Narradora de ilusiones traicionadas y sueños moribundos.
Combinados, como por arte de alquimia, lo despreciable con lo hermoso juntos en el mismo compás.
Enamórame una vez más
tus pies livianos se apartan del mundo
te alejan de mí, te llevan al edén.
Trato de retenerte, trato de no llorar.
No te vayas, por favor.
Ya no existes pero estas aquí
tu pecho dicta lo que mi corazón desea.
Ya no eres pero siempre serás
tu mirada dice lo que mi alma calla.
No me hieras, por favor.
No hay crímenes, no hay castigos
apenas vértigo y ansiedad.
No hay ángeles, ni armonías
apenas angustia y soledad.
No me dejes, por favor.
Te esperan, se oyen melodías
pronto te iras, nada puede hacer.
Cierras los ojos y tu mano se vacía
abatido en tu ausencia, nada me consuela
Ya nada importa, nada queda.
Pesa mi dolor y mi anhelo
anhelo de un último adiós, de un último beso
de un último clamor y un último sosiego
Vuelve, enamórame una vez más
Vuelve, por favor, te lo ruego.
Jorge Kagiagian
Precio
--- de mis propios dedos traicioneros
Soledad
Ella y los Otros

En las tierras donde las montañas reinan y el ojo antiguo todo lo observa. El viento azotaba las casas; todas dormidas, todas menos una. El cielo oscuro de la noche fue un frío testigo. Una mujer joven proveniente de una familia humilde cerraba su mano curtida tratando de aferrarse de algo o de alguien. En el espacio ausente, apretaba sus dedos agitados. Cerraba los ojos con fuerza para, así, engañar al dolor. Respiros entrecortados y consternados. De su vientre se asoma entre alivios, llantos y risas silenciosas el rostro de la nueva generación. Una niña tan hija de su madre como de su tierra. La piel oscura como la de su pueblo. Su sangre cuenta mil historias. Cabellos lacios y negros. Sus ojos infinitos como el de un puma que espera.
Cuando desnuda
Cuando desnuda
te bese
mi pecho contra el tuyo
y mi mano recorra tu cuerpo
mi vientre, tu vientre
mi intimidad en la tuya.
Sin más que amor
no habrá celos, ni recelos
Sin pasado, ni futuro
solo el instante inmóvil
Hambre de tu cuerpo
Sed de fuego
Desde la primera vez...
Si te dijera que besarte fue haber alcanzado un antiguo deseo de mi alma
Si te dijera que jamás me he atrevido siquiera a imaginar el sabor de tu boca,
ni el de tus pechos desnudos, ni tu respiración agitada en mi cuello
Amor Inconfeso
Bensando tu boca
en otros mundos,
abro los ojos,
aún el sabor,
aún la humedad.
Tus labios de frambuesa
despiertan un voraz anhelo.
Mírame, llévame a la locura
el fervor de tu cuerpo
enciende mi alma.
En las noches frías,
ardamos juntos.
En las noches frías,
iluminemos al sol.
Flecha súbita,
inaudita,
relámpago cándido
y fugaz,
infinita estrella de tu rostro,
naufrago en el mar de tus ojos.
Tú, amante de ensueño,
yo, facineroso bandido,
inmerecedor de tu intimidad.
El silencio, crimen sin perdón.
Jorge Kagiagian
abro los ojos, aún el sabor
aún la humedad, tus labios de frambuesa
despiertan como voraz anhelo
Flor Mía
La flor se marchita lentamente, muere casi sin darse cuenta.
Otrora orgullosa, recuerda la tragedia de su juventud.
Su primer pétalo cae, junto a él, la ilusa eternidad.
Mientras añora el pétalo rendido, otros ya prontos están.
Día tras día
Cada día mi cuerpo se levanta por la mañana; el resto de mí queda hundido, clavado, atascado en esa misma cama. Pesan los años, no parecen demasiados pero están tan cargados de ti, tan vacíos de ti.
