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Viejo Árbol



Reuní todas mis cosas
preparé cada detalle
Aguardé junto a aquel viejo árbol
Pero ella... nunca llegó

Sin nadie



Caído en la batalla
me he levantado
para continuar luchando...
aún sin tener nada porque pelear.

Primer amor

Aún recuerdo temblar mis palabras. Buscando aquellas que lleguen a tí, aquellas que me permitan acercar mi boca a la tuya.
Todavía siento el miedo y la emoción; entremezclados felizmente en la fantasía de mi primer amor.
El vértigo de tu mirada me llevaba fuera de mí, perdido y desorientado… todo transitaba veloz a mi alrededor. Tambaleante como un ciego; mis manos te buscaban.
Los días fueron muchos miles, nos separó el destino brutal. Tan sólo el sonido de tu nombre me transporta al mismo y extraordinario lugar.
No podría olvidarte. Cómo hacerlo si estas conmigo en lo más profundo de mi ser, si crecí entre tus brazos y me hice hombre en tu recuerdo.

Un Ojo



Un ojo miraba al cielo amarillo y dentro de si, pensaba sobre la fortuna de los seres que allí habitaban... mientras anhelaba encontrar otro ser igual a él en aquellos vastos y extensos océanos carentes de esperanzas. Añoraba jugar y compartir los momentos mas bellos... sonreír y ser feliz. "Voy a lograrlo" Solía murmurar con la mirada brillante perdida en el horizonte.

Cartas echadas



Mezcladas y repartidas; las cartas están echadas. Se alzó la apuesta imponente, "acepto" dije acuñando un pobre par de dos y perdí. Como si nada importara, todas las cartas vuelven al mazo. Ella se levanta, recoge lo ganado. Sus pasos se alejan...

Sin salida

Sé que estoy solo en esta vida, no hay duda de ello. Resuelvo los inconvenientes diarios sin ayuda de manos amigas porque jamás hay alguien cerca de mí; soy el viejo huraño del monte distante. Quiero engañarme que temen supersticiosamente que mis desdichas los persigan pero yo sé la realidad, no es otra que les repugna mi ser.
Si tengo hambre mi sustento saldrá del trabajo de mis manos; y si no tengo quien me dé un empleo buscaré en aquella bolsa, donde otros descartan las sobras que no son dignas ni de sus perros, me dará algo de comer y el plástico me abrigará. Y si mi suerte es

Enferma Obsesión

Ella, una joven hermosa. Tenía una sonrisa brillante y cautivadora. Un mirar intenso y un cuerpo entre niña y mujer. Él, mucho menos llamativo, se acercó esperando ser rechazado. Era demasiado bonita para alguien con sus pobres características. Pero aún así, era dueño de una fuerza autentica e impetuosa. ¿Pero quién, acaso, prestaría atención a ese detalle?

Aqui - Cuento Completo

Aqui



Te vi, trate de tomar tu mano.
Ajena a mí, apresuraste el paso
escurriéndote en la multitud.
Seguí a personas de un lado a otro
buscándote ansioso sin hallarte.

Mi mundo de fantasías



Estas palabras son producto de una mente herida y enferma, la mía. Que pidió ayuda a gritos, pero estos fueron ignorados y luego callados. Nadie siquiera recuerda haber escuchado mis tristezas. Yo quisiera olvidarlas, pero están arraigadas en mí, como el náufrago a su destino de tempestad.

Nada



Esto no es un cuento, ni una historia, no responde a ninguna estructura literaria.
Nada se ajusta más a mi sentir que el caos,
la felicidad se alejó y no volverá. Ya nada queda…
Hace tiempo atrás conocí a una mujer. Lo di todo sin esperar nada a cambio, y eso recibí. Soy injusto;
mi recompensa fue la traición con la misma perfidia de quien se casa sin amor.
No paro de escucharla, de soñarla, de amarla… Muero por momentos y despierto ausente…
Lloro, grito y enloquezco; para volver a desfallecer. Tembloroso, ruego el fin de esta tortuosa pesadilla.
La angustia esta aquí, no pretende irse. Este texto no tiene un comienzo, ni argumento,
no responde a ninguna estructura literaria, Quizás solo tenga un desenlace: la tristeza sin final

Jorge Kagiagian

Ojos Tristes



No puedo borrar tu dolor de mi mente. Ver tus ojos desauseados y vencidos.
No supe hablarte, ni quererte. El miedo fue el culpable.

