Oh, Satanás, déjame entrar a tu reino,
donde el fuego no castiga, sino alumbra,
donde las sombras no ocultan, sino enseñan,
Narradora de ilusiones traicionadas y sueños moribundos.
Combinados, como por arte de alquimia, lo despreciable con lo hermoso juntos en el mismo compás.
Nací entre las sombras de un cielo eterno y, durante años, me alcé contra las alturas divinas. Mis oraciones eran susurros vacíos, disipados en la vastedad de un Dios distante, cuyas promesas se desvanecían como niebla bajo el sol del abandono. La fe fue mi refugio y mi cadena, pero las llaves de aquel encierro dejaron de pertenecerme. Con su manto de frío silencio, el tiempo me despojó de respuestas, de consuelo. La voz de Dios, antes un murmullo dulce, se tornó en eco lejano, en un suspiro que se apagaba dentro de mí.