No sabía leer, pero firmó



**No sabía leer, pero firmó**


Mientras él observaba los pasillos interiores de la prisión desde la ventana del patio, vio a un compañero del pabellón conversando con un hombre de saco y corbata. Este le entregó una carpeta llena de papeles, la abrió y sacó una hoja.


Nadie le explicó lo que decía. Alguien le señaló un espacio al final de la hoja y él hizo un garabato, una marca cualquiera. Como cuando en la escuela le pedían que copiara palabras que no entendía. Solo que esta vez no había maestra, ni recreo, ni final de clases.


Había llegado a la cárcel sin entender cómo. El abogado de oficio había hablado rápido, con palabras que rebotaban sin sentido en su cabeza. Algo sobre proceso abreviado, sobre admisión de culpa, sobre evitar una condena mayor. "Es lo mejor para ti", le dijeron. ¿Cómo saber si era cierto? Nadie se molestó en explicarle.


Lo llevaron a un pabellón donde le dieron un colchón y un número. No hizo preguntas. Vio a otros como él: chicos flacos, callados, con la misma mirada perdida. Algunos apenas sabían deletrear su nombre, otros no sabían ni qué día era. Un guardia dejó una bandeja con comida en la celda. Nadie le pidió que firmara nada esta vez.


Con el tiempo, entendió que ahí nadie necesitaba papeles. Afuera todo requería un formulario, un trámite, un requisito. Para un trabajo, para un documento, para un hospital. Siempre había algo que completar, algo que demostrar. Pero en la cárcel no.


En la cárcel no hacía falta saber leer ni escribir. No hacía falta entender.


Para cualquier trabajo te piden estudios, experiencia, referencias. Para entrar a la cárcel, no hace falta nada. No hay requisitos, no hay filtros. La cárcel siempre tiene las puertas abiertas para recibir a los que el mundo dejó afuera.


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Afuera, los papeles no significan nada para ellos. A los jóvenes que llegan no solo les pesa la condena; cargan con un peso invisible, más pesado que el concreto de las celdas. Muchos nunca aprendieron a leer, y los papeles que les entregan son solo figuras extrañas en blanco y negro, como una maraña de letras que no entienden. Les piden firmar, pero no saben si están firmando su destino o el de alguien más. El miedo no es solo al castigo, sino a la palabra misma, a esa que nunca pudieron entender.


Él seguía observando la escena. En sus ojos, las letras no son un obstáculo. Él sabe leer, y sabe lo que significan esas palabras. Sin embargo, al ver la confusión de los demás, no puede evitar pensar que, para ellos, la lectura es una barrera más que añadir a una vida ya llena de muros invisibles.


Al día siguiente, una situación similar ocurrió.


—¿Qué dice aquí? —pregunta un joven, sosteniendo una hoja arrugada que alguien le ha puesto en la mano.


El otro, que sí sabe leer, repasa los párrafos. Algunas palabras le resultan confusas, pero intenta descifrarlas.


—Dice que aceptas la acusación y que no vas a pedir juicio.


—¿Y eso qué significa?


—Que ya está, que te quedas.


El joven asiente con la cabeza. No discute. No pregunta más. Toma el bolígrafo y traza su nombre con torpeza. Firma sin entender que acaba de declararse culpable de algo que ni siquiera sabe explicar.


Hay muchos como él; muchísimos más de lo que uno podría imaginarse. Chicos que nacieron en la intemperie, donde la escuela era un edificio ajeno y los libros eran cosas de otros. Nunca tuvieron nada que firmar antes de llegar aquí. Ningún contrato, ningún registro. Sus huellas dactilares son lo único que les pertenece en ese mundo de trámites que no comprenden.


Afuera, la vida nunca les dio certezas. Nunca supieron lo que era tener algo seguro. No había un hogar al que volver, ni un trabajo que los esperara con una oportunidad. La calle los crió como pudo, con sus propias reglas, con su propio idioma. La ley siempre fue algo lejano, algo que solo aparecía en la forma de uniformes y órdenes que nadie se molestaba en explicarles.


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—Lo peor es que fuera de aquí, no tenemos a nadie. La calle no tiene piedad. No hay trabajo, no hay oportunidades. Solo lo que uno puede robar, lo que uno puede agarrar. Si no hay salida, mejor estar dentro. Al menos aquí, uno sabe que tiene comida, aunque sea la peor.


Él observó cómo las palabras del chico no eran solo un lamento. Eran una especie de resignación, la aceptación de que no había otro camino que el que el sistema les había marcado. Pero había algo más, algo mucho más doloroso: la ignorancia. No sabían cómo leer, no comprendían el peso de las acusaciones que firmaban, y mucho menos entendían que la mayoría de ellos podrían haber evitado todo esto si hubieran tenido una educación mínima.


Cuando se alejó de ellos, no pudo evitar preguntarse cuántos más como ese joven había conocido, cuántos de esos chicos saldrían para encontrarse con la misma desolación, con el mismo vacío. Y cuántos más seguirían entrando en un ciclo sin fin, sin poder escapar de la cárcel, que para muchos no es solo un castigo, sino también un refugio.


Porque al final, la cárcel no necesita requisitos. Cualquiera es bienvenido con los brazos abiertos. 


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Jorge Kagiagian

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