Hombres devorados y escupidos


No había amanecer en aquella celda. Solo una penumbra pegajosa que se aferraba a las cosas como un musgo invisible. La luz artificial colgaba del techo, perpetua, sin parpadear jamás. Era una burla a los ciclos de la vida, una lámpara sin paz que negaba el descanso.  


Él nunca dormía profundamente. El sueño era un privilegio de los que aún poseían certezas. A su alrededor, el concreto se apretaba como una mandíbula, el metal oxidado transpiraba en la humedad, las voces detrás de los muros estallaban y se apagaban como fuegos moribundos. Allí dentro, cada uno se deshacía a su manera. Algunos gritaban hasta perder la forma humana, otros se acurrucaban en los rincones, dejándose consumir poco a poco, como velas olvidadas.  


Pero él no era como ellos. Él no pertenecía a ese mundo de condenados por sus propias manos. Su único crimen había sido confiar en las personas equivocadas, rodeado de oídos sordos y sentencias escritas antes del juicio. No importaban los argumentos, las pruebas, la verdad. No importaba su voz, porque las jaulas no se abren con palabras.  


Los muros aquí no solo encerraban cuerpos; también suprimían nombres, historias, memorias, vidas. Allí dentro no había ciudadanos, solo espectros. El sistema lo sabía: hacer que un hombre olvide quién es equivale a matarlo sin derramar sangre.  


Los guardias no eran más que extensiones de la maquinaria, piezas intercambiables que vestían uniformes sin rostro. No necesitaban fuerza bruta para quebrantar a un prisionero: el abandono era suficiente. Pero dentro de esas paredes, el contacto nunca era un gesto humano. Era un puño en la oscuridad, un filo entre las costillas, un golpe seco que no dejaba moretón pero sí una herida que nunca cicatrizaba. Allí, cada sombra podía volverse un verdugo. Cada mirada demasiado larga era una amenaza. Cada noche traía un miedo nuevo, un peligro sin rostro. Él dormía poco y, cuando lo hacía, el sueño era un temblor, un sobresalto, un eco de algo que aún no ocurría pero que él sabía que vendría.  


El mundo avanzaba sin él. Allá afuera, los edificios seguían creciendo, las avenidas se llenaban de pasos nuevos, los niños aprendían palabras que él nunca escucharía. Los años lo cubrían como capas de polvo, acumulándose sobre su piel, sobre su voz, sobre todo lo que había sido antes de ser reducido a un número.  


A veces se preguntaba si afuera la ciudad aún seguía latiendo más allá de esas paredes. O si, en verdad, solo quedaban prisiones más grandes disfrazadas de libertad. No existen los derechos, sino beneficios temporales que el amo estado puede quitarlos sin tener que justificar nada.


Y entonces llegaba la idea. Siempre regresaba, a veces como un susurro tibio, a veces como un golpe en la cabeza. La posibilidad del fin. El corte de la historia. Había días en los que la imaginaba con minuciosidad, como un arquitecto obsesivo diseñando su última obra. Pensaba en el peso de su cuerpo suspendido en la nada, en la fragilidad del cuello, en la presión exacta de la cuerda que lo separaría del sufrimiento. Lo veía todo con una claridad que asustaba, como si ya lo hubiera hecho antes y ahora solo estuviera recordándolo.  


Otras veces, el deseo llegaba sin forma, sin método, sin cálculo. Solo la sensación de que debía acabar, de que cualquier cosa sería mejor que seguir en esa condena que no terminaba. Se preguntaba si la muerte tenía color, si dolería menos que la vida, si era cierto que después de ella no había nada. Y si así fuera, ¿qué importaba?  


El pensamiento no le asustaba. Lo que lo aterraba era que la idea de seguir con vida ya no le producía ni rabia ni desesperación. Solo hastío. Una fatiga profunda que se arrastraba por sus huesos y se asentaba en su estómago como una piedra. La cárcel le estaba robado hasta el instinto de luchar. No quería justicia, no quería redención. Solo quería dejar de existir dentro de esas paredes que lo tragaban todo.  


Pero incluso en ese pensamiento se hallaba otra trampa: la cárcel le había robado tanto que ni siquiera podía elegir cómo dejar de existir. El sistema lo quería así, suspendido en una condena sin justicia, en un encierro que trascendía los barrotes.  


Los que nunca han pisado estos muros creen en la cárcel como una purga, una deuda saldada. Pero la prisión no rehabilita, no educa, no corrige. La prisión devora, traga hombres y los escupe deformes, mutilados en lo invisible. Afuera, nadie quiere verlos. Dentro, ya no tienen rostros.  


Él, en su rincón, no podía hacer más que continuar desvaneciéndose, con la única certeza de que allá afuera, en algún lugar, el mundo seguía avanzando sin girar la cabeza hacia los que habían sido olvidados.


Jorge Kagiagian 

Malos pensamientos

En la celda húmeda y sombría, donde el tiempo parecía coagularse como sangre vieja, él se encontraba atrapado, no solo tras barrotes de acero, sino también dentro de los recovecos más oscuros de su mente. Cada grieta en la pared parecía un testigo mudo de su caída, un eco de las horas que se deshacían como ceniza en sus manos. Era un preso inocente, víctima de una maquinaria ciega y despiadada, arrojado a ese abismo de sombras sin más defensa que su propia cordura.

Pero, ¿acaso no era humano albergar pensamientos impuros? ¿No era parte de su naturaleza contemplar el abismo, aunque solo fuera para luego apartar la mirada? En su interior, el hombre sabía que la maldad no era un intruso, sino un huésped ancestral del alma. Podía sentirla caminar descalza dentro de él, susurrándole ideas terribles con la suavidad de una caricia.

Por su mente desfilaban imágenes como espectros, ideas oscuras que lo acechaban en las noches más densas. Veía, con una claridad perturbadora, los rostros de quienes lo habían condenado, deformados por el miedo y el dolor que él imaginaba infligirles. Los veía caer, rogando por clemencia, mientras él, convertido en una figura de justicia brutal, dictaba sentencias con frialdad. En su imaginación, las manos de ellos temblaban mientras el veneno invisible recorría sus venas, o mientras el filo de un cuchillo se deslizaba lentamente sobre sus pieles.

