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Elogio de Helena (Gorgias)  

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Perfección para la ciudad es el valor de sus habitantes, para un cuerpo la belleza, para un alma la sabiduría, para una acción la virtud, para un pensamiento la verdad. Las cualidades contrarias a éstas implican imperfección. En un hombre, en una mujer, en un pensamiento, en una acción, en una ciudad, es preciso honrar con alabanzas lo que sea digno de alabanza y cubrir de censuras lo que sea censurable. Pues tan erróneo e inexacto es censurar lo que debe ser alabado como alabar lo que debe ser censurado. Y es obligación de un mismo hombre proclamar la verdad y refutar a los que censuran a Helena, mujer sobre la que ha llegado a ser concorde y unánime la opinión de la tradición poética y el significado de su nombre, que lleva consigo el recuerdo de acontecimientos infortunados.

Yo quiero, razonando con lógica sobre la peyorativa tradición a ella referente, liberarla de toda acusación y hacer cesar la ignorancia, demostrando que sus acusadores están equivocados y descubriendo la verdad.

Todo el mundo sabe que por su origen y linaje fue excelsa entre hombres y mujeres la persona a la que se refiere este discurso. En efecto, es sabido que como madre tuvo a Leda y como padre a un dios, aunque creído un mortal, Zeus y Tíndaro, de los cuales uno, por serlo, fue creído, el otro, por ufanarse de ello, fue discutido; y uno era el más poderoso de los hombres y el otro el señor de todas las cosas.

Por haber tenido tales padres gozó de una belleza igual a la de una diosa, y esta belleza que tuvo no la mantuvo oculta. Inflamó de muchísimas pasiones de amor a muchísimos hombres, y con un solo cuerpo consiguió muchos pretendientes orgullosos por sus grandes cualidades, de los cuales unos tenían fortunas inmensas, otro gran renombre por la antigüedad de su nobleza, otra belleza por su vigor físico, otro prestigio por la sabiduría adquirida. Y todos quedaron bajo un amor ardiente y un deseo invencible.

No voy a exponer quién, por qué y cómo satisfizo su amor hacia Helena, apoderándose de ella. Pues decir cosas ya sabidas a los que las saben confirma su saber, pero no les produce placer. En consecuencia, pasando por alto en mi discurso el tiempo de entonces, voy a penetrar en el principio del discurso que voy a pronunciar y voy a exponer las causas por las que era natural que se produjera la marcha de Helena a Troya.

Hizo lo que hizo ya por decisión de la Fortuna, mandato de los dioses o designio del Destino, ya raptada violentamente, ya convencida con palabras.
Si por la primera causa, es un mérito para el que es acusado ser acusado, dado que es imposible impedir la voluntad de un dios con la previsión humana. Pues ha sido establecido por "la naturaleza no que el más fuerte sea dominado por el más débil, sino que el más débil sea dominado y sometido por el más fuerte, y que el más fuerte marque el camino y el más débil le siga. Y los dioses son más fuertes que el hombre por su poder, su sabiduría y por otras muchas cualidades. Por tanto, si se ha de atribuir la causa a la Fortuna o a la divinidad, hay que descargar a Helena de su mala fama.
Si fue raptada violentamente y sufrió ilegal violencia, y padeció injusta ofensa, es evidente que el culpable fue el raptor, por haber inferido un ultraje, pero la raptada, por haberle recibido, fue una desventurada. El bárbaro que comete un acto bárbaro, merece ser castigado con la ley, con la palabra y con la acción; con la ley, mediante la pérdida de sus derechos civiles; con la palabra, mediante una acusación; con la acción, mediante una sanción penal. Pero, la que fue violentada, privada de su patria y alejada de sus amigos, ¿cómo lógicamente no sería compadecida antes que difamada? El uno comete un delito, la otra lo padece. Por tanto, lo justo es compadecer a ésta y reprobar a aquél.

Si fue convencida y engañada con su espíritu por la palabra, no es difícil en este caso defenderla y liberarla de toda acusación.