Como una niñita lloraste desconsolada. ¿Como escapar de ese recuerdo?
Si me atormenta en cada sueño, si lo revivo una y mil veces.

Si pudiera verte, si lo intentaras, al menos un solo instante
verías en mis ojos tristeza igual a la tuya.

Conozco quien eres, conozco tus deseos y conozco cuanto me quieres
pero todo fue demasiado. Nunca podremos perdonarnos tanto mal.

Quisiera poder consolarte en mis brazos y pagar por el dolor que te cause.
Lo soportaría todo y mucho más… no hay mayor dolor que a no tenerte.

Jorge Kagiagian

Aquella flor


Maldigo este momento, maldigo escribir sobre estas páginas en blanco,
testigo de los tormentos de los amantes…
Nacer, amar y morir. ¿Qué más hay? ¿No es ese el sentido de vivir?
Tuve lo que siempre anhelé, todo lo alcancé.
Pero hoy sólo soy un mendigo esperando el milagro de su amor.
“El tiempo es lento para los que sufren”, cruel y eterno, diría yo.

Querido papel, ¿quieres saber cómo ocurrió?
Te contaré, antes de que suceda lo inevitable.

Caminaba despreocupado por aquel lugar…
como lo había hecho tantas otras veces.
Tocó mi hombro y me sorprendió, yo no la había visto.
Luego dulcemente me sonrió.
No entendí nunca por qué lo hizo, porque a mí.
Por primera vez en mi vida, sentí algo, algo diferente,
algo crecía y no podía controlarlo; nunca podría controlar.
“No hay amor sin locura” ¿Acaso hay otro estado más parecido al amor?

Delgado amigo, ¿quieres saber cómo era?
Te contaré, antes de que la luz de la vela se extinga.

Descansaba mi corazón al verla.
Arena en su piel. Rosas en sus mejillas. Dulzura en su boca. Y fuego en su vientre.
Ninguna alquimia hubiese imaginado posible combinar sus encantos en una sola
mujer.
Encontré un libro en el sótano de este lugar, donde un poeta escribió:

Tus ojos

Caminos de locura,
ciego, transito hacia ellos,
nada me detiene,
no tengo voluntad, camino hacia ti

Te miro y caigo cautivo
atrapado, no me resisto,
el tiempo se detiene
por ellos me dejo llevar.

Sin duda, el poeta la conoció. Tuve celos, por eso arrojé el libro al fuego.
Lo destruí.

¿Quién acaso podría domar aquel espíritu? ¿Quién podría ser el dueño de su
libertad? ¿Se puede manipular el fuego sin quemarse? Lo intenté pero fallé.
Desesperado por el temor a perderla, tomé la flor con más fuerza pero las espinas se
clavaron en mi mano. Grité, la solté y cayó. Dañé los pétalos y su corazón. La maté.
Sí, querido amigo, yo la maté. Nadie me vio. Nadie me condenó, sólo yo lo hice.

Desde aquel día, todo cambió,
el agua no sacia mi sed, la comida es ceniza en mi boca.
Paso en soledad mis noches, creyendo besarla. Mis brazos están huérfanos sin tener
a quién abrazar. Sin poder sentir su pecho latir junto al mío.

¿Quieres saber qué deseo?
Te contaré, antes de terminar con esto.

Quisiera que me escuchara.
Decirle que lucharé por ella sin desfallecer.
Que no la soltaré nunca jamás.
Que mi mundo se torna infértil y sombrío sin ella.
Que mi corazón está tan sediento de amor como el de ella,
que quiere salir y quiere ser amado,
que ahora hay quien lo sepa cuidar y proteger.
Pero ya no podré. Estoy muerto en vida… tan muerto y frío como ella.
La he ido a visitar, estuve frente a su tumba y nada me consuela.
Leí la inscripción de su lápida.
“No hay oscuridad donde vas”. La noche quedó acá conmigo.

Mis pertenencias las perdí y junto con ella, mis amigos...
Poco a poco, mi salud fue desmejorando. Estoy flaco, desgarbado.
Hoy sólo me levanto para contarte lo que siento.
Mi desgracia fue a causa de mi naturaleza, de la naturaleza del hombre.
Porque se quiere lo que no se tiene, lo que es imposible de obtener.
Porque no se valora hasta que se pierde. Porque el orgullo puede más.
Como si hubiese algo más importante, en esta existencia efímera, que ser amado.

