombra que se alza

Cayó una vez, y el polvo se alzó como un himno roto.

La tierra bebió su sangre como un pacto antiguo,
y el viento, cruel amante, le susurró su derrota.

Pero él se alzó.

Tembló su carne, fracturada en la furia del mundo,
y sus ojos, enrojecidos por lágrimas y sudor,
buscaron la luz entre la penumbra hiriente.
Sus manos, más grietas que piel,
se aferraron a la nada y la hicieron sostén.

La sombra volvió a golpear.

Llovieron sobre él puños como piedras de un dios cruel,
quebraron sus huesos como ramas secas en invierno,
le robaron el aire, le arrancaron la voz,
pero no la voluntad.

Y cuando creyó que nada más podía arrebatarle,
llegaron la mentira y la traición,
afiladas como lenguas de serpiente.
Le arrancaron la piel con promesas podridas,
le arrancaron la fe en los otros con sonrisas vacías.

La envidia lo golpeó con manos invisibles,
el egoísmo lo despojó hasta dejarlo desnudo.
Sin ropas, sin escudos, sin nada más que su aliento,
se arrastró sobre el filo del desprecio,
con la piel abierta a la noche helada.

Con la boca llena de tierra, aún murmuró su nombre.
Con los labios hendidos, aún pronunció su causa.
Y cuando su propio cuerpo le gritó que cayera,
se arrastró como un río sediento,
como un relámpago sin cielo.

Cada golpe le arrancó lo poco que quedaba,
cada herida abrió un abismo en su carne,
pero su pulso latía como un tambor de guerra,
porque él no creía en promesas ni en destinos,
solo en el peso de sus propios pasos.

La muerte, impaciente, se inclinó sobre su oído,
pero él…

Él aún respiraba.

Y alzó la mirada.

Y en el horizonte, donde el alba aún dudaba en nacer,
su sombra se irguió una vez más,
desafiando la eternidad.


Jorge Kagiagian 

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