La palabra es un poderoso soberano, que con un pequeñísimo y muy invisible cuerpo realiza empresas absolutamente divinas. En efecto, puede eliminar el temor, suprimir la tristeza, infundir alegría, aumentar la compasión. Voy a demostrar que esto es así, pues es preciso ponerlo de manifiesto ante la opinión de los que me escuchan.
Yo considero y defino toda poesía como palabra con metro. Esta infunde en los oyentes un estremecimiento preñado de temor, una compasión llena' de lágrimas Y una añoranza cercana al dolor, de forma que el alma experimenta mediante la palabra una pasión propia con motivo de la felicidad y la adversidad en asuntos y personas ajenas.

Y ahora voy a pasar a otro argumento. Las sugestiones inspiradas mediante la palabra producen el placer y apartan el dolor. La fuerza de la sugestión adueñándose de la opinión del alma, la domina, la convence y la transforma como por una fascinación. Dos artes de fascinación y de encantamiento han sido creadas, las cuales sirven de extravío al alma y de engaño a la opinión. Y ¡cuántos han engañado y engañan a cuántos y en cuántas cosas con la exposición hábil de un razonamiento erróneo' Si todos los hombres tuvieran completo recuerdo del pasado, conocimiento del presente y previsión del futuro, ese razonamiento no podría engañarlos del modo como lo hace. Pero es imposible recordar el pasado, conocer el presente y predecir el futuro. Y por ello la mayor parte de los hombres y en la mayor parte de las cuestiones toman la opinión como consejera del alma. Pero la opinión, siendo incierta e inconsistente, arroja a los que se sirven de ella en infortunios inconsistentes e inciertos. Y, por tanto, ¿qué causa pudo impedir que también y de un modo análogo la sugestión dominase a Helena, aun no siendo la primera vez, con el mismo resultado que si hubiera sido raptada violentamente?. Pues la fuerza de la persuasión, de la que nació el proyecto de Helena, es imposible de resistir y por ello no da lugar a censura, ya que tiene el mismo poder que el destino. En efecto, la palabra que persuade el alma obliga necesariamente a esta alma, que ha persuadido, a obedecer sus mandatos y a aprobar sus actos. Por tanto, el que infunde una persuasión, en cuanto priva de la libertad, obra injustamente, pero quien es persuadida, en cuanto es privada de la libertad por la palabra, sólo por error puede ser censurada.
En cuanto a que la persuasión producida por la palabra modela el alma como quiere, hay que fijarse en primer lugar en las teorías de los fisiólogos, quienes sustituyendo una opinión mediante la exposición de otra consiguen que lo que es increíble y oscuro se presente como evidente a los ojos de la opinión. En segundo lugar en las convincentes argumentaciones de los discursos judiciales, con las que un solo discurso encanta y persuade a una gran multitud, siempre que haya sido escrito con habilidad e independientemente de su veracidad. En tercer lugar en las discusiones de materias filosóficas, en las que se muestra también la labilidad de la mente en cuanto hace mutable la confianza en una opinión. Y la misma proporción hay entre el poder de la palabra respecto a la disposición del alma que entre el poder de los medicamentos con relación al estado del cuerpo. Así como unos medicamentos expulsan del cuerpo unos humores y otros a otros distintos, y unos eliminan la enfermedad y otros la vida, así también unas palabras producen tristeza, otras placer, otras temor, otras infunden en los oyentes coraje, otras mediante una maligna persuasión emponzoñan y engañan el alma.

Así, pues, he demostrado que si fue convencida con la palabra, no fue culpable, sino que tuvo mala suerte.

Y paso a exponer la cuarta causa con el cuarto argumento. Si lo que originó sus actos fue el amor, no es difícil que eluda la acusación de culpabilidad en la que se dice que ha incurrido. Las cosas que vemos tienen la naturaleza propia de cada una de ellas, no la que nosotros queremos. Además, mediante la percepción visual el alma es modelada en su modo de ser. Y así, cuando la vista contempla personas enemigas revestidas de armadura guerrera con ornamentos guerreros de bronce y de hierro, ya ofensivos ya defensivos, se aterra y aterra al alma, de manera que muchas veces huimos llenos de pavor aunque no haya un peligro en el futuro.

