Era una tarde tranquila, una de esas en las que el cielo parecía estirarse sin fin, fundiéndose en tonos de dorado y rosa. Los árboles, altos y sabios, susurraban entre ellos como si compartieran secretos antiguos. El aire olía a tierra mojada, a hojas secas y a algo más, algo que no sabían nombrar, pero que hacía que el corazón de Inés latiera más rápido. Felicitas, como siempre, corría a su alrededor, saltando y ladrando de alegría. Pupín, con la mirada brillante y el pecho lleno de emociones, miró hacia el horizonte y vio algo que lo hizo detenerse.
—¿Lo ves? —preguntó con voz baja, señalando un destello de luz entre los árboles. La brisa suave acariciaba su rostro y parecía que el aire mismo los invitaba a acercarse.
Inés, con su paso delicado, se adelantó, su corazón latiendo al unísono con el de Pupín. Felicitas, saltando alegremente, corrió en círculos a su alrededor. Y sin pensarlo dos veces, el trío se adentró en el bosque, guiados por una fuerza invisible que les hablaba en susurros.
A medida que se acercaban al resplandor, un portal apareció ante ellos. Era como una burbuja de luz, flotante, etérea, tan suave que parecía que el mismo viento podría desvanecerla. Pupín dio un paso adelante, y un calor familiar envolvió su cuerpo. El portal no era solo un portal. Era un puente, un lugar donde todos los mundos se encontraban. El mundo real, el de la fantasía, el de los recuerdos y, lo más importante, el de los seres que amamos y que ya no están con nosotros.
—¿Deberíamos entrar? —preguntó Inés, su voz cargada de emoción, mientras tomaba la mano de Pupín.
—Sí —respondió él, mirando fijamente el resplandor—. Es un lugar donde los corazones se encuentran, Inés. Aquí podemos ver a aquellos a quienes amamos y hemos perdido. Aquí no hay dolor, solo felicidad y paz.
Felicitas, sin dudarlo, dio un saltito y cruzó el umbral primero. Como siempre, la perrita pequeña no temía a nada. Pupín y Inés se miraron por un segundo, se dieron la mano y dieron el paso. El aire se tornó más cálido, el sonido de los árboles se convirtió en una melodía suave. Y en un abrir y cerrar de ojos, estaban en un lugar completamente diferente.
Era un prado inmenso, con colores tan vivos que parecían sacados de un sueño. Los animales correteaban libres, felices. Perros y gatos, caballos, conejos, aves, todos compartiendo un espacio de paz infinita. En el aire flotaba una esencia de amor, un susurro suave que envolvía todo a su alrededor.
Pupín miró a su alrededor, y entonces, en el horizonte, vio una sombra familiar. Un pelaje negro con un pecho blanco, un brillo en los ojos que lo hacía reconocerla sin pensarlo.
—Carlita… —dijo con la voz quebrada, y su corazón dio un vuelco.
La perrita, que tanto había amado, caminó hacia él, su cola moviéndose con alegría. Ella le dio una vuelta alrededor, olfateando como si nunca se hubiera ido. Luego, saltó a sus brazos con la misma energía de siempre.
—Te extrañé tanto… —murmuró Pupín, su voz llena de emoción.
Carlita lo miró con esos ojos profundos, y un leve ladrido escapó de su garganta, como si dijera: "No tienes que extrañarme más, estoy aquí, siempre estaré". Pupín acarició su cabeza con ternura, dejando que el amor que compartieron durante tanto tiempo invadiera su alma.
Inés, observando a su lado, vio algo más. Un gato, con pelaje suave y ojos brillantes, caminaba hacia ella. Su cuerpo se tensó, su corazón latió con fuerza.
—Cristian… —susurró Inés, y sin pensarlo, corrió hacia él.
El gato le frotó la cabeza contra las piernas, ronroneando suavemente, como si no hubiera pasado ni un segundo desde la última vez que lo había acariciado. Inés lo tomó en sus brazos, sintiendo su calor, su suavidad, la paz que siempre le dio.
—No puedo creer que estés aquí… —dijo, acariciando su pelaje, sus ojos llenos de lágrimas.
Un maullido se escuchó a lo lejos, y pronto otro gato apareció, saltando con gracia. Era Damián, el compañero de siempre, con su actitud traviesa y su mirada pícara. Inés lo abrazó también, sintiendo como si todo el amor que una vez sintió por esos seres pequeños y especiales regresara a su vida, como una luz cálida.
Pero no todo estaba completo. En el horizonte, una figura más se acercaba. Una perrita pequeña, con un pelaje blanco y marrón claro, con ojos brillantes y una sonrisa traviesa en su rostro.
—¡Mamá! —exclamó Felicitas en lenguaje perruno, corriendo hacia ella a toda velocidad.
Era su madre, la perrita que siempre había cuidado de ella. La madre de Felicitas la recibió con un ladrido alegre, moviendo la cola con rapidez. Felicitas saltó hacia sus patas y se frotó contra su madre como si nunca se hubieran separado.
—Te he extrañado tanto… —murmuró Felicitas, acariciando su pelaje.
La madre de Felicitas le dio un suave lamido en la cara, como si dijera: "Siempre estaré contigo, pequeña". Y por un momento, Felicitas sintió que todas sus preocupaciones se desvanecían, al estar de nuevo con la que le dio vida.
Pupín, observando la escena, sonrió con ternura, sabiendo que el amor nunca desaparece, solo cambia de forma.
—Chimichurri… —dijo él, sonriendo con ternura.
Chimichurri frotó su cabeza contra la de Pupín, luego saltó a su hombro, como siempre lo hacía. Su ronroneo resonó en sus oídos, como un recordatorio de que, aunque la vida cambiara, el amor de las mascotas nunca se iría.
Inés miró a Pupín, sus ojos reflejaban una mezcla de tristeza y gratitud.
—Esto es… tan hermoso —susurró.
—Es un recordatorio —respondió Pupín—. Los animales son la forma en que el amor se expresa sin palabras. Nos enseñan lo que significa el amor incondicional, la lealtad, el consuelo. Nos cuidan, nos entienden, nos dan su compañía sin pedir nada a cambio. Ellos están en cada rincón de nuestras vidas, incluso cuando no los vemos.
El prado se llenó de sonidos suaves: el viento acariciando las hojas, los perros corriendo y jugando, los gatos descansando al sol, las aves cantando en lo alto. Era un lugar donde el amor de los animales no tenía fin, donde cada ser querido que había partido regresaba, libre de dolor, lleno de paz.
Y en ese momento, Inés comprendió.
—Nunca los olvidaremos, ¿verdad? —dijo ella, mirando a Pupín.
—Nunca —respondió él—. Porque, aunque el tiempo pase, ellos siguen con nosotros, en nuestros corazones, en cada recuerdo, en cada gesto de amor que compartimos. Siempre estarán ahí, guiándonos y amándonos.
Felicitas, jugando cerca con su madre, ladró felizmente, rodeada de nuevos amigos. Y mientras miraban a sus queridas mascotas, tanto vivas como ausentes, supieron que el amor de los animales es eterno, que no importa el tiempo ni el lugar, porque siempre estarán allí, en el corazón de quienes los amaron.
Jorge Kagiagian
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