Un día, mientras paseaba por el jardín, Meni notó un extraño destello entre las flores. Antes de que pudiera reaccionar, una figura apareció en medio del aire, como si el sol hubiera decidido hacerse humano. Era un mago de aspecto curioso, con una capa de terciopelo morado y una varita que emitía pequeños destellos de luz. Su nombre era Pupin, y había viajado por tierras lejanas, buscando magia en lugares donde pocos se atrevían a ir.
"¿Quién eres?", preguntó Meni, sorprendida pero intrigada.
"Soy Pupin, un mago errante", respondió él, con una sonrisa tímida. "He recorrido muchos mundos, pero hoy, algo me ha traído hasta este jardín. Y, al parecer, a ti."
Meni, un poco avergonzada, le ofreció té en el salón principal del palacio. Mientras conversaban, los ocho perritos se acercaron con curiosidad, olisqueando al mago y saltando a su alrededor. Pupin no pudo evitar reírse mientras acariciaba a cada uno. "¡Vaya! Parece que los perritos ya me han aceptado como uno de los suyos", dijo con una sonrisa.
A partir de ese momento, Pupin comenzó a visitar el palacio con frecuencia. Siempre llegaba con alguna sorpresa mágica: flores que se transformaban en luces danzantes, pequeños animales de cristal que cobraban vida y corrían por el suelo, y hechizos suaves que hacían que los perritos bailaran de alegría. Meni, fascinada por la magia, comenzó a disfrutar de la compañía de Pupin más allá de los trucos y los encantamientos. En sus ojos encontraba algo que nunca había visto antes: una mirada llena de cariño y una forma de ser que la hacía sentirse especial.
Un día, mientras paseaban por los jardines del palacio, Pupin se detuvo frente a un pequeño rosal, y con una sonrisa, tomó la mano de Meni. "Meni," dijo con suavidad, "he viajado por todo el mundo en busca de poder y sabiduría, pero me he dado cuenta de que la magia más verdadera no está en los hechizos ni en los encantamientos. Está en los momentos sencillos, en las risas que compartimos, en la compañía que nos damos."
Meni, sonrojada pero con el corazón latiendo fuerte, lo miró y, sin decir palabra, abrazó a Pupin. "Y yo he aprendido que la verdadera magia está en el amor, en los pequeños gestos, en compartir mi vida con alguien que entiende mi soledad. Como esos ocho perritos que están siempre a mi lado, que me enseñan lo que significa ser amada sin pedir nada a cambio."
A partir de ese día, Meni y Pupin comenzaron a vivir juntos, rodeados de los ocho perritos que siempre les hacían compañía. Se mudaron a una pequeña casita en el borde del bosque, donde la magia de Pupin no solo creaba maravillas, sino que, más importante aún, construía momentos de felicidad. Los perritos, por supuesto, continuaban su travesura diaria, correteando por los pasillos y saltando sobre los dos enamorados, llenando la casa con su energía y alegría.
Y así, entre risas y trucos mágicos, Meni y Pupin vivieron felices en su pequeño hogar, rodeados del amor que se habían dado mutuamente y de los ocho perritos que siempre estaban allí para recordarle a todos que la verdadera magia está en los corazones, en lo simple, en lo tierno, en lo que se comparte. Y nunca faltaron los abrazos, las risas y las pequeñas maravillas que, día a día, hacían su vida aún más especial.
Y, por supuesto, vivieron felices para siempre.
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