La verdad de esta argumentación se presenta como poderosa a causa del temor que se deriva de la percepción visual, la cual, una vez que se ha producido, hace que se renuncie a actuar, aunque se sepa lo que es bueno según la ley y lo que es justo según el derecho.
Por otra parte hay quienes a causa de haber tenido visiones terroríficas, pierden instantáneamente el juicio a consecuencia de las mismas: hasta tal punto perturba y destruye a la mente el temor. Y muchos caen en absurdas enfermedades, en terribles penalidades y en incurables locuras: hasta tal unto la vista grabó en su espíritu las imágenes de las cosas contempladas. Y paso por alto muchos ejemplos de visiones espeluznantes, dado que son semejantes las que no cito a las ya indicadas.

En otro sentido los pintores, cuando representan de modo perfecto un solo cuerpo y figura usando de muchos colores y cuerpos, deleitan a la vista. La realización de estatuas de hombres y de dioses produce en los ojos una dulce afección. Y de esta forma unos objetos dan tristeza a la vista, otro deseo y a veces muchos objetos producen en muchos hombres amor y deseo de muchos actos y cuerpos.

Por tanto, si el ojo de Helena originó en su alma deseo y pasión amorosa del cuerpo de Alejandro,", ¿qué hay en ello de asombroso? Si el amor es un dios 2 34 , ¿cómo hubiera podido resistir y vencer el divino poder de los dioses quien es más débil que ellos? Si se trata de una enfermedad humana y de un error de la mente, no se ha de censurar como si fuera una culpa, sino se ha de considerar como una mala suerte. Y, en efecto, ella marchó a Troya, como marchó, a causa de las insidias que padeció en su alma, no por voluntaria decisión de su espíritu; a causa de la inexorabilidad del amor, no por intrigas de su arte.

¿Cómo es posible estimar justo el censurar a Helena, la cual hizo lo que hizo enamorada o persuadida con palabras o raptada con violencia, u obligada por el poder divino y que, por tanto, escapa por completo a toda acusación?

He borrado con mi razonamiento la infamia de una mujer; he mantenido la normal" que establecí al principio de mi disertación; he intentado destruir la injusticia de un reproche y la ignorancia de una opinión; he querido escribir este discursos como elogio de Helena, como un producto de mi fantasía.

LA DEFENSA DE PALAMEDES

La acusación y la defensa no pueden versar sobre el hecho de morir, puesto que la naturaleza con voto manifiesto ha decretado la muerte a todos los mortales desde el mismo día de su nacimiento. La cuestión se refiere al honor y al deshonor: si yo debo morir de modo natural o ser condenado a muerte manchado de las máximas infamias y de la más vergonzosa acusación.

Frente a estas dos posibilidades de muerte, vosotros tenéis poder absoluto sobre una, yo sobre la otra; yo sobre la que es natural, vosotros sobre la que se produce con violencia.

Fácilmente podéis vosotros, si queréis, condenarme a muerte; pues tenéis poder para ello, mientras que yo ninguno tengo. Si mi acusador, Ulises lll, ha hecho su acusación por amor a Grecia, ya por saber con certeza que yo he traicionado a Grecia ante los bárbaros, ya por presumir que así ha sucedido, será un hombre perfecto. ¿Y cómo no lo sería quien salva a su patria, a sus padres, a toda la Grecia y además castiga al culpable? Pero si me acusó por envidia, intriga o malquerencia, del mismo modo que en el caso anterior sería un hombre excelente, así en éste sería el más malvado.

Dado que mi discurso ha de tratar sobre este problema, ¿de qué punto partiré?, ¿qué diré en primer lugar?, ¿hacia dónde encaminaré mi defensa? Pues una acusación carente de pruebas produce un manifiesto aturdimiento, por cuya causa no se sabe qué decir, a no ser que yo me deje guiar por la verdad estricta y no por mi actual necesidad, consejeras de desgracias antes que de dichas.