Pero, en esos momentos, se detenía, horrorizado por su propia capacidad de dar forma a esos pensamientos. "No soy así," se decía con voz rota, como si cada palabra fuera una ancla que lo mantenía lejos del borde. Las imágenes volvían, sin embargo, más vivas, más persistentes, como raíces de un árbol torcido que buscaban quebrarlo desde dentro.

No podía negar que la injusticia lo había transformado, arrancándole la piel de la inocencia para vestirlo con un ropaje de ira. A veces se preguntaba si ese era el verdadero él, un hombre amargo y consumido por el rencor. Pero no, no podía ser. Lo que lo diferenciaba de los monstruos que imaginaba era su voluntad, esa pequeña chispa que aún se negaba a ceder ante la oscuridad. Sabía que actuar sobre esos pensamientos sería confirmar lo que de él habían dicho, sería darles la razón. "Si hago lo que ellos creen que soy capaz de hacer, entonces ya habrán ganado," pensaba.

Su moral, aunque desgastada, seguía erguida como una torre en ruinas. Había sido criado con la convicción de que el mal nunca debía responderse con mal, que la venganza era un camino que solo llevaba a más destrucción. Y aunque ahora esa enseñanza le parecía una cadena más, sabía que era lo único que lo separaba de convertirse en aquello que despreciaba.

En las noches más largas, cuando la luna apenas era un hilo de luz en el cielo, murmuraba oraciones sin dirección, como un náufrago lanzando botellas al mar. No pedía justicia ni siquiera libertad, sino algo mucho más difícil: el poder de mantenerse firme, de no ceder al monstruo que habitaba en las esquinas de su mente. "Soy humano," se repetía, "y por eso debo resistir."

Se veía a sí mismo como un río envenenado: su superficie tranquila ocultaba corrientes oscuras que podían arrasar todo a su paso. Pero cada día luchaba por purificar esas aguas, por ser más fuerte que los pensamientos que lo visitaban como cuervos en un campo de guerra. No era la batalla de un héroe, sino la de un hombre común enfrentándose a sus propios demonios.

Sabía que nunca empuñaría el cuchillo que su mente forjaba, ni serviría el veneno que su imaginación destilaba. No porque no pudiera, sino porque negarse a hacerlo era su forma de resistir, de recordar quién era realmente. Esa lucha, silenciosa y feroz, lo definiría más que cualquier sentencia que pudiera recibir. Porque el verdadero combate no estaba en el mundo exterior, sino en su propia alma, y él estaba decidido a no perderlo.

Jorge Kagiagian 

Memorias desgastadas

Mira la foto, arrugada y antigua,  

un eco de luz que el tiempo diluye.  

Sus dedos tiemblan, recorren la piel  

de un rostro impreso en papel cruel.  


Allí está ella, eternamente intacta,  

la curva de su boca, la mirada exacta.  

El mundo podría morir en silencio,  

pero ella perdura en ese fragmento.  


La tinta, casi un susurro gastado,  

se mezcla con lágrimas de un pasado.  

Susurra al papel, “Eres mi condena,  

un fuego que arde y nunca se apena.”  


Cierra los ojos, y en la penumbra,  

ella se alza, como luna que alumbra.  

Su cabello es un río, su risa es un canto,  

y él la abraza en su sueño quebranto.  


La foto, cansada, reposa en su mano,  

un ancla, un refugio, un puente lejano.  

Y mientras el sueño le cubre la frente,  

la distancia se borra; ella está presente.  


El alba lo encuentra, perdido en la calma,  

la foto aún viva, pegada a su alma.  

Porque aunque el mundo los quiso apartar,  

en su corazón nunca dejó de estar. 

Jorge Kagiagian 

La única esperanza

Un hombre aguarda, solo en la vastedad,

un milagro que atraviese la niebla y el tiempo,
con la fe quebrada, como un cristal sin nombre,
suplicando a Dios que se asome, invisible, a su mirada.

Sus manos vacías, su alma llena de grietas,
no sabe cómo pedirle a la vida que regrese.
La duda lo envuelve, como un manto pesado,
pero en su pecho arde, tímida, una chispa.

"Señor," murmura al viento, "si aún me oyes,
aunque mis dudas se amontonen como montañas,
te ruego un signo, aunque fugaz,
para reconocer tu rostro entre las sombras."

La noche es un eco que se extiende,
el cielo, ajeno a su espera, se pliega sobre él.
Su aliento se pierde en la quietud,
y en sus ojos, el infinito se refleja como un espejismo.

El silencio es profundo, más denso que la oscuridad,
pero en el aire, algo comienza a palpitar.
Una presencia cálida lo envuelve,
como un abrazo callado que llega sin previo aviso.

Sabe que el milagro tal vez no se haga carne,
pero un hilo de luz atraviesa la neblina de su ser.
No es certeza lo que lo sostiene,
sino la fuerza de creer cuando todo se desmorona.

Su fe es frágil, como la rama que resiste al viento,
pero en su interior algo crece, pequeño y firme,
un eco divino que resuena en su pecho,
y aunque aún teme, sigue adelante, sin entender.

La voz del viento, suave como un canto olvidado,
le susurra al alma, en una lengua sin palabras.
No sabe si bastará, si su fe será suficiente,
pero algo en su interior se calma, aunque solo por un instante.

Jorge Kagiagian 

Un rincón compartido


El hombre está allí, atrapado en el tedio de un tiempo que ya no transcurre. Su cuerpo descansa sobre el catre de su celda, una estructura de hierro oxidado que parece más prisión que refugio. La luz que entra por el ventanuco se filtra entre los barrotes, dibujando sombras torcidas sobre el concreto frío. Es un espacio vacío, salvo por una compañía inesperada: una amiga silenciosa, la araña.

Ella habita en una esquina alta, lejos de las manos humanas. Su tela, tejida con paciencia, es una obra maestra efímera que vibra con el aire pesado de la celda. Él la observa desde su rincón, fascinado por su insistencia. Día tras día, la ve construir y reconstruir, como si el tiempo no existiera, como si fuera inmune al encierro.
Por la mañana, ella está en su lugar. Durante la tarde, sigue allí. Al caer la noche, permanece en el mismo rincón. 

