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Ota Benga  

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A Ota Benga, M. L. King y Madiba.


Escribo estas palabras sólo para librarme de la culpa, aunque sé que no podré conseguir el perdón por lo que he hecho. Es fácil juzgar los actos ajenos y más fácil será para aquellas personas que lean mi confesión mucho tiempo después de que yo deje de existir.

Hace algunos años, trabajaba con el Dr. Samuel Verner, un destacado misionario, investigador y docente de los Estados Unidos. Realizábamos trabajos sobre la cultura de diferentes pueblos africanos y tareas humanitarias.
Formamos parte de muchas expediciones en el Afrique Équatoriale Française y el État Indépendant du Congo desde 1890 hasta 1906, año donde conoceríamos a Ota Benga.

Algunos negros de una tribu pigmea habían logrado evadir a la Force Publique escapando hacia el sur. Se escabulleron por la ribera del río Kasai hasta llegar a los bosques ecuatoriales, donde creían podrían ocultarse. La madre de Ota Benga cargó a su hijo con su única mano durante quien sabe cuantos días por ese camino plagado de alimañas y animales ávidos de carne. Muchos no llegaron a su destino pero quien escapa no tiene tiempo para lamentos.

La Force Publique era una organización gubernamental dedicada a la conservación del orden público, orden que obtendrían a cualquier costo. Estaba a cargo de Leopold II de Bélgica, quien administraba el curiosamente llamado État Indépendant du Congo. No es difícil suponer que el terror era la forma más efectiva que una potencia extranjera tenía para usufructuar las tierras y las riquezas de una nación pobre, y sobre todo, subyugar las voluntades débiles y absolutamente indefensas de los habitantes autóctonos. La tortura, el castigo y la humillación pública fueron, sin duda, los métodos para lograr los objetivos europeos.

Benga (como solían llamarlo) me contó, tiempo después, que su padre había sido atormentado hasta el suplicio cuando él mismo imploró por su propia muerte. A su madre le fue amputada, su mano derecha, y ahumada al sol como método de persuasivo y ejemplificador para los trabajadores involuntarios en rebeldía.

Mientras tanto, lejos, en América se preparaban para uno de los más grandes festejos, La Feria Mundial de Saint Louis. Los organizadores estaban muy interesados en realizar un evento inolvidable, por lo que sus exposiciones debían ser memorables e innovadoras… y así lo hicieron. Llamarían a Verner y luego él a mí para encargarnos la tarea que nunca tuve que haber aceptado. Luego de discutir mi precio, accedí a ir en busca de nativos africanos para exhibirlos en público.

A pesar del poco tiempo disponible para programar la expedición, conseguimos el aprovisionamiento, equipo necesario e, incluso, el barco que nos transportaría hasta el continente sin dios.

Dichosamente sin pormenores, terminado el viaje, arribamos al Congo Belga. Nos reunimos con un equipo de guías tratantes de negros; a quienes contratamos para cumplir nuestro encargo.
Embarcados en lancha, recorrimos el río hasta los bosques, lugar donde existía un remanente de especímenes que, según decían, eran de considerable aptitud para trabajos de largas jornadas bajo el sol.
Navegamos durante varios días. Buscamos hasta dar con ese remanente, una pequeña comunidad exiliada en medio de miseria, una tribu diezmada de la etnia Batwa.

Al vernos se desparramaron como cucarachas, eran comparables a chimpancés leprosos. Varios lograron escapar, pero uno intentó atacarme con una improvisada lanza… sin más, disparé mi escopeta volándole medio cráneo, cayó muerto en el acto.
Ver las caras de terror de aquellos semihombres que trataban de huir de nosotros, me confirmaban lo alejado que estaban del raciocinio que nosotros habíamos adquirido.
Elegimos varios de ellos, jóvenes, ancianos, niños, hombres, mujeres y otros primates, que, gracias a nuestro Dios, encontramos en el camino.

Ni Verner, ni a mí nos preocupó separar familias, sacarle los hijos a las madres en nombre de la ciencia era un acto justo. No me preocupaba hacerlo con los cachorros de un perro, muchos menos me molestaría hacerlo con un ser negro.
Recordé a Voltaire, pronuncié una de sus frases para contrarrestar la debilidad emocional que me causaba su antropomórfico dolor: “Dios jamás pondría un alma en un cuerpo negro y mucho menos un alma buena”.
Hoy lamento esas palabras. He aprendido que aunque no tengan alma, son seres con vidas que hay que respetar.