Yo sé con toda evidencia que mi acusador me acusa sin ver con claridad en este asunto, pues tengo plena conciencia en mí mismo de no haber hecho nada tal. Y no comprendo cómo alguien podría ver con claridad lo que no ha acontecido. Pero, si ha hecho su acusación por presumir que las cosas sucedieron así, voy a demostramos que está equivocado mediante una doble argumentación: un acto de esta naturaleza, yo, aunque hubiera querido cometerlo, no habría podido, y, si hubiera podido, no habría querido.
Voy a comenzar en primer lugar por esta tesis, la imposibilidad de que yo cometiera la traición.

En efecto, hubiera sido preciso que existiera en primer lugar un punto de partida de la traición, y este punto de partida habría sido un coloquio (con los bárbaros), pues las palabras tienen que preceder a las futuras acciones. Pero, ¿cómo podría haber tenido lugar un coloquio sin haberse celebrado una entrevista? Y, ¿cómo podría haberse celebrado una entrevista dado que él", no me ha enviado ningún mensajero ni yo a él tampoco? Ni ha podido cruzarse ninguna propuesta por escrito sin que nadie la llevase.

Más supongamos que la traición pudo prepararse en un coloquio. Yo, de alguna manera, me reúno con él, y él, de alguna manera, se reúne conmigo. ¿Quién está con quién? Un griego con un bárbaro. ¿Cómo entendernos y hablarnos? ¿Quizás a solas? No comprenderíamos nuestras palabras. ¿Mediante un intérprete? Entonces un tercero habría sido testigo de un acto que por naturaleza debe quedar oculto.

Pero admitamos, aunque no sucedió, que esta entrevista tuvo lugar. Hubiera sido preciso que, después de ponernos de acuerdo, intercambiáramos una garantía. Y, ¿cuál podría haber sido dicha garantía? ¿Quizá un juramentos ¿Quién confiaría en mí, un traidor? ¿Quizá rehenes? ¿Cuáles? Yo habría entregado a mi hermano, pues no tengo otro; el bárbaro a uno de sus hijos. De esta forma efectivamente yo tendría una excelente garantía de su parte y él de la mía. Pero, si esto hubiera sucedido, sería manifiesto a todos vosotros.

Alguien dirá que nos dimos garantía mediante riquezas, él entregándolas y yo recibiéndolas. Ahora bien, ¿quizás fueron pocas? No es lógico recibir pocas riquezas a cambio de tan gran ayuda. ¿Quizá muchas? Entonces, ¿de qué forma se hizo el transporte? ¿Cómo uno solo hubiera podido hacerlo? ¿O quizá entre muchos? Si muchos intervinieron en el transporte, muchos habrían sido testigos del complot; si lo hizo uno solo, no sería mucho lo transportado.

¿Cuándo se hizo el transporte, de día o de noche? Muchos y frecuentes son los puestos de guardia nocturnos, a través de los cuales no es posible pasar oculto. ¿Quizá de día? Mas la luz es enemiga de tales actos.

Pero sea. Admitamos, pese a ser las dos alternativas imposibles, que yo, consiguiendo salir, recibí las riquezas o bien un portador pudo entrar.

Y en este caso, ¿cómo yo, una vez recibidas, las habría podido mantener ocultas a familiares y extraños? ¿Dónde las habría podido poner? ¿Cómo las habría podido guardar? De utilizarlas, me habría puesto en evidencia; de no utilizarlas, ¿qué provecho sacaría de ellas?

Mas admitamos que sucedió todo esto que no ha sucedido: nos reunimos, hablamos, nos pusimos de acuerdo, recibí riquezas de ellos, las pasé ocultas y las guardé. En este supuesto tuvieron que llevarse a cabo aquellos actos para cuya consecución se realizó este complot. Y esto es aún más imposible que todo lo anteriormente referido.
En efecto, yo los habría hecho o solo o con otros. Pero no era empresa de un solo hombre. ¿Quizá con otros? ¿Con quiénes? Es evidente que con cómplices. ¿Libres o esclavos? De hombres libres sólo tengo trato con vosotros. ¿Quién de vosotros es cómplice? Decidlo. En cuanto a los esclavos, ¿cómo concederles crédito? Ellos
formulan sus acusaciones voluntariamente, por el deseo de libertad, o necesariamente bajo el dolor de la tortura"'.