Él la contempla tejer, meticulosa, su trampa delicada: una pequeña maravilla. La araña se desliza con cuidado, sujeta a su seda, diseñando un universo frágil entre los límites de la celda.
No puede evitar admirarla. Nada reclama, nada necesita; solo ese olvidado rincón para existir. Silenciosa, aguarda a que algún insecto descuidado quede atrapado en su red. Esa rutina, tan ajena y tan constante, lo reconforta. Ha aprendido a protegerla, negándose a los intentos de desalojarla. ¿Qué daño podría causar? Al contrario, ¿cuántas veces habrá librado su sueño del zumbido inoportuno de algún insecto?
"Debe ser difícil sentirse siempre amenazada," piensa. "Vivir esquivando miedos constantes." Siente pena al verla esconderse en su pequeño agujero, esperando que el peligro pase. Quizá, en su fragilidad, encuentra un reflejo de sí mismo: una resistencia callada que despierta en él un respeto inesperado.

Esa noche, mientras el silencio se cierne como un manto, la araña detiene su labor. El hombre la contempla con atención. Por primera vez, no envidia su libertad instintiva, sino la certeza de su propósito. Comprende que su mundo, aunque diminuto, no necesita ser más vasto para tener sentido.
Y entonces, algo lo sobrecoge: nada le pertenece, ni siquiera su encierro. La araña lo acompaña y, al mismo tiempo, lo enfrenta a su pequeñez. Le recuerda que la vastedad del mundo puede reducirse hasta caber en un rincón.

Ella en su esquina y él en la suya, quizás no sean tan diferentes. Ambos atrapados, ambos vivos. Pero mientras ella sigue tejiendo su mundo, él intenta deshacer los nudos de su pensamiento, buscando un propósito que aún se le escapa.
Y así, en el mutismo compartido, la celda se llena de algo nuevo: una vida discreta, apenas perceptible, pero indudablemente real. En ese rincón compartido, el hombre encuentra una verdad inesperada: aunque el mundo se haya encogido, siempre habrá algo digno de contemplar.

Jorge Kagiagian 



Bajo la lluvia 2

Bajo la lluvia

El portón lanzó un sonido agudo, como un lamento metálico, mientras se abría, dejando que la humedad de la madrugada se deslizara por las bisagras viejas y oxidadas. Él dio un paso hacia adelante, lento, casi temeroso de que un movimiento rápido lo despertara, hasta que la pesada puerta quedó a su espalda, cerrándose con un golpe seco que resonó como un eco final. No era una ilusión; al fin había ocurrido.

El aire del exterior era, sin duda, distinto, cargado de una frescura que desconocía desde hacía años. Inhaló profundamente, tratando de llenar sus pulmones de esos buenos aires, pero encontró que la brisa se mezclaba con la llovizna fría, calando muy profundo dentro de él. Las gotas apenas caían, ligeras como un susurro, pero lo suficiente para pintar su rostro con un velo húmedo, disimulando las lágrimas que escapaban, prisioneras.

Al otro lado de la calle estaba ella. La mujer que había estado presente en su ausencia. Envuelta en un abrigo que no alcanzaba a protegerla del frío, se mantenía firme, como una estatua de carne y hueso. No avanzaba, no levantaba la mano para saludarlo; simplemente estaba allí, inmóvil, con el rostro medio escondido tras la bufanda. Su mirada, sin embargo, lo decía todo.

Él no se atrevió a cruzar de inmediato... Quedó anclado al suelo, como si el espacio entre ambos fuera un abismo insalvable. A su alrededor: el brillo débil de las farolas luchando contra la penumbra, el asfalto húmedo que reflejaba las luces en destellos estridentes y fragmentados, el silencio de la madrugada roto solo por el susurro de la llovizna y el murmullo distante de la ciudad. Todo parecía distante, como un escenario que existía solo para enmarcar aquel momento.

El agua caía sobre su rostro, escondiendo los restos de una vida encarcelada, y en cada gota encontraba un símbolo. ¿Era sufrimiento o redención? ¿Era la despedida de los días oscuros o el preludio de nuevas tormentas? El pasado, el presente y el futuro se mezclaban como por arte de alquimia.

Su corazón latía con una vertiginosa incertidumbre. En su mente, la imagen de ella era un faro en medio de la tempestad de su vida, pero ahora, de pie frente a ella, se preguntaba si realmente la merecía. Había vivido años bajo el peso de sus errores, de injusticias que lo arrancaron del mundo, y, sin embargo, allí estaba ella, como una constante, como un juramento hecho carne.

"¿Qué le diré?", pensó. Las palabras se atascaban en su garganta. Cada frase que ensayaba en su mente le parecía insuficiente, torpe, incapaz de contener todo lo que sentía. Ya no importaba si él era inocente o no, y ninguna excusa era necesaria. El hombre allí parado ya no era el que, hace años atrás, había ingresado a la prisión. Quería correr hacia ella, hundirse en su pecho, pedir perdón por tantas ausencias, aunque no fueran su culpa, agradecerle por sostenerlo cuando todo estaba perdido, cuando todo en él estaba roto. Pero sus pies no se movían.

El olor del asfalto mojado lo anclaba al presente, mientras que la visión de ella lo arrastraba al pasado. Obnubilado, recordó sus cartas, los poemas que le enviaba, el modo en que esas palabras se convertían en sus únicos rayos de luz en las noches de silencios que creía que nunca acabarían. Recordó el sonido de su voz, esa calma que le devolvía humanidad cuando sentía que se desmoronaba.

Ella, por su parte, sentía el peso de la espera como una carga insoportable. Cada segundo parecía estirarse interminablemente, cada gota de lluvia era un reloj que marcaba el tiempo que había perdido. A pesar de la quietud de su figura, su mente corría a mil por hora. ¿Lo reconocería aún? ¿Sería posible que todo estuviera intacto, como lo había imaginado tantas veces en sus pensamientos? Un nudo de incertidumbre apretaba su pecho, pero no lo mostraba. Su orgullo, su miedo a la decepción, la mantenía inmóvil, como una estatua de carne y hueso. Sin embargo, el pequeño rincón de su ser que aún mantenía la esperanza sabía que no podría alejarse de allí. Ella no se iría sin saber, sin encontrar una respuesta.

