Él se encontraba recluido en una espera interminable, en un lugar donde la ansiedad parecía construir un sinfín de pensamientos inacabados. Cada día era un río detenido, un flujo de tiempo suspendido en la nada. Su celda, con su aliento rancio y su silencio desgarrado por murmullos ajenos, era una cáscara de piedra que lo había devorado.
