La paradoja del silencio

El universo estaba demasiado vacío.

Desde hacía siglos, las sondas exploradoras habían viajado más allá de la Vía Láctea, escaneando galaxias enteras en busca de vida. No había señales, ni civilizaciones antiguas, ni ruinas de imperios caídos. Nada. Solo estrellas apagándose en un vasto océano negro.

Era un problema. Un problema que nadie quería enfrentar.

Por eso, cuando la nave científica detectó un eco energético en los límites de la realidad, una anomalía en el tiempo mismo, la misión fue autorizada de inmediato. El capitán no hizo preguntas. La tripulación tampoco. Eran científicos y exploradores, acostumbrados a mirar al abismo sin esperar respuestas.

Pero esta vez, el abismo los estaba mirando de vuelta.


1

El observador estaba solo en la sala de sensores cuando ocurrió.

Un zumbido bajo, como un susurro de estática en sus oídos. Luego, un destello en la pantalla principal. Algo había allí, una señal vieja, perdida en el flujo del tiempo.

No era natural.

Era un mensaje.

El capitán llegó con el especialista en temporalidad. Juntos observaron la transmisión: datos crudos, fragmentos de coordenadas dispersos como huesos enterrados en la arena del tiempo. Al reconstruirlos, revelaron un punto en el pasado distante, miles de millones de años atrás.

Pero no era solo un lugar.

Era una advertencia.


2

La nave descendió en órbita sobre un planeta muerto. Desde la atmósfera delgada, podían ver cicatrices de antiguas ciudades, estructuras colosales reducidas a polvo. La vida había estado aquí una vez, floreciendo bajo un sol ahora moribundo.

Pero algo la había borrado.

El investigador caminó entre los restos petrificados de una civilización olvidada. Hallaron inscripciones en un metal desconocido, símbolos tallados con precisión inquietante. Los registros hablaban de una gran oscuridad que llegó sin aviso. Algo que drenó la energía de su mundo, devorando su futuro hasta que solo quedó el vacío.

El especialista en temporalidad ajustó su visor. La distorsión seguía allí, un residuo de energía que no debía existir.

Y entonces lo vio.

No con los ojos, sino con la mente.

Una ciudad, en su apogeo. Torres resplandecientes, cielos vibrantes con tráfico aéreo, voces en mil idiomas. Y luego, la llegada de la sombra. Las luces parpadearon. La materia misma comenzó a desmoronarse, desvaneciéndose como cenizas en el viento.

Un robo. Un asesinato a escala cósmica.

La energía de este mundo había sido drenada desde su propio pasado.


3

El horror se apoderó de la tripulación.

El oficial táctico pidió evacuar el planeta de inmediato. El capitán asintió. Nadie discutió. Pero cuando regresaron a la nave, el especialista en temporalidad ya estaba en la sala de datos, sus manos temblorosas revisando patrones en la anomalía.

Los cálculos no tenían sentido.

Las firmas energéticas del evento coincidían con su propia tecnología. Con los generadores de su nave.

No era posible.

Pero había algo más.

El rastro no se detenía aquí. Se extendía hacia adelante en el tiempo. Hacia ellos.

El observador fue el primero en desaparecer. Nadie lo vio desvanecerse. Solo su ausencia, un vacío imposible en el lugar donde había estado momentos antes.

Luego fue el investigador. Sus huellas en la nave terminaban abruptamente, como si nunca hubiera existido.

El oficial táctico intentó llamar a la flota, pero solo obtuvo estática.

Uno por uno, comenzaron a desmoronarse.

El capitán comprendió demasiado tarde.

Ellos mismos eran la sombra.

Ellos eran los ladrones del tiempo.

En un futuro lejano, su propia civilización había encontrado la forma de drenar energía de otros mundos, de otros tiempos. En su desesperación por sobrevivir, habían robado el futuro y el pasado de incontables civilizaciones.

Y ahora, el universo cobraba su deuda.

Uno a uno, fueron borrados.

Hasta que no quedó nadie.

Hasta que el universo estuvo vacío.

Otra vez.


Jorge Kagiagian 

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