Una vez encadenadas sus cinturas y alineados en una larga fila, nos dirigimos a nuestra lancha. Y, luego, al barco que nos llevaría nuevamente a Norteamérica.
Allí los colocamos en jaulas individuales, para evitar que se hicieran daño entre ellos y dejen de ser aptos para la presentación en público.

Uno de los Batwa capturados fue Ota Benga. Tenía 18 años aproximadamente. Su carácter era ciertamente salvaje. Quizás quería volver con su iguales y sus crías, producto de su férrea conexión con sus instintos infrahumanos…
Colocamos un grillete en su pierna que, luego, encadenamos a su jaula; con eso garantizamos un comportamiento correcto. Dejamos un balde para que usara durante ese viaje de más de tres semanas. Le dimos comida y agua diariamente. Pero al sexto día demostró que poco agradecía nuestras atenciones, arrojó el balde que le habíamos dejado para sus necesidades sobre un miembro de la tripulación… por lo que dejó de recibir nuestra generosidad hasta llegar a los Estados Unidos.
Entregamos el encargo a los organizadores y obtuvimos el resto del dinero acordado.

Lego de ambientar la vitrina de la carga africana, la Feria Mundial de Saint Louis abrió sus puertas al público. Tuve tiempo de visitar el evento, comidas deliciosas y curiosidades que nunca había visto.
Allí entre todos dos chimpancés y un gorila, en una jaula con árboles, tierra y platos de carne cruda y ennegrecida estaba Ota Benga. Ostentaba un título de bronce: "Eslabón transitorio más cercano al ser humano". Los dedos de los visitantes lo señalaban mientras un profesor emocionado explicaba el origen de las especies y las maravilla del evolucionismo:

"...la apariencia personal, las características y rasgos de los pigmeos del Congo ... pequeñas criaturas simiescas, duendes, furtivos y traviesos ... viven en los densos bosques enmarañados en la barbarie absoluta y, al mismo tiempo, que exhiben muchos simios características como en sus cuerpos, que posee un estado de alerta determinados, quizás más inteligentes que otros negros ....”

Terminada la exposición, sin saber que hacer con ellos, lo entregaron para estudios científico. Se tomaron las medidas de su cuerpo, se realizaron análisis profundos sobre su persona. Incluso hicieron un molde de yeso de su cuerpo y de sus dientes limados en forma de serrucho. E interesantes estudios sobre sus respuestas al dolor y sus reacciones a algunos medicamentos experimentales.

Terminado los aportes científicos, los llevamos nuevamente a su tierra para ser entregados para las tareas que de seguro el Force Publique les tendría preparado.
Los soltamos en el bosque de donde los habíamos obtenido. Cuando los vi correr desesperados, mirado desconfiados hacia atrás esperando ser derribados por nuestras armas, me di cuenta del terror que provocamos en ellos. Ota Benga entre aterrorizado y feliz corrió como nadie jamás perdiéndose en la espesura de los árboles.

Durante algunos días permanecimos en aquel lugar para aprovisionar el barco y hacer algunas pequeñas reparaciones.
Una semana después, en el mercado central, me encontré nuevamente con la mayoría de los pigmeos que días atrás habíamos liberado. En fila, uno junto al otro, estaban parados en la oferta de trabajadores involuntarios. Allí, como no podía ser de otra manera, estaba Benga.
Me acerqué a él, con sus pobres palabras de un inglés que había aprendido de las burlas y de los experimentos, me contó lo sucedido.
En los bosques ya nada quedaba. Su tribu había sido asesinada y mutilada como castigo por haber intentado escapar. Su Mujer y sus dos hijos habían perecido luego de una penosa y larga tortura. Benga no podía detener su llanto y su desesperación.
Me conmoví y convencí a Verner que lo comprara. Su futuro en esa tierra era lo peor imaginable por eso lo llevamos con nosotros a Norteamérica.

Una vez en New York, llevamos a Ota Benga al Zoológico del Bronx. Donde junto a cuatro chimpancés, un gorila llamado Dinah y el orangután Dohung, fue exhibido bajo la denominación de "antiguo ancestro del ser humano". El Dr. Hornaday director del zoológico, pronunció, en varias ocasiones, largos discursos respecto al orgulloso de contar con esa "forma transitoria de vida" en el predio que él administraba.
Decía su placa en la jaula:
“Ota Benga: Pigmeo africano, 23 años de edad, altura 1,49 m, peso 49 kilos. Traído desde las riberas del río Kasai, Indépendant du Congo por el Dr. Samuel Phillips Verner.”

