La Soledad del Silencio

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**La Soledad del Silencio**

Él había creído, con la inocencia de quien lucha contra el viento, que cuando la tormenta cesara, el mundo sería un refugio. En su mente, la calma era un faro lejano que lo guiaba, un respiro, un descanso tras la lucha. Pero cuando el ruido del caos se apagó, cuando el estruendo de su propia batalla se desvaneció como una sombra al amanecer, la quietud no trajo consuelo, sino un vacío aún más profundo. La soledad le golpeó con una fuerza inesperada, como una marea que lo arrastra a un océano helado, sin puerto, sin tierra firme.

El silencio, antes el fin de la guerra, ahora le parecía un eco atronador, un recordatorio cruel de lo que había perdido. La ausencia de lucha lo despojaba de su propósito, y en ese vacío, la angustia se le enredaba en las venas como un hilo invisible, que no lo dejaba respirar. El tiempo, ahora libre de presión, se estiraba interminable, pesado, como un aire estancado que no se renueva. No tenía que huir, no tenía que sobrevivir. Y sin embargo, se sentía más atrapado que nunca, como si todo su ser estuviera inmovilizado en una prisión invisible. 

Antes, la lucha le había dado propósito. El dolor físico había sido solo una sombra pasajera, una molestia que podía ignorar mientras se concentraba en la supervivencia. Pero ahora, cuando la paz era tan densa y callada, los dolores, los recuerdos, las cicatrices invisibles se manifestaban con una claridad brutal. Su cuerpo, antes ignorado en la urgencia del día a día, era ahora su único compañero. Y le dolía. Dolía incluso en los momentos en que el dolor no se sentía, porque la falta de lucha, de acción, hacía que todo lo que ya había vivido se concentrara en un punto punzante dentro de él.

A su alrededor, el mundo seguía su curso, pero él ya no pertenecía a él. Las palabras de los demás flotaban en el aire, frías y ajenas, sin tocarlas. Las sonrisas de la gente eran destellos efímeros que no lograban romper el hielo que lo rodeaba. Ella, la única que aún compartía espacio con él, parecía un fantasma distante. Cada vez que cruzaba su mirada, él sentía que algo se quebraba en su interior. No había preguntas sobre su bienestar, ni un simple “hola” que lo conectara con la realidad. Solo palabras vacías, frases que caían como piedras en un pozo profundo, sin eco, sin retorno. Cuando ella le hablaba, su voz era como un viento gélido que arrastraba sus esperanzas, dejándolo aún más vacío. Un silencio más doloroso que la ausencia misma.

El entorno que lo rodeaba, antes una mera periferia de su agitada vida, ahora se volvía su único espejo. Las paredes, blancas y frías, lo observaban en su mutismo. La luz que se filtraba por la ventana era cruel, incapaz de calentar el aire helado de la habitación. En la oscuridad de la noche, el cielo, lejos, lleno de estrellas, parecía también ajeno, distante, como si el universo entero lo estuviera mirando desde un rincón frío e indiferente. La lluvia, antes suave y reconfortante, ahora golpeaba los cristales con un ritmo que le resonaba en el pecho. Cada gota era una promesa rota, un sueño marchito. En el jardín, los árboles desnudos se balanceaban, sus ramas crujían como una plegaria olvidada. La tierra, mojada y fría, parecía tragarse todo, todo lo que él sentía, como si el mundo estuviera enterrando sus emociones bajo capas de barro.

Él permanecía allí, quieto, atrapado en el espacio entre el tiempo y el dolor. A veces se preguntaba si alguna vez había sido alguien diferente. Si alguna vez había tocado algo verdadero, algo que no fuera solo la sombra de un sueño. ¿Había sido su vida una carrera hacia algo, o solo una huida de sí mismo? En el silencio, las respuestas llegaban con lentitud, como palabras arrastradas por el viento. Pero no eran respuestas que le dieran consuelo. Eran reflejos distorsionados de una vida que ya no podía reconocer como suya.

Por las noches, cuando el silencio era más profundo, cuando la lluvia ya no era más que un murmullo lejano, se quedaba mirando la ventana, como si ahí pudiera encontrar algo que le diera sentido a su desesperación. Pero solo veía el reflejo de su propio rostro, pálido, ausente. La oscuridad lo abrazaba, pero no lo llenaba. La soledad se colaba por cada rendija, como un veneno lento que lo invadía. Ya no se trataba de estar rodeado por gente. Estar solo entre ellos era aún más doloroso. Se sentía invisible, como una sombra que ya no podía seguir a los demás. Y, sin embargo, en su interior, la tormenta seguía. La desesperación seguía. El peso de lo que había perdido lo aplastaba, y la angustia, ahora convertida en su única compañía, lo consumía más que nunca.