La lluvia arreció un poco, como si quisiera obligarlo a dar el primer paso. Cerrando los ojos, dejó que el agua se deslizara por su rostro, mezclándose con el sabor agridulce de sus labios. En su interior, una batalla se desataba: miedo, amor, remordimiento y una vergüenza que bajaba su cabeza.

Cuando volvió a abrir los ojos, ella seguía allí, paciente, eterna, como si el tiempo no existiera. Y entonces entendió que, aunque el mundo había cambiado, ella era la constante. Ella era el puente entre lo que fue y lo que podría ser.

Un paso. Luego otro. La distancia comenzó a acortarse, y con cada movimiento sentía el peso de los años soltándose de sus hombros. No sabía qué diría al llegar a su lado, pero algo dentro de él le aseguró que no importaba. Ella lo sabía todo, siempre lo había sabido.

Y cuando por fin estuvo frente a ella, cuando sus ojos se encontraron en ese suspendido instante, el portón de hierro dejó de existir. La prisión era solo un recuerdo. La libertad, en cambio, estaba allí, en sus ojos, brillando a pesar de la lluvia.

El tiempo se detiene

El hombre entra en la celda, el sonido metálico de la puerta cerrándose resuena como un eco lejano. Un golpe seco que deja una vibración pesada en su pecho. La luz artificial, fría y opaca, lo rodea. No hay sol aquí, solo sombras que se alargan sobre las paredes sucias. En el espacio cerrado, su cuerpo se adapta lentamente, encogiéndose, como si el aire estuviera más denso, más hostil. Se detiene en medio del pequeño cuarto, buscando el espacio entre las sombras, deseando que alguien o algo le explique cómo respirar. 

El miedo se arrastra por sus venas, como una serpiente venenosa. Pero no es el miedo del hombre que entra por primera vez en este lugar, no es el miedo de lo desconocido. Es un miedo profundo, antiguo, que se encuentra en algún rincón de su ser, más allá de las rejas. Es un miedo al olvido, a la condena silenciosa que acecha en cada rincón de su mente. La pregunta sobre Dios se disuelve en el aire, como algo que nunca llegó a ser. Algo que aún no puede comprender. A veces duda de su existencia, como duda de todo lo que le rodea, pero en algún rincón oscuro de su alma, una pequeña llama aún cree en Él. Tal vez, como cree en la justicia, aunque la justicia, como Dios, parece siempre eludirlo.  

Se deja caer sobre la cama dura, el rostro mirando el techo gris, sin estrellas. Recuerda los días antes de entrar, esos días que ya se desdibujan como viejas fotografías en su mente. Piensa en las caras de quienes lo acompañaron en su vida fuera de este lugar, en sus esposas, aquellas que lo amaron, que creyeron en él hasta el último momento. Pero ahora, en esta celda, el amor parece distante, como un murmullo que ya no puede escuchar. Todo lo que queda es un eco, el eco de lo que fue y lo que pudo ser.  

El tiempo aquí no fluye, no pasa. Se estanca, se detiene, se suspende en un espacio sin futuro, como si la realidad misma fuera una tela de araña que lo atrapa. A veces mira hacia la ventana, esperando ver algo, aunque sea un rayo de sol. Pero lo que ve es un muro gris, sucio, más sombras. Piensa en el sol que alguna vez vio, en el calor que tocaba su piel, en la libertad que nunca imaginó perder. Ahora solo queda la sensación de ser parte de algo más grande, algo que no entiende, una maquinaria que lo ha devorado sin piedad.

La pregunta sobre Dios lo sigue, pero no sabe si es un consuelo o una carga. Se debate entre la incredulidad y la necesidad de creer, entre la desesperación y una esperanza torcida. Si Dios existe, ¿dónde está ahora? ¿Por qué lo ha llevado hasta aquí, a este lugar donde los días se arrastran, donde el miedo se convierte en una sombra que lo acompaña? 

Él no tiene respuestas. No hay respuestas aquí. Solo el sonido de los pasos de los guardias, el murmullo de los demás prisioneros, las horas que pasan lentamente, como una cadena que se alarga. 

Y aún así, en alguna parte de él, sigue creyendo. Tal vez en Dios. Tal vez en algo más. Pero la celda no le ofrece respuestas, solo preguntas. Preguntas que no se pueden responder con palabras. 

El sol sigue sin brillar aquí, pero el hombre aún espera algo. No sabe qué, pero algo. Algo más allá de las sombras.

Ella

Ella camina por la casa como un alma extraviada, atrapada en un laberinto sin paredes. Sus manos, temblorosas, recorren las marcas de la mesa, los surcos en la madera como cicatrices abiertas. La soledad se desliza por el suelo como una serpiente, envolviendo sus tobillos, subiendo por sus piernas hasta morderle el pecho, donde late un corazón que apenas recuerda por qué.

Él está lejos, pero su ausencia no es un vacío; es una presencia pesada, un fantasma que respira desde detrás de los barrotes. Cada noche, ella cierra los ojos y lo ve allí: un hombre hecho de sombras, sentado en una celda que huele a metal y desesperanza. En sus sueños, él no habla, pero sus ojos gritan.

El reloj, ese verdugo sordo, sigue avanzando. Las horas son cuchillas que cortan la piel del día, y ella sangra silencios. A veces, se sienta frente a la ventana y escribe cartas que nunca enviará. En ellas, las palabras se enredan como hilos de un tapiz roto: "Te extraño", "Te espero", "No sé cómo seguir sin ti".

El mundo fuera de la casa sigue girando, indiferente. Los pájaros cantan, los vecinos ríen, los días se suceden con la monotonía de una maquinaria perfecta. Pero dentro de ella, el tiempo duele. Porque el amor, en su país, siempre ha sido un privilegio para los libres. Los presos no tienen derecho a la ternura, y quienes los aman son condenados en silencio, señalados con miradas de juicio y palabras venenosas.

A menudo, se pregunta si él la siente. Si su dolor, como una onda en el aire, llega hasta la prisión donde él vive encadenado. ¿Podrá escuchar su llanto en las noches más calladas? ¿Podrá saber que cada latido de su corazón lleva el peso de ambos?