Y, ¿cómo se habría realizado la empresa? Es evidente que hubiera tenido que introducir enemigos más poderosos que vosotros. Y esto es imposible. ¿Cómo los habría introducido? ¿Por las puertas? Pero la posibilidad de cerrarlas o abrirlas no está en mí, sino en los guardianes encargados de ellas. ¿Por las murallas mediante una escala? Imposible, están llenas de centinelas por todas partes. ¿Abriendo una brecha en las murallas? En este caso todos lo sabríais sin duda alguna.

La vida bajo las armas en un campamento, discurre a plena luz, y en ella todos vemos lo que ocurre y todos somos observados por todos. Y por ello me habría sido absolutamente y bajo todo aspecto imposible hacer aquello de lo que se me acusa.

Analicemos ahora conjuntamente la segunda alternativa: ¿por qué causa me hubiera interesado querer cometer la traición, si hubiera podido hacerla? Nadie quiere gratuitamente arrostrar los más grandes peligros ni cubrirse por completo de infamia con el mayor de los crímenes. Entonces, y otra vez vuelvo a la misma pregunta, ¿por qué causa lo hice? ¿Acaso para alcanzar el poder? ¿Sobre vosotros o sobre los bárbaros? Sobre vosotros es imposible, que sois tantos v tan insignes que poseéis todas las más elevadas cualidades: virtudes de los antepasados, inmensidad de riquezas, superioridad, vigor de espíritu, dominio de ciudades. ¿Sobre los bárbaros? ¿Quién me lo daría? ¿Con qué fuerza impondría mi poder, yo que soy griego, sobre los bárbaros? ¿Uno solo contra muchos? ¿Por la persuasión o por la violencia? Ellos no estarían dispuestos a dejarse persuadir, yo no podría dominarles por la fuerza. ¿O quizá me entregarían voluntariamente y según mi deseo el poder como recompensa de mi traición? Pero sería una gran locura confiar en y aceptar algo tal, pues ¿quién elegiría la esclavitud en lugar de la soberanía, lo peor en lugar de lo mejor?

Quizá alguien diga que yo cometí la traición por afán de dinero y riquezas. Pero yo tengo la riqueza que me basta y para nada tengo deseo de inmensos bienes. Pues necesitan muchas riquezas los que gastan mucho, los que son esclavos del placer y los que persiguen honores mediante la riqueza y la suntuosidad, pero no los que dominan los placeres sensibles. Y yo no tengo ninguna de aquellas apetencias. De que digo la verdad pongo como fidedigno testigo mi vida pasada, y de este testimonio vosotros sois testigos, pues habéis convivido conmigo y por ello lo sabéis perfectamente.
Y tampoco realizaría un hombre, incluso con una mediana inteligencia, un acto tal para conseguir honores, pues éstos son consecuencia de la virtud, no de la maldad. ¿Cómo se otorgarían honores a un traidor a la Hélade? Además, yo no tenía ninguna necesidad de honores, pues yo los recibía de los hombres más honorables y por el motivo más honorable, de vosotros y por mi sabiduría.

Y tampoco nadie cometería una traición para su seguridad, pues el traidor queda enemistado con todo: con la ley, con la justicia, con los dioses, con la mayoría de los hombres. Ya que infringe la ley, destruye la justicia, corrompe a los hombres, deshonra a la divinidad. Y, quien tiene su vida rodeada de tales y tan grandes peligros, no goza de seguridad.

¿Acaso se haría por el deseo de ayudar a los amigos y dañar a los enemigos? Con esta intención no se obraría injustamente, pero en mi caso yo hubiera obtenido un resultado totalmente opuesto: habría perjudicado a mis amigos y beneficiado a mis enemigos.

Por tanto, la traición no me hubiera reportado ningún provecho, y nadie obra mal por el deseo de recibir un perjuicio.

La única posibilidad que queda es que yo la cometiera para evitar algún temor, algún trabajo o algún peligro. Pero nadie podría afirmar que estos motivos tengan que ver conmigo.