Sin duda, era el atractivo principal. Pasaba acostado en su hamaca, y adicionalmente con su arco y flechas les disparaba a ciertos objetos como parte del show. Su progreso era notable, aprendía diariamente nuevas gracias. Compartía su jaula con Dohung quien también había aprendido mucho. Hacían una dupla muy divertida. Fue un éxito comercial más de 40 mil visitantes, de costa a costa, llegaban a verlos.

La Iglesia Afroamericana Baptista confrontó al zoológico en varias ocasiones llamando a la exhibición humillante y racista. Decía el clérigo Gordon:
“La raza negra, nuestra raza está lo suficientemente deprimida, sin necesidad de exhibir a uno de los nuestros con los simios”

Debido a la protestas el zoológico, a Ota Benga se le permitió salir de su jaula. Durante el día caminaba entre las personas como si fuera un hombre más y en la noche volvía para dormir en su rincón. Pero esto hizo que su actitud empeorara. Cuando los visitantes querían sacarse fotos con él o tocarlo se enojaba y muchas veces los golpeaba o los insultaba. Incluso cuando alguien quería darle algo de comida sobrante. Por lo que ya no servía para los fines del zoológico y fue expulsado.

Sin tener a donde ir, recurrió a la iglesia del clérigo Gordon, quien no tenía intención de conservarlo, lo internó en un orfanato estatal de Brooklyn y luego fue enviado a Virgina.
En un intento de civilizarlo, lo bañaron, le dieron ropa, repararon sus dientes y le enseñaron la misericordiosa religión cristiana. Lo inscribieron en la escuela pero el prefería pasear con su arco y flecha, y seguir con sus primitivas costumbres. Por lo que fue enviado a trabajar en una fábrica de tabaco.

Durante algún tiempo siguió nuestras hábitos occidentales: rentó un departamento y compró muchas cosas pero nada de nuestra cultura fue suficiente para él,
El 20 de marzo de 1916, a la edad de 32 años, Ota Benga en un bosque cercano celebró un extraño ritual pigmeo . Se arrancó las coronas que le habían implantado en los dientes, prendió fuego, cantó y bailó alrededor de él. Tomó un arma que había robado, sus ojos miraron al suelo, luego al cielo, respiró profundamente y disparó en su pecho.

Cada año me acerco a donde fue enterrado para pedir disculpas por la desdicha que padeció como fruto de la ignorancia. Quisiera que sepa que su dolor y su muerte no fueron en vano. Se necesito matar su alma y luego su cuerpo para que algo hayamos podido aprender.
Seguiré viniendo, año tras año, aunque sé que su cuerpo ya no se encuentra en esta tumba pero, lamentablemente, el museo donde exponen sus restos queda muy lejos de mi hogar.

Jorge Kagiagian

Ota Benga en el Zoológico del Bronx

Ota Benga en Saint Louis


Sobre Ota Benga: Wikipedia Ota Benga

1 comentarios

Solo alguien como vos que tiene "conocimiento sensible" podía hacerse responsable de semejante injusticia, recordando a la humanidad que por más que se esfuerce repite los mismos errores, cito el mito de Sísifo de la mitología griega: empujar cuesta arriba por la ladera empinada una piedra enorme "que siempre cae"

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Biografía apócrifa

Biografía Apócrifa

Nacido en el momento y lugar equivocados.
Educado bajo un rígido sistema de valores que colapsarían tempranamente dejándome a la deriva, sin moral alguna. Continuaría navegando sin rumbo destrozando todo lo que era… Renunciando a dios y a la sociedad, encerrado en un estado demente: el autismo sería el único amigo de mi mente enferma.
La esperanza habría de golpear la puerta de mi hogar. Pero ya he aprendido; eternamente se repetirá y tendrá mil caras diferentes pero que siempre se convertirá en decepción. Aquel viejo amor regresará y luego de la traición partirá sonriente... y mis lágrimas caerán sobre el papel para convertirse en letra y en poesía.

Mientas tanto, sin rumbo, sigo desafiando al olvido con mi risa irónica, resistiéndome a destruirlo todo para poder seguir narrando los reflejos de un alma perturbada...
los reflejos de mi alma.

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