Una mañana, se atreve a visitarlo. La sala de visitas es un lugar extraño, frío, donde las miradas de otros condenados se mezclan con las de las mujeres que los esperan. Allí, los guardias no ven seres humanos, solo números y sospechas. Cuando finalmente lo ve, un nudo de fuego se forma en su garganta. Él está allí, pero no está. Sus ojos, aunque vivos, están vacíos.

Se hablan con palabras que no dicen nada. Sus manos, separadas por un vidrio, se buscan sin encontrarse. Ella quiere decirle que lo ama, que lo necesita, que lo espera... pero no lo hace. En su lugar, solo lo mira, intentando memorizar cada línea de su rostro.

Cuando regresa a casa, algo dentro de ella ha cambiado. Su amor sigue siendo una prisión, pero ahora comprende que la libertad no llegará. El sistema nunca pensó en ellos: ni en los que quedan dentro, ni en los que esperan fuera, atrapados en una red de leyes y prejuicios que no entienden de amor ni de humanidad.

A pesar de todo, decide quedarse. Porque, en su sufrimiento, ha encontrado la única verdad que importa: no hay cadenas más fuertes que las que ella misma eligió llevar. Pero mientras espera, se pregunta si alguna vez alguien romperá esas cadenas para otros. Si alguna vez amar será tan libre como respirar.

Jorge Kagiagian 

El rio de los suenos

La celda no era un espacio, sino un hueco en la memoria, una distorsión donde los días se deshacían como cenizas, arrastrados por la corriente de un tiempo que ya no era suyo. No solo lo oprimían las paredes, sino algo más antiguo y persistente: una presencia implacable, como una sombra, un recuerdo que no se disipaba. El ambiente era espeso, pesado, se pegaba a su piel. Era como si el lugar hubiera absorbido todas las penas que alguna vez pasaron por allí. Los muros lo rodeaban, pero no solo de forma física. Era el vacío lo que lo devoraba, un vacío que se infiltraba en sus huesos y se filtraba en sus pensamientos.


El catre de hierro retorcido no le servía de lecho, sino de tortura. El colchón, delgado y áspero, parecía una extensión de la incomodidad. El techo bajo lo aplastaba, casi podía sentirlo respirar junto a él.


El silencio no era absoluto. Estaba cargado de ausencias, de plegarias que nunca serían escuchadas. El aire, impregnado de humedad, parecía estar saturado de historias olvidadas, de lágrimas nunca derramadas, de gritos nunca lanzados. El lugar estaba lleno de lo no dicho, de lo perdido. Y su cuerpo no podía dejar de sentirlo. La prisión del alma era la misma que la del cuerpo.


Pero, cuando la desesperanza amenazaba con devorarlo, los sueños lo rescataban. En sus ensoñaciones, el espacio se desvanecía. El tiempo y el lugar se disolvían, llevándolo a un campo lejano, vasto, al que no podía recordar, pero que le resultaba familiar. Corría descalzo sobre la tierra, sintiendo el calor bajo sus pies. No era un calor abrasador, sino una calidez que lo acogía, como una vieja canción que ya no recuerda las palabras pero que sigue resonando su melodía. El cielo era tan profundo que no podía apartar la mirada. La tierra era firme, tan sólida que sentía que podría fundirse con ella.


A su lado, unos perritos jugueteaban de un lado a otro, en inocentes alegrías. Una risa suave nacía en su pecho, casi olvidada, como un soleado despertar. No era solo una vibración que lo atravesaba, sino algo callado en su ser, esperando el momento para renacer.


De repente, el paisaje se disolvía. Lo encontraba junto a un río. El agua de dulces tonos turquesas era fría, pero no solo fría. Era una frescura que lo arrancaba de la pesadez del mundo, una caricia de lo imposible. Un sonido blando como la voz de una madre se desprendía de sus aguas. Sus manos se sumergían en el agua, y el murmullo de la corriente le hacía cosquillas en sus dedos. En la distancia, las voces de sus amigos llegaban flotando, pero sus palabras eran solo susurros arrastrados por el viento.


Entonces, una lluvia comenzó a caer. Las gotas lo tocaban suavemente, como si el cielo lo abrazara, tocando sus hombros con una ternura olvidada. Un rostro se dibujó entre la cortina de agua, el rostro de la mujer que amaba más allá de lo que podría haber confesado. Los ojos de esa figura brillaban con una intensidad que lo detenía. Como si en esos ojos se reflejara el universo entero.


No se dijeron palabras. No era necesario. La conexión estaba en ese espacio invisible entre ellos, donde el tiempo no tenía sentido. Todo lo que podían sentir era el calor de la cercanía, el peso de lo no dicho.


Despertó de golpe. El regreso a la prisión fue brutal. La pesadez lo absorbió, lo arrastró hacia la realidad. Una realidad donde nada era tan suave como el sueño perdido. Su respiración era irregular, y las imágenes flotaban en su mente, como una niebla que se niega a desvanecerse. Pero la prisión… la prisión seguía siendo la misma.


Unos momentos después, su mirada cayó sobre el resquicio de luz filtrado por la ventana. Era tenue, como una promesa que no se atrevía a cumplirse. Un rayo de luz débil tocaba el concreto gris, burlándose de la brutalidad del lugar. Pero, por un instante, esa pequeña franja de claridad fue suficiente. Cerró los ojos, no para escapar, sino para retener lo que quedaba de esa visión, para no olvidar lo que había sentido.


El recuerdo no desapareció. Se quedó en su mente, como una llama que no se apaga. Pero no era lo mismo. La prisión, a su alrededor, había ganado. La pesadez regresó, implacable, cubriéndolo con su manto. Y aunque su mente se aferraba a las imágenes de libertad, estas se desvanecían con cada respiración.


Tal vez la libertad fuera solo una ilusión, un espejismo creado por las grietas en la conciencia. Cerró los ojos una vez más. Permitió que la oscuridad lo abrazara, sin esperar nada más. La realidad lo envolvía. Y en algún rincón, sus sueños seguían siendo su único refugio.


Cuando las horas se agotaron, su cuerpo cedió ante el cansancio. La noche lo reclamó, llevándolo de regreso a los campos, al río, a la lluvia. 