Amalgama
En el mundo hay cosas que siempre van de la mano:
Indecoro
Amor Peronista
mientras un gluteo yo me rascava
relatos sobree su alma triste
mientras yo olia mi mano
Inocencia
Mi ángel ausente
tan pequeña como sol de primavera
y el adiós fue como frio de invierno
…ay, tan pequeña…
Ilusión
¿Por qué la lluvia me causa tanta nostalgia?
¿Será, quizás, porque sé que cada gota ha venido de las nubes? Quizás una de esas gotas se evaporó del mar. Quizás haya viajado por el río, haya sido humedad en una almohada que ha sido lavada en un arroyo. Quizá, esa gota, fue una lágrima que salió de su mirar. Una gota que ha entrado en ella al beber. Una gota que fue su sangre, su cuerpo, su corazón... quizás, en una noche de tristeza y soledad, esa lágrima fue su alma.
TR
la ira, el asco y la vergüenza
colmarán tu mente hasta desbordarla
Vomita tu decepción sobre mí
Súplica de un condenado
Siento el vértigo, el miedo
Me resisto, de mí ya no depende
a una fuerza superior sometido
Me atrae, me arrastra, me consume
De esta pesadilla, despertaré... tan solo
frente a mi realidad tan dolorosa como justa
Alma Mía
Se despertó aquella mañana junto al cuerpo sin vida de la mujer que la noche anterior había amado. Cuerpo que sin vida estaba durante el acto de amor.
Fueron muchas las noches que siguió amándola en el más estricto secreto. El tiempo inclemente que solo sabe ir hacia adelante descomponía el cuerpo muy lentamente.
Carta para Elen
Amor de mi vida:
Como ser mejor persona en 3 palabras
Nostalgia
Dormir me gustaría junto a ti
descendido de las alturas, tu cuerpo
tus brazos, el calor de hogar
Tus nubes, no más que recuerdos
Donde quieras que estes
Jardín de Invierno
La leyenda del ave y el niño
Hace muchos miles de años, y miles más. En un lugar muy, muy lejano. Cuando los animales aún hablaban con los hombres, cuando los hombres aun trataban a los animales como sus amigos, nació una historia de amistad entre un niño y un ave. Una historia que ha sido rescatada del olvido; fue contada de un animal a otro durante muchos, muchos años. Viajó de boca en boca, de pico en pico. Viajó en los hocicos de los lobos y dicen que hasta un elefante lo recitaba escondido en la copa de un árbol. Un día llegó a los oídos de los hombres, y ellos, también, la contaron a sus niños antes de que fuera la hora de cerrar los ojos para dormir.
Besar es Obligado
El tiempo es muy lento para los que esperan
muy largo para los que sufren,
pero para quienes aman, el tiempo es eterno.
Amar no es pedir; es dar hasta vaciar el alma
es dar lo que no se tiene y aún así seguir dando.
San Valentín
Estaré allí, en San Valentín
aunque no me hables y no sepas de mí
no me veas, ni seduzcas
de forma imaginaria, de forma espectral
estaré allí, estaré contigo.
Dime
sin que ninguno pueda acercarse?
Progreso
Progreso
Camino hacia mi casa, tranquilo; nada me distrae. Siempre contemplo el panorama. No tiene nada especial, un paisaje citadino, personas, palomas, el cielo un tanto gris, gracias a la enorme cantidad de autos, publicidades luminosas y el pavimento; mucho pavimento y cemento. Cemento, más cemento, demasiado… .
Yo nací en esta misma ciudad, en aquel entonces, un pueblo pequeño. De niño caminaba estas mismas calles; eran de tierra. Las casas no eran monstruos gigantes espejados, capaces de hacer doler el cuello al seguirlos con la vista. No, no lo eran, sino pequeñas. Algunas, muy pocas, tenían un segundo piso que usaban, generalmente, para tender la ropa. Todas tenían un pequeño jardín al frente y detrás de la casa, un espacio lleno de árboles, algunos frutales y el limonero inevitable; un pequeño paraíso a tan solo unos pasos. Allí realizábamos las comidas familiares de cada domingo al mediodía y donde cada verano armábamos nuestra pileta de lona.