(La vela atenúa su brillo, llega a su fin).

Es tarde, querido amigo, tomaré sólo un vaso, será suficiente.
Llegó la hora de descansar. Ya no habrá más oscuridades para mí.
Sólo luz, luz y más luz.

Jorge Kagiagian
Maldigo este momento, maldigo escribir sobre estas páginas en blanco,
testigo de los tormentos de los amantes…
Nacer, amar y morir. ¿Qué más hay? ¿No es ese el sentido de vivir?
Tuve lo que siempre anhelé, todo lo alcancé.
Pero hoy sólo soy un mendigo esperando el milagro de su amor.
“El tiempo es lento para los que sufren”, cruel y eterno, diría yo.

Querido papel, ¿quieres saber cómo ocurrió?
Te contaré, antes de que suceda lo inevitable.

Caminaba despreocupado por aquel lugar…
como lo había hecho tantas otras veces.
Tocó mi hombro y me sorprendió, yo no la había visto.
Luego dulcemente me sonrió.
No entendí nunca por qué lo hizo, porque a mí.
Por primera vez en mi vida, sentí algo, algo diferente,
algo crecía y no podía controlarlo; nunca podría controlar.
“No hay amor sin locura” ¿Acaso hay otro estado más parecido al amor?

Delgado amigo, ¿quieres saber cómo era?
Te contaré, antes de que la luz de la vela se extinga.

Descansaba mi corazón al verla.
Arena en su piel. Rosas en sus mejillas. Dulzura en su boca. Y fuego en su vientre.
Ninguna alquimia hubiese imaginado posible combinar sus encantos en una sola
mujer.
Encontré un libro en el sótano de este lugar, donde un poeta escribió:

Tus ojos

Caminos de locura,
ciego, transito hacia ellos,
nada me detiene,
no tengo voluntad, camino hacia ti

Te miro y caigo cautivo
atrapado, no me resisto,
el tiempo se detiene
por ellos me dejo llevar.

Sin duda, el poeta la conoció. Tuve celos, por eso arrojé el libro al fuego.
Lo destruí.

¿Quién acaso podría domar aquel espíritu? ¿Quién podría ser el dueño de su
libertad? ¿Se puede manipular el fuego sin quemarse? Lo intenté pero fallé.
Desesperado por el temor a perderla, tomé la flor con más fuerza pero las espinas se
clavaron en mi mano. Grité, la solté y cayó. Dañé los pétalos y su corazón. La maté.
Sí, querido amigo, yo la maté. Nadie me vio. Nadie me condenó, sólo yo lo hice.

Desde aquel día, todo cambió,
el agua no sacia mi sed, la comida es ceniza en mi boca.
Paso en soledad mis noches, creyendo besarla. Mis brazos están huérfanos sin tener
a quién abrazar. Sin poder sentir su pecho latir junto al mío.

¿Quieres saber qué deseo?
Te contaré, antes de terminar con esto.

Quisiera que me escuchara.
Decirle que lucharé por ella sin desfallecer.
Que no la soltaré nunca jamás.
Que mi mundo se torna infértil y sombrío sin ella.
Que mi corazón está tan sediento de amor como el de ella,
que quiere salir y quiere ser amado,
que ahora hay quien lo sepa cuidar y proteger.
Pero ya no podré. Estoy muerto en vida… tan muerto y frío como ella.
La he ido a visitar, estuve frente a su tumba y nada me consuela.
Leí la inscripción de su lápida.
“No hay oscuridad donde vas”. La noche quedó acá conmigo.

Mis pertenencias las perdí y junto con ella, mis amigos...
Poco a poco, mi salud fue desmejorando. Estoy flaco, desgarbado.
Hoy sólo me levanto para contarte lo que siento.
Mi desgracia fue a causa de mi naturaleza, de la naturaleza del hombre.
Porque se quiere lo que no se tiene, lo que es imposible de obtener.
Porque no se valora hasta que se pierde. Porque el orgullo puede más.
Como si hubiese algo más importante, en esta existencia efímera, que ser amado.

(La vela atenúa su brillo, llega a su fin).

Es tarde, querido amigo, tomaré sólo un vaso, será suficiente.
Llegó la hora de descansar. Ya no habrá más oscuridades para mí.
Sólo luz, luz y más luz.

