No tenía templo ni altar.
No rezaba con palabras, ni llevaba cruz al cuello.
Y sin embargo, era uno de los hombres más justos que alguien podía encontrar.
Narradora de ilusiones traicionadas y sueños moribundos.
Combinados, como por arte de alquimia, lo despreciable con lo hermoso juntos en el mismo compás.
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La Mujer de los dos Caminos
Y sucedió en los días en que los hombres caminaban bajo el peso del imperio, y los soldados romanos vigilaban las puertas del templo.
Fue en la tierra de Judea, cuando aún hablaban los profetas en voz baja, y los pastores —que un día vieron ángeles en el cielo— ahora escuchaban su voz entre el pueblo.
Supplicatio ad Dominum Altissimum
Oh Vos, Altísimo Señor,
que moráis en los cielos y en los abismos,
en el fulgor del día y en la sombra de la noche,
escuchad, os ruego, la voz temblorosa de este siervo vuestro,
que a solas clama en medio del quebranto.
Al Portador de la única verdad
Oh, Satanás, déjame entrar a tu reino,
donde el fuego no castiga, sino alumbra,
donde las sombras no ocultan, sino enseñan,
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