Su boca era veneno


Él sabía que su boca era veneno
Un beso suyo
detendría el tiempo y su vida.
Aun así fue por ella
Innumerables noches pasaron.
Viajando, buscando, rastreando
Demasiadas

El momento esperado hubo de llegar
Estaba de espaldas a unos pocos metros
Ajena de todo lo que él había arriesgado
Deseaba ese beso
lleno de paz, lleno de muerte.
Su alma y su cuerpo
merecían descansar

Pronunció su nombre y ella volteó.
El desprecio brillaba en su mirada
Acercó su boca pero ella se apartó.
En vano, quiso tomar su mano
Sus ojos penetrantes
radiaban sentimientos oscuros.
lo expulsaron
como si fuera un ser inmundo

Nunca pudo besarla.

Escondiendo sus lágrimas, se retiró
Ya lejos de toda vista
cayó de quebradas rodillas
creyendo que el dolor
tan profundo, tan intenso
lo mataría en ese instante mismo
pero, para él, no habría piedad.
Sin poder más contener su angustia
comenzó a llorar.

Ese fue el principio 
de una larguísima vida
tan triste, tan solitaria

Jorge Kagiagian






Ese fue el principio 
de una larguísima vida
de tristeza y soledad.






























Su boca era veneno
Él sabía que su boca era veneno
Un beso suyo
detendría el tiempo y su vida.
Aun así fue por ella
No tenía miedo de morir
Pasó innumerables noches
viajando, buscando, rastreando
Fueron demasiadas
Llegó el día ansiado
Estaba de espaldas a unos pocos metros
Ajena de todo lo que él había arriesgado
Deseaba ese beso
lleno de paz, lleno de muerte.
Su alma y su cuerpo
merecían descansar
Pronunció su nombre y ella volteó.
El desprecio brillaba en su mirada
Acercó su boca pero ella se apartó.
En vano, quiso tomar su mano
Sus ojos penetrantes
radiantes de malos sentimientos
lo expulsaron
como si fuera un ser inmundo
Nunca pudo besarla.
Escondiendo sus lágrimas, se retiró
Ya lejos de toda vista
cayó de espíritu y rodillas quebradas.
Creyó que el dolor
tan profundo, tan intenso
lo mataría en ese mismo instante
pero, para él, no habría piedad.
No pudo contenerse más
y comenzó a llorar.
Ese fue el principio de una larguísima vida
de tristeza y soledad.
Jorge Kagiagian

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