Jorge Kagiagian




















































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Maldigo este momento, maldigo escribir sobre estas páginas en blanco,
testigo de los tormentos de los amantes…
Nacer, amar y morir. ¿Qué más hay? ¿No es ese el sentido de vivir?
Tuve lo que siempre anhelé, todo lo alcancé.
Pero hoy sólo soy un mendigo esperando el milagro de su amor.
“El tiempo es lento para los que sufren”, cruel y eterno, diría yo.

Querido papel, ¿quieres saber cómo ocurrió?
Te contaré, antes de que suceda lo inevitable.

Caminaba despreocupado por aquel lugar…
como lo había hecho tantas otras veces.
Tocó mi hombro y me sorprendió, yo no la había visto.
Luego dulcemente me sonrío.
No entendí nunca por qué lo hizo, porque a mí.
Por primera vez en mi vida, sentí algo, algo diferente,
algo crecía y no podía controlarlo; nunca podría controlar.
“No hay amor sin locura” ¿Acaso hay otro estado más parecido al amor?

Delgado amigo, ¿quieres saber cómo era?
Te contaré, antes de que la luz de la vela se extinga.

Descansaba mi corazón al verla.
Arena en su piel. Rosas en sus mejillas. Dulzura en su boca. Y fuego en su vientre.
Ninguna alquimia hubiese imaginado posible combinar sus encantos en una sola
mujer.
Encontré un libro en el sótano de este lugar, donde un poeta escribió:

Tus ojos

Caminos de locura,
ciego, transito hacia ellos,
nada me detiene,
no tengo voluntad, camino hacia ti

Te miro y caigo cautivo
atrapado, no me resisto,
el tiempo se detiene
por ellos me dejo llevar.

Sin duda, el poeta la conoció. Tuve celos, por eso arrojé el libro al fuego.
Lo destruí.

¿Quién acaso podría domar aquel espíritu? ¿Quién podría ser el dueño de su
libertad? ¿Se puede manipular el fuego sin quemarse? Lo intente pero fallé.
Desesperado por el temor a perderla, tomé la flor con más fuerza pero las espinas se
clavaron en mi mano. Grité, la solté y cayó. Dañé los pétalos y su corazón. La maté.
Sí, querido amigo, yo la maté. Nadie me vio. Nadie me condenó, sólo yo lo hice.

Desde aquel día, todo cambió,
el agua no sacia mi sed, la comida es ceniza en mi boca.
Paso en soledad mis noches, creyendo besarla. Mis brazos están huérfanos sin tener
a quién abrazar. Sin poder sentir su pecho latir junto al mío.

¿Quieres saber qué deseo?
Te contaré, antes de terminar con esto.

Quisiera que me escuchara.
Decirle que lucharé por ella sin desfallecer.
Que no la soltaré nunca jamás.
Que mi mundo se torna infértil y sombrío sin ella.
Que mi corazón está tan sediento de amor como el de ella
que quiere salir y quiere ser amado,
que ahora hay quien lo sepa cuidar proteger.
Pero ya no podré. Estoy muerto en vida… tan muerto y frío como ella.
La he ido a visitar, estuve frente a su tumba y nada me consuela.
Leí la inscripción de su lápida.
“No hay oscuridad donde vas”. La noche quedo acá conmigo.

Mis pertenencias las perdí y junto con ella, mis amigos…
Poco a poco, mi salud fue desmejorando. Estoy flaco, desgarbado.
Hoy sólo me levanto para contarte lo que siento.
Mi desgracia fue a causa de mi naturaleza, de la naturaleza del hombre.
Porque se quiere lo que no se tiene, lo que es imposible de obtener.
Porque no se valora hasta que se pierde. Porque el orgullo puede más.
Como si hubiese algo más importante, en esta existencia efímera, que ser amado.

(La vela atenúa su brillo, llega a su fin).

Es tarde, querido amigo, tomaré sólo un vaso, será suficiente.
Llegó la hora de descansar. Ya no habrá más oscuridades para mí.
Sólo luz, luz y más luz.

Jorge Kagiagian



“El tiempo es lento para los que sufren”, Shakespeare
“Luz más luz”, Goethe
"La comida es ceniza en mi boca", Ted Elliott, Terry Rossio, Stuart Beattie, Jay Wolpert