El peso del silencio era un dolor que lo seguía. Había sobrevivido a los días interminables de terror, a los golpes que le enseñaron a desconfiar de cada sombra, a los murmullos que convertían su nombre en un eco de burla y amenaza. Durante meses, su vida fue un péndulo oscilante entre el miedo y la desesperanza. Pero cuando el pabellón se convirtió en su dominio, algo en él cambió.
No fue la fuerza lo que lo hizo sobrevivir, sino la estrategia. Aprendió a ver en la oscuridad, a escuchar lo que no se decía, a distinguir la respiración del hambre de la del odio. Y cuando los más violentos extendieron demasiado sus sombras, cuando robaron demasiado, cuando extorsionaron sin límites, él supo que su oportunidad había llegado. Habló con los guardias. No pidió nada. Solo dijo lo que debía ser dicho, en la forma en que debía decirse. Y así, uno por uno, los que gobernaban con cuchillas de metal oxidado fueron arrancados de sus celdas y arrojados a otro pabellón, lejos de allí.
El orden regresó. La calma. Pero también algo más: un vacío.
Porque dentro de él, el fuego seguía ardiendo.
Lo que le habían hecho no se apagaba con la paz. A veces, en las noches en las que el silencio parecía demasiado pesado, su mente traía imágenes que no deseaba. Se veía a sí mismo replicando la violencia, siendo el depredador en lugar de la presa. No quería hacerlo. No quería ser como ellos. Pero el resentimiento era una espina alojada en su pecho, un filo que no podía arrancarse.
Pidió ayuda. Pidió un psiquiatra, alguien que pudiera darle una respuesta, una forma de soltar la rabia. Pero la burocracia carcelaria era sorda.
—Después de la feria judicial —le dijeron.
No podía esperar. Cada día sentía cómo su mente se cerraba más sobre sí misma, cómo la frustración se transformaba en un abismo sin salida. La violencia que rechazaba comenzaba a buscar grietas en su voluntad. Y entonces, en la celda donde el tiempo no pasaba, encontró un lápiz. Un simple trozo de madera y grafito, olvidado sobre la mesa de otro interno. Lo tomó sin pensar y buscó algo donde plasmar su mano temblorosa. Un pedazo de papel arrugado sirvió de lienzo para el dolor.
No pensó en lo que escribía. Solo dejó que su alma hablara. Y por primera vez, la cárcel dejó de ser de concreto y metal, y se convirtió en palabras. En historias. En todo lo que había callado.
Escribió sobre el hambre, sobre la primera vez que lo golpearon, sobre la noche en la que pensó que lo matarían. Sobre lo que es no tener nada, de que se siente perder hasta la identidad. Todo el dolor del encierro, de vivir la injusticia en carne propia. Cada letra era una espina arrancada, cada frase un susurro de su espíritu intentando sanar. La tinta sustituyó a la sangre; la narración, a la venganza. Descubrió que el dolor podía encerrarse en frases, que la rabia podía transformarse en algo distinto. Y cuando terminó el primer texto, sintió que algo dentro de él había cambiado. No era redención. No era olvido. Pero era un principio.
Así nació el libro que ahora tienes en las manos. Cada historia aquí contada es un vestigio de su resistencia, un eco de todo lo que no pudo decir en voz alta. Pero cuando su alma necesitó respirar, encontró en la escritura una grieta en la muralla del encierro.
Con el tiempo, las palabras lo llevaron más allá de los barrotes. Ya no solo escribía sobre la cárcel, sino sobre lo que su mente anhelaba. Bosques encantados, reinos con hechiceros, caballeros y princesas, criaturas de otros mundos; historias que soñaba algún día leerle a su hija antes de dormir. La prisión no podía atrapar su imaginación. Mientras escribía, era libre.
Y aunque su cuerpo seguía allí, en esa celda que conocía cada cicatriz de su piel, su alma había encontrado un camino. La violencia no lo había devorado. No porque fuera más fuerte, sino porque había encontrado otro modo de sobrevivir.
Porque la verdadera resistencia no siempre es golpear más fuerte. A veces, es escribir.
Jorge Kagiagian
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