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Versión 2

Él pensó que, cuando la tormenta finalmente se disolviera, cuando el estruendo de la lucha cesara, encontraría la calma que tanto anhelaba. Imaginaba la quietud como un alivio, un abrazo cálido que lo acogiera después de tanto desgaste. Pero, cuando todo quedó en silencio, la quietud lo envolvió como una niebla fría, un manto denso que no lo dejaba respirar. La ausencia de ruido se convirtió en el grito más doloroso, el vacío más profundo que jamás había sentido.

Había sido tan largo el tiempo de sobrevivir, tan constante la urgencia de mantenerse de pie, que el tiempo sin guerra lo desconcertó. Se preguntaba cómo era posible que, al alcanzar la calma, el vacío fuera más cruel que el dolor. En el espacio dejado por la lucha, surgieron las sombras, y con ellas, la soledad. La sensación de estar atrapado en un lugar sin salida lo asfixiaba. En su pecho, el eco de su angustia resonaba como el golpeteo de una gota de agua en una cueva vacía, perpetuamente repetido, sin respuesta.

El mundo a su alrededor, antes apenas perceptible, ahora se volvía más tangible, pero más lejano. La luz que entraba por la ventana no era cálida; caía sobre él como una mano indiferente, helada. El aire a su alrededor se sentía espeso, cargado de una quietud incómoda, como si incluso la naturaleza misma estuviera adormecida, esperando algo que nunca llegaría. La casa parecía desmoronarse en su interior, sus paredes más grises, su techo más bajo. Cada rincón le recordaba que no había un lugar al que pudiera escapar. No podía huir ni de su mente, ni de su cuerpo, ni de las huellas de todo lo que había vivido.

A su lado, las personas seguían con sus vidas, ajenas a él, como sombras en un paisaje distante. Cada palabra que cruzaba su boca parecía caer sin destino, sin importancia. No había palabras que lo alcanzaran, solo ecos vacíos que se desvanecían en el aire frío de la habitación. Cuando ella lo miraba, ya no había un brillo, un destello de conexión. La miraba, pero era como si todo lo que veía de ella se desvaneciera antes de tocarlo, como si la distancia entre ambos fuera infinita, y él se estuviera hundiendo en un océano de indiferencia.

La soledad era más cruel ahora que en los días de lucha. En aquellos momentos, no tenía tiempo para pensar, ni para sentir. El dolor físico era solo un acompañante en el camino, uno que podía ignorar. Pero ahora, cuando todo se había detenido, la tristeza se le clavaba en el alma, como una aguja invisible. La sensación de abandono se le pegaba a la piel, como el viento gélido que se colaba por las rendijas de la ventana, envolviéndolo sin compasión.

Las horas pasaban como si fueran interminables. Afuera, la lluvia golpeaba el cristal con un ritmo monótono, como si el cielo mismo llorara en silencio. Él escuchaba, inmóvil, el golpeteo del agua, cada gota un recordatorio de la desolación que sentía. La lluvia, antes reconfortante, ahora le parecía una tortura, como si el agua arrastrara todas las promesas rotas, todas las palabras no dichas. Los árboles en el jardín, antes llenos de vida, ahora se balanceaban con cada ráfaga de viento, desnudos y vacíos, como él. En su interior, sentía que la lluvia estaba buscando algo que no podía encontrar, algo que ya no existía.

Cada mañana se levantaba, no para enfrentar el día, sino para atravesar las horas como un espectro. Las calles afuera, tan llenas de vida para los demás, eran solo un escenario distante para él, un mundo en el que ya no encajaba. Las personas pasaban, pero sus pasos se desdibujaban, como si la distancia entre él y el resto del mundo fuera más grande de lo que jamás había sido. Se sentía un extraño en su propia existencia.

Por las noches, cuando el silencio era más pesado, se quedaba mirando la ventana, viendo las sombras alargarse por el suelo. La oscuridad se le metía en los huesos, y con ella, la tristeza lo envolvía. Se preguntaba si alguna vez había estado realmente cerca de alguien, si alguna vez había tocado algo que no fuera el vacío. Quizás el abandono no venía de ella, sino de él mismo, de la parte de él que se había perdido en la lucha, en la supervivencia. Tal vez se había desconectado tanto que ya no sabía cómo encontrar el camino de vuelta a sí mismo.

La soledad lo rodeaba, pero no era solo la ausencia de otros. Era la ausencia de él mismo, la desconexión profunda que se había formado entre su ser y el mundo que lo rodeaba. La angustia lo ahogaba en silencio, sin lágrimas, sin palabras. Solo quedaban los ecos, el ruido vacío de una casa sin alma. En la quietud, lo peor era la falta de respuestas. En el ruido de su propio ser, solo había silencio.

Jorge Kagiagian 

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