Resumiendo mi discurso diré que los hombres realizan todos sus actos impulsados por uno de estos dos motivos: para obtener un provecho o para evitar un castigo. Fuera de estos dos casos, siempre que se obra mal es por demencia. Y es evidente cuán grandes daños me habría ocasionado si mi traición hubiera sido real: traicionando a Grecia, me traicionaba a mí mismo, a mis padres, a mis amigos, a la dignidad de mis antepasados, a las creencias paternas, a sus tumbas, a la patria, a la más ilustre ciudad de la Hélade. Aquello que para todo hombre está por encima de todo, yo lo habría puesto en las manos de los enemigos.

Y pensad también en lo siguiente. De haber cometido la traición, ¿cómo mi vida no sería ya indigna de ser vivida?. ¿Adónde podría yo volver mi vista? ¿A Grecia? ¿Para recibir el justo castigo de los que injurié? ¿Quién entre los que soportaron el mal me tendería la mano? ¿Acaso debería quedarme entre los bárbaros? ¿Abandonando los más elevados valores, privado de la más estimable honra, viviendo en la más vergonzosa infamia, tirando por tierra los esfuerzos hechos en mi vida pasada para adquirir la virtud? ¡Y ocasionarme a mí mismo lo que es más vergonzoso para un hombre, el ser desgraciado por su propia causa!

Además, tampoco entre los bárbaros gozaría de confianza. ¿Cómo podrían concedérmela quienes sabrían que yo había cometido el acto más desleal, el traicionar los amigos a los enemigos? Y, para aquel en quien nadie confía, la vida no es digna de ser vivida.

Alguien podría acoger benévolamente a quien ha perdido sus riquezas, a quien ha sido despojado del poder, a quien ha sido desterrado de la patria; pero nadie, una vez que haya perdido el crédito, puede recobrarlo.

Así pues, creo haber demostrado con mi discurso que ni habría podido ni habría querido traicionar a Grecia.

Deseo ahora, a continuación de estos argumentos, discutir con mi acusador. ¿En qué te basas para que un hombre de tu ralea se atreva a acusar a uno como yo? Pues es interesante conocer cuál es la índole de quien formula tal acusación y cómo tú, que eres indigno, actúas indignamente.

¿Me acusas en virtud de una certeza absoluta o por meras suposiciones? Si lo sabes con certeza, será porque presenciaste la traición, porque participaste en ella o porque te lo comunicó alguien que tomó parte en la misma. Si la presenciaste, dinos el modo, el lugar, el tiempo, cuándo, dónde y cómo la presenciaste. Si participaste en ella, participas también de la misma acusación. Si te la comunicó un cómplice, éste, sea quien sea, que venga, se presente y dé testimonio. Y así tu acusación será confirmada con un testigo.
Hasta ahora ninguno de nosotros ha presentado testigos. Y por ello quizá sostengas que estamos en análoga situación, tú sin presentarlos para atestiguar hechos, en tu opinión, sucedidos, yo sin presentarlos para atestiguar hechos no sucedidos. Pero no es lo mismo. Pues, ¿cómo se podría testimoniar lo que no ha sucedido? Por el contrario, testimoniar los hechos acontecidos, es posible e incluso fácil. Y no sólo fácil, sino que tú tendrías la posibilidad de encontrar no sólo testigos veraces, sino incluso testigos falsos. Yo, contrariamente, no podría hallarlos ni de una ni de otra clase.
Es evidente, pues, que tú no tienes certeza de la traición que me imputas. La única posibilidad es que, sin estar seguro, lo presumes. Y en este caso, ¿cómo te atreves a acusar con la máxima desvergüenza a un hombre de un delito que lleva aparejado la pena capital, sin estar seguro de la verdad y basándote sólo en una opinión, el menos fidedigno de los criterios? ¿Tienes plena conciencia de que éste ha hecho un acto tal? El formular opiniones es algo común a todo hombre y sobre cualquier cuestión, y en este aspecto tú no eres más sabio que los demás. Pero no se debe confiar en los que expresan opiniones, sino en los que tienen certeza; y tampoco se debe juzgar la opinión más digna de crédito que la verdad, sino, por el contrario, la verdad más fidedigna que la opinión.

