El sonido del agua filtrándose por las paredes de piedra acompañaba el rasgueo del lápiz contra el papel. En la celda apenas cabían una cama angosta, una mesa coja y el cuerpo de un hombre encorvado sobre su última batalla: una hoja manchada de tinta y dudas.
La bombilla en el techo titilaba, arrojando destellos inciertos sobre los muros descascarados. Sus manos, sudorosas y firmes, se aferraban al lápiz como si en él residiera la única verdad que aún podía pronunciar. No podía permitirse una mentira más.
Había tachado tantas frases que la hoja parecía un campo de cicatrices. A veces borraba palabras enteras con trazos enérgicos, otras solo una letra, como si cada corrección fuese una deuda nueva que sumar al montón.
Finalmente, respiró hondo. Se pasó la lengua por los labios agrietados y apoyó la punta del lápiz en el papel con la certeza de quien ya no tiene más noches para dudar.
"Amor mío,
No es justo que esperes toda la condena por carta.
He pasado noches escribiéndote sin atreverme a enviarte nada, como si con cada palabra pudiera redimir el peso del silencio que nos envuelve. Pero ya no quiero esconderme detrás de tinta y papel.
Te he visto esperando, sosteniendo el aire entre los labios, creyendo que la soledad es la deuda que debes pagar por lo que fuimos. Pero no, amor. No hay culpa en amarnos como lo hicimos, ni castigo en la pasión con la que ardimos. No hay barrotes que te detengan, salvo los que tú misma sostienes con tus propias manos.
Por eso te libero.
Su mano se detuvo un instante. El crujido de los pasos de un guardia en el pasillo lo sacó de su concentración. Apretó los dientes y continuó.
"No te condenes a mi ausencia, no hagas de mis promesas una jaula. No soy un fantasma que deba seguir persiguiéndote, ni tú una prisionera encadenada a lo que no pudo ser. Sal, respira, deja que el mundo te toque sin miedo. Ama de nuevo sin el peso de lo que quedó atrás.
Si alguna vez fui tu refugio, ahora quiero ser tu viento.
Vuela, amor mío."
El temblor en su pecho se transformó en algo más profundo cuando terminó de escribir. No volvió a releer la carta. Si lo hacía, quizá la rompería en pedazos o la tacharía hasta dejarla ilegible.
El murmullo lejano de otros reclusos se filtraba por la puerta de metal, interrumpido a ratos por los golpes secos del carcelero al cerrar una celda. Sintió un escalofrío recorrerle la nuca.
Alzó la mirada hacia la pequeña ventanilla en lo alto de la pared. La noche estaba ahí afuera, extendiéndose sin prisa, indiferente a su encierro. Se preguntó si ella también la miraría, si en algún punto de la ciudad estaría apoyada contra una ventana, con el cabello despeinado y el alma en los ojos, esperando una carta que nunca había llegado.
Hasta ahora.
Dobló la hoja con lentitud, dejando que sus dedos recorrieran cada pliegue como si con ese gesto pudiera grabar su decisión en la piel. La metió en un sobre amarillento y escribió su nombre con trazo firme.
Respiró hondo.
Fuera, el guardia se acercaba.
Mañana la enviaría.
No sabía si ella la leería. No sabía si, al recibirla, sus manos temblarían, si sus labios formarían su nombre en un susurro. No sabía si la guardaría, si la quemaría, si la dejaría caer al suelo sin atreverse a abrirla.
No importaba.
Porque al menos alguien, en algún lugar, recuperaría su libertad.
Jorge Kagiagian
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