Jorge Kagiagian 

Condena social

En algún punto del vasto silencio, el hombre se pierde. A su alrededor, la vida sigue su curso, distante, ajena. Las calles, las voces, los ecos de un existir que le es prohibido. Aquí, donde la existencia se disuelve entre expedientes olvidados y cuerpos convertidos en números, todo se vuelve una repetición vacía, una espera sin rumbo.


La sociedad ve solo cifras, estadísticas que alimentan la maquinaria de un sistema que jamás se detiene. Los hombres que caen entre sus manos son piezas intercambiables, engranajes sin identidad, ni valor. La justicia, disfrazada de redención, se convierte en venganza, golpeando y hundiendo a quienes ya no tienen fuerzas.


En las mentes de estos hombres, los pensamientos se agitan sin encontrar lugar. Juicios sin pruebas, condenas forjadas por el simple hecho de haber estado en el lugar equivocado o simplemente por la condición social. El sistema primero encarcela y luego  pregunta.


El espacio, aquí, es una ilusión. Una prisión de ausencias y rostros borrados, donde nadie está realmente presente. Todos flotan como almas en penas despojadas de su humanidad, en una espera eterna de algo que nunca llegará. Las grietas en las paredes son testigos mudos de las vidas que se deshacen, de familias que se pierden. Mientras tanto, las ratas, libres sin rumbo, atraviesan el polvo del lugar sin miedo. El hombre las observa con una mezcla de envidia y resignación.


El cuerpo, ajeno a su voluntad, se convierte en un caparazón vacío. La piel arde bajo la fiebre, los pulmones duelen con cada respiro, los ojos apenas sostienen la luz que se filtra entre los barrotes. Ya no le pertenece. El cuerpo, marcado por enfermedades que proliferan como una marea imparable, es invadido por la burocracia cruel. Las peticiones médicas se demoran semanas, y cuando finalmente se responden, ya no importa. Aquí, la muerte no es un evento, sino un proceso lento y metódico.  


Pero la verdadera tortura no está en el cuerpo. Está en la mente. En los recuerdos desvanecidos, en los momentos que se disuelven sin dejar huella. El hombre se siente perderse, como si su cordura se deshiciera junto con los días que jamás volverán. El silencio pesa tanto que las palabras ya no tienen sentido, y los pensamientos atormentan con una intensidad insoportable. En esos momentos, todo se desmorona, y lo único que queda es la sensación de vacío.


Lo que más duele es la vergüenza. Esa vergüenza que quema más que cualquier fiebre, más que cualquier dolor. Vergüenza de estar aquí, de ser lo que la sociedad teme y desprecia. También existe una vergüenza perpetua: la de saber que, aunque algún día salga de este lugar, nada será perdonado. No hay redención para los segregados, solo una etiqueta indeleble.


El hombre se pregunta si algún día el mundo será capaz de mirar más allá de su propia mentira, de comprender que no son los que están aquí los que corrompen, sino aquellos que, desde el otro lado, se benefician de este ciclo de sufrimiento y opresión. La corrupción no está en los que caen, sino en quienes los juzgan desde sus altos tribunales, aquellos que claman justicia mientras perpetúan la venganza y la condena social.


Y aunque las preguntas siguen flotando en su mente, no hay respuestas. Solo quedan vestigios, los de una vida que ya no es, los de una conciencia que se retuerce ante lo que sabe pero no puede cambiar. Él cierra los ojos y respira, sintiendo esa chispa, esa tenue resistencia que se niega a extinguirse. Y en ese último suspiro, se da cuenta de que resistir es todo lo que le queda. 


Pero incluso en su resistencia, el hombre sabe que, a pesar de la lucha, el ciclo se repite. Que la condena, como una sombra infinita, siempre lo perseguirá. 


Jorge Kagiagian 

La Bestia en el Espejo


Las paredes sudaban silencio, un silencio denso que reptaba entre los barrotes como un humo invisible, cargado del aroma metálico del óxido y del agrio sudor del encierro. El aire era espeso, saturado de resentimientos que no necesitaban palabras para clavarse en la piel. Cada paso resonaba en el concreto como el eco de una amenaza, cada crujido era un recordatorio de la fragilidad de los límites entre la calma y el caos.

Él había aprendido a caminar despacio, como si el ruido de sus propios pies pudiera desatar la tormenta que siempre pendía en aquel lugar. Sus valores, frágiles como un hilo de oro bajo presión, eran su escudo: la dignidad que se negaba a corromperse, la resistencia al odio que consumía a los demás, la certeza de que incluso allí, en el corazón del abismo, había una forma de no perderse a sí mismo.

Su motivación era un recuerdo. No de un lugar, ni de una persona específica, sino de un sentimiento: la libertad de un tiempo anterior al encierro, cuando la vida tenía espacio para respirar. Era ese deseo de regresar, aunque fuera solo en su mente, lo que lo mantenía aferrado a la calma. No era debilidad, era un acto de resistencia, una forma de demostrar que la prisión no podía arrebatarle todo.

Pero las prisiones no toleran la neutralidad. La ira colectiva buscaba grietas donde colarse, y él, con su mirada baja y su andar cuidadoso, parecía un blanco perfecto. El primer golpe llegó sin aviso, un estallido seco que le atravesó el costado como una descarga eléctrica.

Sintió cómo su cuerpo se estremecía, un instinto ancestral que lo empujaba a reaccionar. El olor ferroso de la sangre se mezcló con el del hierro de las rejas, mientras un sudor frío le cubría la frente. Su corazón tamborileaba en su pecho como si quisiera escapar, y un calor abrasador se alzó desde su estómago, luchando contra la calma que intentaba mantener.

Su primer movimiento fue titubeante, casi una súplica silenciosa de que aquello terminara. Pero el siguiente golpe, y el siguiente, no le dejaron opción. Sus manos, temblorosas, se alzaron en defensa, y cada acción suya era un grito silencioso: No quiero esto. No quiero ser como ellos.

El ruido del choque, de los cuerpos enfrentándose, era ensordecedor, una cacofonía que llenaba cada rincón. Sus músculos ardían, sus piernas temblaban, pero lo que más dolía era la certeza de que, al final, no importaba cuánto intentara huir del conflicto; este siempre lo alcanzaría.