En tus discursos me acusaste de dos cualidades radicalmente opuestas, la sabiduría y la demencia, las cuales no pueden darse en un mismo hombre. Efectivamente, al decir que yo soy hábil, extraordinario y lleno de recursos me atribuyes sabiduría. Cuando dices que traicioné a Grecia, demencia. Pues es una locura el intentar realizar actos imposibles, inútiles, vergonzosos, con los que se dañará a los amigos y se beneficiará a los enemigos, que harán la propia vida odiosa y llena de azares.

Y, ¿cómo es posible creer a un hombre tal, que en un mismo discurso, ante las mismas personas y sobre el mismo tema sostiene afirmaciones tan contradictorias? Quisiera preguntarte si consideras a los hombres sabios insensatos o prudentes. Si insensatos, nueva es la teoría, pero errónea. Si prudentes, en modo alguno es propio de quienes lo son cometer los mayores errores,, y preferir el mal teniendo el bien a su alcance.

Por tanto, si soy sabio, no podría haber cometido un error. Si lo cometí es que no soy sabio. Y, en consecuencia, tú serías un mentiroso en cualquiera de estas dos alternativas.

Yo no quiero a mi vez, aunque podría, acusarte de haber cometido muchas e ingentes faltas, antiguas y recientes, pues deseo liberarme de esta acusación no con tus maldades sino con mis méritos. Por tanto, en lo que a ti respecta, no diré nada más.

Es ahora, a vosotros, jueces, a los que quiero decir sobre mí algo que me da vergüenza, pero que es verdadero, que no sería oportuno en quien no está acusado, pero conveniente para el que lo ha sido. Voy a rendiros cuenta y a datos razón de mi vida anterior. Y ruego que ninguno de vosotros, si os recuerdo algo del bien que he hecho, ponga obstáculos a mis palabras, sino que considere que es necesario para un hombre objeto de terribles y falsas acusaciones rememoraros algunas de las buenas acciones que realmente he hecho. Lo cual me es muy agradable.

Lo primero y lo segundo y lo más importante, es que, absolutamente y desde el principio hasta el fin, mi vida pasada está libre de culpa y exenta de toda acusación. Nadie ante vosotros podría formular con verdad contra mí ninguna acusación de maldad. Y así mi propio acusador no ha dado ninguna demostración de sus palabras, por lo que su discurso es una injuria sin pruebas.

Yo podría decir, y al decirlo no mentiría ni podría ser refutado, que no sólo no soy culpable, sino incluso un gran benefactor vuestro, y de los griegos y de todos los hombres, presentes y futuros. En efecto, ¿quién habría hecho la vida humana plena de recursos, de carente de ellos; organizada de desorganizada; con la invención del arte de la guerra, lo más importante para alcanzar la hegemonía; de las leyes escritas, guardianes de la justicia; de las letras, instrumento del recuerdo; de las medidas y los pesos, excelentes medios de cambio en el comercio; de la aritmética, guardián de las riquezas; de las antorchas, los mejores y más rápidos mensajeros; de los dados, medio de pasar distraídamente el tiempo de ocio?

¿Con qué finalidad os recuerdo todo esto? Para demostramos que yo pongo mi mente al servicio de cosas de este tipo, para probaros que estoy apartado de toda clase de acción perversa y vergonzosa. Pues es imposible que dedicándome a las primeras pueda también dedicarme a estas otras. Y estimo que si yo nunca os causé daño, no debo recibirlo de vosotros.

Por mis demás costumbres tampoco merezco padecer ningún castigo, ni de los jóvenes ni de los viejos. A los vicios no les causo daño, a los jóvenes no soy inútil; a los afortunados no los envidio; a los desgraciados los compadezco; no desprecio la pobreza, ni estimo la riqueza más que la virtud, sino la virtud más que la riqueza; no soy inútil en los consejos ni inactivo en las batallas, cumpliendo lo que se me ordena y obedeciendo a mis jefes. Más no me gusta alabarme a mí mismo. Si lo he hecho, ha sido porque la presente situación, incluso al ser acusado sobre estos puntos, me obligó a ello para defenderme de la mejor manera posible.

