La última mañana, la luz del sol, filtrándose a través de los barrotes, no trajo consigo la promesa de un nuevo día, sino la fría confirmación de su decisión. Cada rayo parecía una daga de luz, penetrante y cruel, destacando la palidez de su rostro y la profunda ojera que lo marcaba como un fugitivo de la vida. Se despidió con una mirada, un gesto imperceptible, de aquellos que aún pronunciaban su nombre con afecto, sus rostros borrosos a través de la niebla de su dolor. Escribió una carta, no una despedida épica, sino un susurro en el papel, una huella de su voz para la mujer que amó y la hija que nunca conoció, un eco que se perdería en el tiempo. No pidió perdón, no ofreció explicaciones, solo dejó que las palabras, vacías de esperanza, fluyeran como lágrimas sobre el papel.
Los recuerdos lo asediaban, un enjambre de abejas furiosas que le zumbaban en los oídos. Su hija, una ausencia tan profunda que se sentía como una herida abierta en su alma. Un nombre vacío, un rostro que solo existía en su imaginación, un espectro que lo atormentaba. ¿Qué derecho tenía a llamarla hija? Su vida le había sido negada antes de que él pudiera conocerla, un padre que solo existía en la fría sentencia judicial, en las miradas de reproche de aquellos que alguna vez lo llamaron amigo. La culpa, un peso insoportable, lo aplastaba.
El anochecer se deslizó como un animal sigiloso, envolviéndolo en su abrazo de sombras. Se recostó sobre la litera dura, la madera fría contra su piel. Tomó las pastillas, una a una, pequeñas píldoras blancas, cada una un paso hacia la oscuridad. Su mano temblaba, no por el miedo a la muerte, sino por la agonía de la despedida, la despedida de un futuro que nunca existiría. Sintió una extraña tibieza que le subía por la garganta, un fuego lento que se expandía por su cuerpo, no doloroso, sino extraño, como si una fuerza invisible lo estuviera disolviendo. Un suspiro escapó de sus labios, un suspiro que se desvaneció en el aire silencioso. Los ojos se le cerraron lentamente, la oscuridad lo envolvió como una manta suave, y un último pensamiento, un pensamiento de paz irreal, flotó en su mente antes de que todo se volviera negro.
El mar se extendía ante él, sin orillas, sin horizonte. Pero no era un mar de agua, sino un mar de murmullos, de voces distorsionadas que se entrelazaban en un lamento eterno. Peces con alas de cuervo lo observaban con ojos compasivos, sus miradas profundas y llenas de una tristeza familiar. Intentó gritar, pero su voz se quebraba en burbujas de ceniza que se disipaban antes de alcanzar la superficie. El ahogo no era físico, sino existencial, una profunda sensación de vacío que lo envolvía.
De pronto, se encontraba en un jardín donde los árboles tenían cuerpos humanos, sus ramas, brazos suplicantes que se extendían hacia un cielo gris. No había hojas, solo dedos crispados que temblaban con el viento. Su hija estaba allí, un resplandor etéreo, sin rostro, una esencia de lo que pudo haber sido. Alcanzó su mano diminuta, pero sus dedos se deshicieron en polvo, escurriéndose entre sus propios dedos. La desesperación, un puñal invisible, lo atravesó.
Dentro de sí mismo, estaba atrapado en su propio pecho, oyendo su corazón latir como un tambor fúnebre, cada latido un golpe que resonaba en las paredes de su prisión interna. Intentó gritar, pero su lengua era un gusano que se retorcía, sofocándolo. Sus huesos eran raíces enterradas en la carne de un suelo impenetrable.
Un tirón feroz lo sacó de la oscuridad, un desgarrón brutal que lo devolvió a la realidad.
Dos días después, lo encontraron. Su piel era un lienzo pálido, cubierto de un sudor frío y pegajoso. El aire de la celda estaba impregnado de un hedor agrio, una mezcla nauseabunda de medicamentos y la humedad de su propia agonía. Los médicos hablaron de un milagro, de un cuerpo que se había negado a morir, que había rechazado el veneno con la furia de un animal herido.
Cuando despertó, el mundo era brutalmente real, la luz lo cegaba, el aire le quemaba los pulmones, el tiempo pesaba como una losa sobre su pecho. No encontró consuelo en su regreso, solo un vacío, un abismo que se abría bajo sus pies cada vez que cerraba los ojos. El llanto sin lágrimas llegó sin que pudiera evitarlo, un desgarro silencioso, más cruel que la muerte que había buscado. Era el llanto de quien comprende, demasiado tarde, que el sufrimiento no tiene una puerta de salida, solo pasillos interminables.
Los días se sucedieron, cada uno un peso insoportable sobre sus hombros. Cada respiración era una deuda impaga, cada amanecer un castigo. Se miraba las manos, esas manos que habían sostenido las pastillas, y sentía un desprecio insondable. Quiso olvidar, pero su cuerpo le recordaba a cada instante su fracaso. No había escapatoria. El mundo no tenía piedad.
Y supo, con la certeza de quien ha tocado el otro lado y ha sido rechazado, que lo más insoportable no era morir. Era seguir existiendo. Y seguiría.
Jorge Kagiagian
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