Cuando todo terminó, el silencio regresó con la misma brutalidad con que la violencia había comenzado. Se quedó en el suelo frío, respirando con dificultad, sintiendo el temblor en sus extremidades. La sangre goteaba de su labio, mezclándose con el polvo del concreto. Cerró los ojos y dejó que los otros ecos se apagasen, buscando en su mente aquel lugar de tranquilidad que lo mantenía vivo.

Sabía que la lucha no era solo contra los otros, sino contra el entorno que transformaba a las personas en reflejos deformados de sí mismas. La prisión era un espejo cruel que devolvía una imagen grotesca, y su batalla más feroz era no permitir que esa imagen se convirtiera en su verdad.




Uuuuuu


Los ecos del hierro

Las paredes sudaban silencio, un silencio denso que se arrastraba entre los barrotes, como un fantasma alimentado por la ira contenida. En aquel espacio de concreto y sombras, la convivencia era una danza de equilibrios precarios, donde cada mirada sostenida demasiado tiempo podía desatar un incendio. El aire estaba cargado de resentimientos antiguos, de heridas que nunca cerraban, de palabras que no se decían pero que herían igual.

Él, un alma que buscaba la calma en medio del caos, sabía que la violencia era un río en el que no deseaba navegar. Se aferraba a una calma fingida, un remanso que construía con pensamientos vagos y fugas mentales hacia paisajes que solo existían en su memoria. Pero la prisión no era tierra para la paz; era un terreno fértil para los rumores, para las sospechas, para la desconfianza que crecía como una hiedra venenosa en las grietas de las almas.

Sentía las miradas clavarse en su espalda, como pequeños alfileres que intentaban perforar la barrera que él mismo había levantado. Sabía que en aquel lugar la neutralidad era un pecado, la quietud una provocación. Cada paso que daba era un cálculo cuidadoso para no caer en los abismos que otros habían cavado con sus propias manos.

Y aun así, el choque era inevitable. No por elección, sino porque el ambiente mismo respiraba conflicto. Las manos de otros se alzaron contra él, no porque lo odiaran, sino porque odiaban el reflejo de su propia impotencia. Lo atacaban no por lo que era, sino por lo que se negaba a ser: un engranaje más en la maquinaria de la furia.

El primer golpe no lo sintió en la piel, sino en el espíritu, como un quiebre sutil en una línea que había jurado no cruzar. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, movido por el instinto, por esa chispa ancestral que se enciende cuando la amenaza se vuelve carne. No quería devolver el golpe, pero el espacio no le ofrecía escapatoria, y cada acción suya era un acto de resistencia, no contra los demás, sino contra la bestia que ellos querían despertar en él.

En el breve silencio que siguió al enfrentamiento, se sentó en el suelo frío, sintiendo el peso del aire denso sobre sus hombros. No era el dolor físico lo que lo agobiaba, sino la certeza de que la paz era un espejismo en aquel desierto de acero y concreto. Cerró los ojos, intentando regresar a esos paisajes internos donde los ríos corrían limpios y las montañas abrazaban el cielo. Pero incluso allí, la sombra de aquel lugar lo alcanzaba, como un eco que nunca dejaba de repetirse.

Sabía que la lucha no era solo contra los otros, sino contra el entorno que transformaba a las personas en reflejos deformados de sí mismas. La prisión era un espejo cruel que devolvía una imagen grotesca, y su batalla más feroz era no permitir que esa imagen se convirtiera en su verdad.


Tal vez



Tal vez me pienses  
como la lluvia piensa en la tierra,  
como el río piensa en su cauce,  
o tal vez no.  

Tal vez camines por senderos de sombras  
donde mi nombre resuena en ecos,  
donde el tiempo no sabe olvidar,  
o tal vez no.  

Tal vez tus manos busquen en el aire  
la forma de mi ausencia,  
el calor que se extinguió  
entre la ceniza de un adiós,  
o tal vez no.  

Tal vez en tus noches,  
donde el insomnio dibuja memorias,  
mi voz se alce como un susurro  
que nunca se apaga,  
o tal vez no.  

Tal vez, bajo el mismo cielo,  
una estrella tiemble entre nosotros,  
una señal de aquello que fue  
y nunca será,  
o… o tal vez no.  

Pero si en tu silencio más profundo  
el amor aún respira,  
si en el abismo de tu soledad  
mi nombre brilla como un faro,  
entonces sabré que, tal vez,  
me amas como yo a ti.  

Quebranto de Dios

Arrodillado en el centro de la celda, el hombre parece más un espectro que una figura de carne y hueso. Su rostro está inclinado hacia el suelo, pero su alma se alza hacia algo más allá de estas paredes de concreto. Sus manos, entrelazadas en una súplica silenciosa, tiemblan como hojas al viento, pero no hay viento aquí. Solo está la inmovilidad de la cárcel, una inmovilidad que lo asfixia y lo envuelve.  


El aire es denso, cargado de humedad y el olor metálico del óxido. Cada respiración que toma es un recordatorio de su encierro, de la realidad que no puede escapar. El frío del suelo se cuela por sus rodillas y recorre su cuerpo como una caricia cruel. Sus sentidos están alerta, no porque tema algo, sino porque el dolor lo mantiene consciente, lo conecta con el único mundo que le queda.  


Los muros son testigos silenciosos, cubiertos de grietas que parecen pequeñas heridas abiertas en la piedra. Él las mira, encuentra en ellas un reflejo de su propia alma: rota, fragmentada, pero aún resistiendo al paso del tiempo. La tenue luz que se filtra por la diminuta ventana alta apenas ilumina el espacio. Es una luz fría, distante, que dibuja sombras largas y pesadas sobre el suelo.  


Y sin embargo, esa luz es su única conexión con algo más grande. Él la siente como un toque divino, un rayo de esperanza que parece tan ajeno a este lugar. Su oración se eleva en silencio, palabras que no necesita pronunciar porque Dios, si está escuchando, puede oírlas en su corazón.  


—Dios mío —piensa, porque no se atreve a romper el silencio—, dame una razón para seguir aquí. Una sola.  