Lo que queda de mi discurso se dirige a vosotros y respecto a vosotros. Una vez dicho esto, terminaré mi defensa.

La compasión, las súplicas, la intercesión de los amigos son útiles cuando el juicio está en manos de la multitud. Pero a vosotros, que sois y sois considerados los primeros entre los griegos, no debo convencemos ni con la ayuda de mis amigos, ni con súplicas, ni con lamentaciones, sino que debo liberarme de esta acusación con el más evidente argumento de quien es justo, mostrando la verdad sin usar de engaño alguno.

Es necesario que vosotros analicéis más los hechos que las palabras, que no deis más crédito a la acusación que a la defensa, que no consideréis a un o. deliberación irreflexiva juez más sabio que una meditada, que no estiméis a la calumnia más digna de fe que las pruebas. Todo hombre honesto debe tener gran cuidado de no equivocarse en cualquier decisión, pero aún más en las irremediables que en las que no lo son. A éstas se puede poner remedio, si se quiere; aquéllas quedan irremediables aunque se cambie de modo de pensar.

Y decisión irremediable se da cuando unos hombres juzgan a otro acerca de un delito que lleva consigo la pena de muerte, lo cual ahora se os ha planteado.

Si por medio de las palabras la verdad de los hechos pudiera presentarse pura y manifiesta a los que las escuchan, os sería fácil juzgar tomando como base lo que se os ha dicho. Puesto que no es así, poned bajo custodia mi persona, deliberad durante un más largo tiempo y pronunciad sentencia conforme a la verdad. Si os mostraseis injustos, corréis el grave peligro de manchar un buen nombre y de originar un deshonor. Y para un hombre honesto la muerte es preferible a una triste fama, pues aquélla es el fin de la vida, pero ésta una enfermedad incurable.

Si me condenáis a muerte injustamente, será sabido por muchos. Pues yo no soy un desconocido y vuestra maldad será manifiesta y patente a todos los griegos. Y seréis vosotros, no mi acusador, quienes cargaréis ante todos con la responsabilidad de una evidente injusticia, pues en vosotros está la decisión de la sentencia.
Y no podría existir un error mayor que éste. Pues si hubieseis juzgado injustamente, no sólo seríais culpables ante mí y ante mis padres, sino también ante vosotros mismos, al tener conciencia de 1 haber cometido un acto terrible, impío, injusto e Ilegal, por haber condenado a muerte a un aliado, a un hombre que os prestó servicios, a un benefactor de la Hélade, a un griego, siendo vosotros griegos, y todo ello sin haberse demostrado con evidencia que cometió algún acto injusto y sin haberse presentado acusación fidedigna.
He pronunciado mi defensa, y ya termino. El recordar en un breve resumen los argumentos antes expuestos con extensión tiene fundamento ante jueces de poca envergadura. Que vosotros, los más ilustres helenos entre los helenos ilustres, no hayáis prestado atención ni recordéis lo antes dicho, no es lógico ni pensarlo.

Gorgias

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Biografía apócrifa

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Nacido en el momento y lugar equivocados.
Educado bajo un rígido sistema de valores que colapsarían tempranamente dejándome a la deriva, sin moral alguna. Continuaría navegando sin rumbo destrozando todo lo que era… Renunciando a dios y a la sociedad, encerrado en un estado demente: el autismo sería el único amigo de mi mente enferma.
La esperanza habría de golpear la puerta de mi hogar. Pero ya he aprendido; eternamente se repetirá y tendrá mil caras diferentes pero que siempre se convertirá en decepción. Aquel viejo amor regresará y luego de la traición partirá sonriente... y mis lágrimas caerán sobre el papel para convertirse en letra y en poesía.

Mientas tanto, sin rumbo, sigo desafiando al olvido con mi risa irónica, resistiéndome a destruirlo todo para poder seguir narrando los reflejos de un alma perturbada...
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