El cubo de Rubik es un caos de colores desordenados, una figura que desafía la lógica y pone a prueba la paciencia. Parece imposible de resolver, un reto que solo unos pocos logran superar, mientras que otros lo maldicen y abandonan. Girarlo al azar rara vez lleva a una solución; al contrario, cada movimiento impulsivo puede alejarnos aún más del orden esperado. Intentarlo sin método es frustrante y desesperante.
Sin embargo, quienes han logrado dominarlo saben que el secreto no está en la suerte, sino en la estrategia. No se trata de resolverlo todo de una vez, sino de comprender que cada pieza tiene su lugar y que, aunque cada giro parezca caótico, forma parte de un proceso mayor. A veces, es necesario desordenar algo temporalmente para alcanzar la armonía final. Corregir cada pequeña pieza por vez puede hacer que, incluso así, parezca que nunca llegaremos a resolverlo, que el proceso es largo y agotador...
Pero cuando finalmente encaja la última pieza, todo cobra sentido. La confusión se transforma en equilibrio, el desorden en orden, el esfuerzo en satisfacción, y el espíritu, por fin, puede descansar.
Es entonces cuando todo se hace claro, y la revelación llega en silencio:
El cubo de Rubik es la vida misma.
Jorge Kagiagian
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