Poema Negro (Claudio de Alas)


Cuando moría me abrazó, y con voz quebrada y lastimera, me dijo que en recuerdo de este amor me dejaba su blanca calavera, que la robara de su propia tumba y que en mis horas alegres o de duelo, su espíritu vendría desde el cielo y a través de ella me vería. Y el tiempo pasó, siento su voz reclamándome "Cumple tu promesa!"

Y al fin llegó la noche, llena de oscuridad y viento, valiéndose la lluvia y los truenos el mar rugía a lo lejos, ardiente corazón y presa del terror escalé la muralla de los muertos, sentí de inmediato su presencia en aquel viejo cementerio, nada cambiará, siempre estarás allí, mirándome, aunque tus ojos ya, no me puedan ver.

Por las calles sombrías, del desierto campo santo, llegué así a mi destino, rodeado de coronas y de santos, una ráfaga me dio el brillo, rompí su mármol con un martillo, una ráfaga pestilente un fuerte olor a muerte.

Al fondo de la caja entre vendajes y mortajas, olas hirvientes de gusanos, se la tragan lentamente, de sus brillantes ojos quedan dos grandes huecos, y esa boca que era tan apasionada, una muda y terrible carcajada!!! noooo!!!!

Este amor es mi dolor, la locura contra la razón.
De su belleza que radió cual astro, no había allí tan siquiera un rastro, era un informe y corrompido andrajo, la miré desconsolado, acongojado, mudo, medité en los festines de la muerte y me hundí en el sepulcro abierto a tajos, temblorosas tendieronse mis manos al inmenso hervidero de gusanos, busqué de la garganta la juntura, nervioso retorcí, hubo traquidos de huesos arrancados y partidos, hasta que hollando vi las sepulturas; huí miedoso entre las sombras crueles, creyendo que los muertos en tropeles, levantaban su forma descarnada corriendo a rescatar su calavera, esa yerta y silente compañera de la lóbrega noche de la nada.

Eso pasó, fue ayer, hoy en mi mesa, cual escombro final de su belleza, helada, muda, lívida e inerte sobre mis libros en montón reposa, cual una gigantesca y blanca rosa, que ostentase la risa de la muerte.

Sus grandes cuencas como dos cavernas me miran inmóviles y eternas; soñando la veo transformarse en lo que era y comienza a acercarse; me siento suyo la siento mía pero mis pupilas me despiertan, para mostrarme la imagen de la muerte que estática y sombría me contempla.

Cuando yo me muera, linda calavera, me acompañarás hasta la eternidad!.

Claudio de Alas

6 comentarios:

marce.... dijo...

me gusta !!!!!!!!!!

Anónimo dijo...

Soy M
Me parece muy ágil en su ritmo, como si estuviera mediada por latidos esa ausencia de latidos que conlleva a la muerte.
Es un texto que inquieta porque la muerte es uno de los grandes temas del hombre como ser humano y finito. Seguramente lo que trasciende es el hecho de saber que no vamos solos, el "yo poético" posee esa gran muleta de donde asirse. En una suerte de promesa de trascendencia. Tal vez el amor o la obsesión no sean muy distinto a la muerte. Tal vez la única forma de trascender es llevandonos algo de ese ominoso Otro...

Anónimo dijo...

Perdón quise escribir *distintos
Un gran saludo!

Anónimo dijo...

No hacés bien, Jorge, en alterar el texto original del genial Claudio de Alas con cambios varios de dudoso gusto... Te pido que des a conocer los versos exactos, que son inmejorables: todos te lo agradecerán.

Anónimo dijo...

este no es el poema original de Claudio de Alas. Ni siquiera se le parece.

Anónimo dijo...

Esta es la adaptación que realizó el músico venezolano Paul Guillman.