El sueño de Felicitas: El Puente de Luz

El sueño de Felicitas: El Puente de Luz

La noche pesaba sobre el bosque, envolviendo todo en un manto de sombras silenciosas. Dentro de la cabaña de Inés, el aire estaba cargado de preocupación. Pupín dormía en una silla, aún débil por lo sucedido, e Inés velaba el sueño de su pequeña amiga.

Pero Felicitas no descansaba en paz.

Su cuerpecito temblaba, sus patas se movían como si corriera en un campo invisible, y de vez en cuando dejaba escapar un gemido lastimero. Algo en su sueño la inquietaba, la empujaba hacia algo desconocido.

Y entonces, en la profundidad de su mente, se abrió la visión.


El bosque se alzaba frente a ella, pero no era el bosque de siempre. Los árboles eran más altos, sus hojas susurraban palabras que no entendía, y el cielo era un océano de colores extraños, como si el mundo estuviera reflejado en un lago eterno.

Felicitas avanzó con cautela, sintiendo el suelo vibrar bajo sus patas. No sabía por qué, pero algo la llamaba. Una voz sin voz, un eco en su pecho que la guiaba.

Entonces, el suelo bajo ella se quebró.

El bosque se partió en dos, y en el abismo que se abrió apareció un río de sombras, un agua que no era agua, sino algo vivo, algo que se retorcía con murmullos oscuros. Al otro lado, Inés y Pupín la esperaban.

El puente era apenas un esqueleto de piedra vieja, colgando en el vacío como el hilo de una telaraña.

Felicitas no dudó. Corrió con todas sus fuerzas.

Pero con cada paso, las piedras bajo ella desaparecían, como si el tiempo las devorara. Inés y Pupín también corrían, pero la sombra que se alzaba detrás de ellos los perseguía, deformándose en figuras extrañas. Manos espectrales, rostros sin ojos, murmullos que no tenían dueño.

La última piedra del puente cayó.

Inés y Pupín quedaron al borde del abismo, las manos extendidas, buscando algo a lo que aferrarse.

Felicitas los miró.

Y entonces comprendió.

No había un camino para ellos. No había forma de cruzar.

A menos que ella misma se convirtiera en el camino.

Sintió una calidez en su pecho, un fuego que no quemaba, sino que brillaba. Su cuerpecito se llenó de luz, y cuando dio el último salto, no cayó…

Se convirtió en el puente.

Un resplandor dorado iluminó el vacío. Su forma desapareció, pero su esencia quedó allí, extendiéndose en un camino de luz que Inés y Pupín pudieron cruzar.

La sombra rugió con furia. Intentó alcanzarlos, pero la luz de Felicitas era demasiado fuerte.

Cuando llegaron al otro lado, Inés se volvió de inmediato.

Pero el puente de luz comenzó a desvanecerse… y con él, Felicitas desapareció.

Todo se disolvió en una última imagen: un ladrido lejano que se perdía en la inmensidad.


En la cabaña, el cuerpecito de Felicitas se estremeció.

Sus patas se movieron, como si aún intentara correr. Su aliento se hizo más agitado por un momento, luego se calmó.

Y aunque seguía dormida, algo en el aire había cambiado.

La visión se había sembrado en su alma.

Y tarde o temprano, su destino la alcanzaría.

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