Edad media, Mirada perdida, cincuenta imágenes (Diego Espada)

Levantó sus ojos y miró hacia adelante. La tristeza se delataba en sus fulgurantes pupilas, el cansancio joven en su cuerpo de pocos años y muchas batallas. Agotada, extenuada, se erguió para seguir caminando, convencida de que el destino manifiesto no es una teoría, sino una realidad incontestable e inconmensurable. No es posible crecer sin haberse golpeado primero, pero ¿Cuántos son los golpes necesarios? La espada fuerte en una mano, el escudo orgulloso en la otra. La cara hermosa pero hinchada del dolor, el cabello largo, largo, como hasta la cintura, y el andar elegante pero sincero. Carga a sus espaldas lo que no se puede decir en millares de libros, lo que todos quieren contar pero cuentan desde sus propios lugares, porque el humano es así: porque es poco sincero sugerir la neutralidad absoluta, somos nosotros y no otros, más allá de que al final, como Borges, un hombre sea todos los hombres. Esas experiencias la corroen, la llenan de amores y de rencores, de mitos y de realidades; porque ella espero mucho para llegar donde finalmente llegó, y porque cuando llegó, con todas las promesas en mente y sin ninguno de los obstáculos en sus celestiales planes, lo que iba a suceder no sucedió, lo que iba a ser moderno terminó siendo romántico, lo que sería futurista, terminó siendo medieval, medieval sin carruajes, medieval sin (o con pocas) grises fábricas; sería medieval porque es lo que se puede ser en el mundo moderno para no ser.
Se dijo a sí misma que, sin importar el dolor, o cuánto pesara el escudo, o cuán inútil es la espada sin enemigos visibles cerca, debía continuar. Siente el duro cáncer que la lastima en varias partes de su cuerpo, pero no son células malas o agresivas, son solo células marchitas porque se marchita todo lo que no se riega. La cabeza duele y las heridas cincelan, por eso es que llora, pero aprieta los dientes con valentía, se levanta y prosigue su camino pisando descalza, brava, sobre los campos de cardos. Ella se considera a sí misma un inmigrante, muta, cambia constantemente entre lo que es y lo que quiere ser, se mueve entre las épocas con soltura, distinción y dolor, con el secreto pensamiento de que, eventualmente, encontrará su lugar y ya no será necesario viajar nunca más. No sabe que su juventud la engaña, que poco pueden su belleza y carisma naturales (a ojos de los demás), que los mitos que teje sobre sí misma la envuelven y asfixian en un éxtasis placentero, desolador y, en última instancia, autodestructivo.
Así es como transita por la historia y migra de país a país, y al levantar el espejo ve un reflejo diferente cada 4 años. ¿Es tan solo una adolescente luchando contra sus inclinaciones feudalistas? pero tiene un alto concepto de ella misma, no podría admitir jamás esa idea. Entonces justo ahí se detiene, estupefacta por el súbito deseo de sacar de su bolsillo el espejo mágico una vez más. Ella cree en los crisoles, y cree en su espejo mágico, porque un espejo, naturalmente, muestra solo la realidad. Lo hermoso de los espejos es la sinceridad, los espejos nunca mienten, siempre son honestos… el problema son los ojos que los perciben. Junta fuerzas desde su extenuación, y con valentía empuña el hermoso y trabajado mango dorado, al tocarlo siente las terminaciones perfectas, el engarzado suave y pulido. Cierra los ojos y levanta el cristal frente a su cabeza, expectante, y siente una gota de precioso sudor salado bajar por sus mejillas hacia las comisuras de su boca. Decide abrir sus ojos y, quiere el destino, quiere una entidad teológica, quiere su madurez que al fin vea lo que ve: ve su hermosos ojos cobrizos incas, ve su preciosa cabellera larga negra mapuche, su hablar español, su acento italiano, su impronta germana, su mencionar inglés, su sentir oriental, su poesía árabe, su caminar armenio, su mirar ruso, su estela judía. No hay crisol, el espejo no muestra mitos: ve lanzas, ve armas, ve fuertes sobre débiles, ve lo que siente. Ve cincuenta imágenes pasadas de su edad media de viajes.

Mi hermosa caminante guarda el espejo en su alforja y se prepara para seguir caminado por cincuenta imágenes más.

Diego Espada
09/03/2010

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