Hay una verdad incómoda que América Latina se niega a enfrentar, una raíz podrida que aún contamina todo el árbol. Esa verdad es la existencia —y persistencia— de la dictadura cubana. No sólo como régimen político, sino como símbolo, modelo e ideología que infectó a generaciones enteras. El mayor daño que sufre América Latina no es solamente la pobreza, la desigualdad o la violencia: es haber normalizado la opresión cuando viene envuelta en el lenguaje seductor de la justicia social.
Narradora de ilusiones traicionadas y sueños moribundos.
Combinados, como por arte de alquimia, lo despreciable con lo hermoso juntos en el mismo compás.
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