El abismo que no fue pero que aún acecha


 
 
 

 
Las sombras de la noche se cuelgan como un sudario sobre la ciudad. El hombre, en la penumbra de su habitación, observa a su hija dormir. Una dulce paz se apodera de él, la calma de un puerto después de una tormenta. Pero las olas del pasado aún golpean su alma, y el corazón se le contrae con el recuerdo de lo que casi fue.
 
Se sumerge en la oscuridad de la prisión, en ese lugar sin tiempo donde las paredes respiran frío y la esperanza se desvanece como el polvo del concreto. Ve el abismo que lo atrapaba, el vacío que se tragaba sus pensamientos, el silencio que lo rodeaba como una niebla densa y mortal.
 
Recuerda la fría brutalidad de los guardias, el olor a desesperación que impregnaba el aire, las caras de los presos consumidos por la locura. En ese lugar sin horizonte, sin sol ni luna, el hombre se perdió a sí mismo. El recuerdo de la libertad se volvió una pesadilla, un fantasma que lo atormentaba sin darle tregua.
 
Si no hubiera sido por ella, si no hubiera sido por su amor, el hombre no estaría aquí, contando la historia de su redención. Se habría dejado consumir por la oscuridad de la prisión, se habría convertido en una sombra más entre las sombras, un fantasma sin nombre, sin memoria.
 
Ella, la mujer que lo amó más allá del sufrimiento, más allá de la distancia, más allá del miedo, fue su único salvavidas. Fue la luz que lo rescató del abismo, la que le recordó que la vida tenía un significado, que el amor podía superar cualquier obstáculo.
 
Ahora, la pequeña mano de su hija se aferra a la suya. El hombre se sumerge en su dulce sueño, buscando refugio en esa calma que no lo dejará ir. Pero, al mismo tiempo, el recuerdo de la oscuridad lo atormenta. ¿Cómo ser feliz sabiendo que la prisión lo había consumido casi por completo? ¿Cómo disfrutar de la luz sabi endo que la sombra aún lo acecha?
 
El abismo aún lo mira, lo llama a través de la niebla de su memoria. Pero la mujer sigue allí, a su lado, su amor un escudo contra la oscuridad. Ella es la única razón para seguir viviendo, la única esperanza de que la felicidad no sea solo un recuerdo de lo que fue.
 
Sin embargo, hay otros hombres, hombres que no tuvieron su suerte, hombres que se perdieron en la oscuridad de la prisión. Hombres que no encontraron un amor que los salvara, hombres que se dejan consumir por la desesperación, hombres que solo sueñan con un fin a su tormento. Sus pensamientos son oscuros, sus almas están vacías, y la muerte se les presenta como un oasis en medio del desierto de su desesperación.
 
El hombre cierra los ojos y busca refugio en el sueño de su hija, anhelando que la sombra del abismo no lo alcanze nunca más. Pero sabe que la batalla no ha terminado, que la prisión aún lo acecha.
 
Y en esa batalla, el amor de la mujer será su única arma. Su única esperanza. Su única salvación.
 
 
 

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