Es imposible olvidar aquello. Todo el verano en pantalones cortos, sin remera, saltando y jugando en esa pileta. Inflando pequeños globos de colores que, trepados en el árbol, en ese hermoso árbol, de la puerta de mi casa, arrojábamos sobre los distraídos.
Pero desafortunadamente, de forma muy lenta, comenzaron a llegar a nuestro pueblo empresas de toda índole. Cadenas de comida rápida que ofrecerían hamburguesas y papas fritas nada saludables, cafeterías con grandes técnicas de mercadeo que lograrían vender sus productos malos a precios muy altos. El almacén de toda la vida cerró luego de que las cadenas de supermercados, minimercados, cadenas de quioscos atosigaran sus cuentas. Hasta la farmacia de turno es ahora un lugar de ventas de productos de bazar y golosinas que ocasionalmente vende algún medicamento.
Comenzaron llegar maquinaria pesada necesaria para construir edificios. Excavadoras, grúas, pavimentadoras. Transitaban las calles de tierra como si fuera un desfile militar. Lo recuerdo bien, fue en abril. No le di mucha importancia en aquel entonces. Ya era adolescente y tenía una novia, así que encontraba cómo ocupar mi tiempo y, además, nos encontrábamos en pleno otoño. Pero llegado el verano, me encontré rodeado de esos edificios sin colores, que se yerguen sobre lo bello, aplastando la naturaleza y le ponen precio a todo. Mi patio trasero quedaría para siempre privado de toda luz y las innumerables ventanas harían de mi privacidad algo inexistente.
De esta manera, llegó el progreso a nuestro pueblo. De unos pocos habitantes ahora seríamos muchos miles. Desde entonces, caminaría por la calle y ningún rostro me sería familiar. No sabría sus nombres y quizás, jamás los volvería a ver. Nadie me saludaría a los gritos desde la vereda del otro lado de la calle, ni tendríamos una conversación cortés y amena a viva voz. Ya no sería apropiado.
Mis padres fallecieron poco tiempo después. Vieron morir su casa soñada. Sin luz, las bellas plantas y árboles del jardín, y el paraíso del patio trasero no encontraron forma de alimentarse y sobrevivir. Las máquinas enormes y las vibraciones constantes de las empresas constructoras agrietaron las paredes y la lluvia hizo el resto. La casa de mis padres, ahogada definitivamente en la frialdad del cemento gris. No tuve otra alternativa que venderla por una cantidad miserable de dinero. Sí, tuve que vender la casa en la que me crié, la casa de mis padres, la casa de mi niñez, donde dije mi primera palabra, di mi primer paso, donde mi padre me cobijó y mi madre me amó, donde jugué con mis amigos, donde di mi primer beso a la vecinita de enfrente bajo la sombra de ese hermoso árbol, donde mis padres me gestaron, donde me hice niño, adolescente, donde me hice hombre.
Ya nada queda de todo eso, sino un recuerdo, solo nostalgia. Mi casa fue arrasada por una siniestra retroexcavadora, esa inconmovible garra de metal; desmembrada, mutilada hasta el irreconocimiento. Solo queda ese árbol de la puerta de entrada que ya no existe.
Hoy trabajo en un banco, una empresa multinacional, el mismo banco que ha embargado las casas de muchos de mis vecinos y amigos que tuvieron que irse de este lugar en busca de suerte en otros pueblos donde sus habilidades campestres aún fueran útiles, pueblos que encontrarán, también, el progreso. El mismo banco que ha construido, sobre los cimientos de mi casa, una moderna sucursal de su imperio económico.
Cada día, antes de ingresar, coloco mi mano sobre la corteza de ese hermoso árbol de mi niñez, respiro profundo, fuerzo una sonrisa y entro a trabajar.
Jorge Kagiagian
Adíos
Mirarte como quien ve un milagro
Besarte como un niño que descubre el amor
aullando tu nombre al firmamento
Te encerré en un sueño, jamás te dejaré ir
Abril
Se fue, no miró atrás... solo se fue.
Y yo allí, sabiendo que no volvería.
Nada hice para evitarlo.




































