A los ocho años, las palabras no pesan.
Se deslizan torpes, se equivocan, se ríen de sí mismas.
No saben todavía lo que pueden romper.
El niño no sabía escribir amor.
Pero sabía esperar a que ella llegara.
Sabía reconocer el sonido de sus pasos antes que los de cualquiera.
Sabía que, cuando estaba cerca, algo en el pecho le latía distinto, como si alguien golpeara desde adentro pidiendo salir.
Una tarde le preguntó a su padre cómo se escribía una carta de amor.
El padre no se rió.
No le habló de flores ni de promesas.
Le dijo algo simple:
—Usá su nombre. Una oración por cada letra.
El niño bajó la mirada.
No dijo cuál era.
Pero lo sostuvo en silencio, como si nombrarlo en voz alta pudiera romperlo.
Esa noche, apoyó el papel sobre la mesa.


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