Las paredes respiraban. Se hinchaban como un pecho y luego exhalaban con un crujido sordo, como si la cárcel estuviera viva y lo observara. En la oscuridad de la celda, él también respiraba, sintiendo el peso del aire viciado, espeso como agua sucia. No sabía si había dormido o si solo había cerrado los ojos un instante. El tiempo aquí no se medía en horas, sino en golpes de chapa, en gritos lejanos, en pasos arrastrándose por los pasillos.
La primera vez que las vio creyó que se estaba muriendo. Sombras que se deslizaban por el suelo como aceite, figuras que se enredaban en los barrotes y susurraban con voces huecas. "No saldrás", decían. "Nunca saldrás". Se tapó los oídos, pero las palabras se filtraban en su cabeza como agua helada. Al principio pensó que eran recuerdos, imágenes de su vida antes del encierro deformándose, pero luego comprendió que no eran suyas. Algo lo estaba mirando desde el otro lado de la celda. Algo que no debía estar ahí.
Las noches eran lo peor. Cuando los cuerpos dormían y el frío trepaba por la piel, las sombras se acercaban más. A veces sentía un aliento en la nuca, otras veces una garra invisible le recorría la espalda. "No hay salvación", le decían. "Aquí nadie muere limpio". Y se reían, con carcajadas que sonaban como metal quebrándose.
Pero no todas las visiones eran iguales. Una vez, entre la bruma de su mente rota, apareció una luz. No la luz de la celda, no la luz triste y artificial del pasillo, sino algo cálido, tenue, como el reflejo de la luna sobre el agua. Una mano se posó en su frente. "Duerme", dijo una voz de un hombre y en tono suave. "Duerme, que la noche es larga". Y durmió.
A la mañana siguiente encontraron el cuerpo de aquel hombre bueno. Un amigo que había hecho. Un hombre de pocas palabras, padre de dos hijos, que siempre compartía su pan aunque él mismo tuviera hambre. Estaba colgado de su sábana, con los ojos abiertos pero sin ver nada. Lo bajaron con prisa, lo envolvieron en una bolsa negra. Afuera, en la garita, los guardias llenaban formularios sin mirar el cuerpo. Era solo un número menos en la lista. Un papel firmado. Un trámite.
Esa noche, él lo vio. Su amigo estaba de pie en la celda, como si nunca hubiera muerto. Pero no era él, no del todo. Había algo extraño en sus ojos, una negrura profunda como un pozo sin fondo. "No llores por mí", le susurró. "Llora por los que aún respiran". Y luego desapareció.
Pasaron los días, o lo que él suponía que eran días. El tiempo se volvía líquido, se deslizaba entre los dedos. No recordaba cuántas veces había dormido, ni cuántas veces había despertado con la piel helada por las visiones. Algunas noches los demonios lo atormentaban, susurrándole en los oídos, deslizándose bajo su piel. Otras, la voz de su amigo regresaba. "Resiste", le decía. "Resiste, que todo esto es un mal sueño".
Pero lo más extraño llegó una madrugada. Algo cambió en la oscuridad. Algo nuevo apareció en su celda. Primero fueron los sonidos: un murmullo lejano, como una canción sin letra. Luego, la figura.
Era una mujer. O lo que quedaba de ella. Casi invisible. Su rostro estaba desdibujado, sin forma, sin rasgos. Llevaba un vestido con bolados que flotaban como si el aire estuviera en otro tiempo. En sus brazos, una niña pequeña, con la boca aferrada a su pecho. Y a su alrededor, pequeñas criaturas flotaban, parecían como perritos etéreos, silenciosos, mirándolo con ojos húmedos y brillantes.
Ella no habló. Solo se acercó, y con una suavidad imposible en aquel lugar, se acostó a su lado en el catre. Los perritos se acomodaron a sus pies, temblorosos, diminutos. La niña siguió succionando en un sueño profundo. Y él, por primera vez en tanto tiempo, sintió calor.
La sintió apretar su cuerpo contra el suyo, envolverlo con su brazo en un abrazo firme y sereno.
Y entonces supo.
Supo que no era locura. Que no era solo encierro, ni delirio, ni la mente quebrándose por el peso de los días. Algo había venido a buscarlo. Algo había entrado en esa celda para rescatarlo de la oscuridad.
No sabía si era un alma desprendida, si era un ángel, si era el espíritu de alguien que lo había amado en otra vida. Solo supo que, por primera vez en tanto tiempo, no estaba solo.
Se aferró a la sensación. Cerró los ojos y se dejó llevar.
Durmió toda la noche, acunado por algo que no podía explicar, pero que, en el fondo, había estado esperado desde siempre.
Jorge Kagiagian
No hay comentarios.:
Publicar un comentario