Sus pensamientos lo llevan lejos, más allá de la celda. Recuerda el aroma de la tierra mojada después de la lluvia, el calor del sol sobre su rostro, y el sonido de las hojas susurrando en el viento. Recuerdos tan simples, pero que ahora se sienten inalcanzables, como un sueño al que no podrá volver. Piensa en las personas que amó, en aquellos que lo traicionaron, en los momentos en que su fe titubeó.  


El sonido de una gota de agua cayendo al suelo lo trae de vuelta al presente. Es un sonido minúsculo, pero resuena como un eco en la quietud. Él lo escucha y siente una extraña paz. Esa gota, ese pequeño detalle, le recuerda que el mundo sigue existiendo, incluso aquí. Que la vida, de alguna forma, persiste.  


Cierra los ojos y siente las lágrimas deslizándose por su rostro, mezclándose con la humedad de la celda. No sabe si son de dolor, de resignación o de algo más profundo, algo que no puede nombrar. Su pecho se llena con un peso que no lo ahoga, sino que lo hace humano.  


Cuando vuelve a abrir los ojos, la luz ha cambiado ligeramente. Es un cambio casi imperceptible, pero para él significa todo. Es un recordatorio de que incluso en la inmovilidad de este lugar, el tiempo avanza. Y mientras avanza, su oración continúa, aunque sus labios permanezcan cerrados.  


No espera justicia. No espera redención. Pero en ese instante, arrodillado en el suelo frío, siente que está conectado con algo que trasciende las rejas, los muros y la oscuridad. Tal vez es Dios. Tal vez es solo el eco de su propia alma. Pero es suficiente para seguir respirando.  


En la celda, el hombre permanece inmóvil, pero dentro de él hay un movimiento constante, un vaivén entre la desesperación y una esperanza tenue, frágil, pero presente. Afuera, la luz se filtra un poco más, como si el mundo respondiera, como si lo envolviera en un abrazo que él, en su oración, apenas empieza a comprender.


Jorge Kagiagian 


De rodillas 


Señor mío, en esta oscuridad que me envuelve, donde la injusticia pesa más que estas cadenas, te abro mi corazón roto. Tú que conoces la verdad que los hombres han negado, sé mi juez, mi refugio, y mi esperanza.  


Perdona a quienes me han condenado, aunque sus mentiras me hayan destrozado, porque sé que tu amor es más grande que su odio. Dame fuerza para soportar este dolor y paz para enfrentar el mañana, sabiendo que tu justicia prevalecerá más allá de este mundo.  


Aunque estoy encerrado, mi alma busca libertad en ti. Lléname de tu luz, Señor, y hazme recordar que, incluso en esta celda, no estoy solo, porque Tú caminas conmigo. Amén.


Jorge Kagiagian

El Olvido de los Muros

En el corazón de la cárcel, donde el tiempo se mide en tristes sombras que se alargan y se acortan con la luz tenue de un cielo distante, un hombre se sienta sobre la fría dureza de su cama de concreto. No hay palabras que rompan el silencio; sólo el eco de su respiración, como un susurro que se ahoga en la inmensidad de la soledad.  


Cada día comienza igual, con el amanecer filtrándose a través de las barras que dibujan líneas en el suelo, líneas que parecen contar los días que se amontonan unos sobre otros. Pero el hombre ya no sabe cuánto tiempo ha pasado. Los días se desvanecen como un río que fluye hacia la nada, llevándose consigo los ecos de voces que alguna vez lo rodearon.  


Primero fue la ausencia de sus amigos. Los mismos que prometieron estar allí, los que juraron lealtad en tiempos de vino y risas. Sus nombres, que solían llenarlo de calidez, ahora son un peso en su pecho, un recordatorio de promesas quebradas. Se los imagina en el mundo exterior, alzando copas, ocupando sus espacios, abrazando una libertad que alguna vez compartieron.  


Después fue su familia. Su madre, cuyo abrazo siempre fue un refugio, ahora es un recuerdo que duele más que el acero de las rejas. La última carta que le escribió está arrugada en un rincón de la celda. Una carta breve, sin emoción, que rezuma un silencio más cruel que cualquier insulto. "Tu padre no puede verte así. Tus hermanos están ocupados. Cuida de ti mismo." Palabras simples, pero tan pesadas como cadenas.  


Piensa en sus hermanos, los que alguna vez corrieron con él por los campos, los que compartieron secretos al amparo de la noche. Ellos también lo han olvidado. "Es por su bien," se dice a sí mismo, pero no puede ignorar la punzada de traición. Lo dejaron aquí, abandonado, como si su existencia fuera una mancha que quisieran borrar.  


Y sus cosas. Todo lo que poseía, todo lo que construyó, se ha desvanecido en manos que no son las suyas. Las fotografías que adornaban su hogar, los libros que alguna vez le llenaron el alma, los cuadros y retratos qué contaban la historia de su vida, incluso los pequeños recuerdos que atesoraba. Todo ahora pertenece a otros, disperso como hojas secas en el viento.  


Se pregunta si alguna vez significó algo para ellos. ¿Fue sólo un espectro que pasaba por sus vidas, una sombra que podían olvidar cuando ya no les resultaba útil? La cárcel no es el peor castigo. Es el olvido. Es la certeza de que el mundo sigue girando, indiferente a su dolor.  


A veces, cierra los ojos y trata de recordar sus rostros. Su madre, con lágrimas en los ojos; su padre, serio pero orgulloso; sus amigos, riendo en noches que parecían eternas. Pero los recuerdos se desvanecen, como un sueño al despertar. Y cuando vuelve a abrir los ojos, sólo está la celda, los muros que no hablan, y la soledad que lo envuelve como un sudario.  


El hombre piensa en la vida fuera de estas paredes. No la vida que dejó atrás, sino la que ahora existe sin él. Es un mundo donde sus amigos beben y ríen, donde su madre cocina en silencio, donde su padre se pasea por los campos, donde sus hermanos cuentan historias en las que él ya no aparece.  


No hay cartas, no hay visitas, no hay señales de que aún exista para ellos. Y sin embargo, el dolor más profundo no es su ausencia, sino la sensación de que tal vez nunca lo quisieron como él creyó.  


Se siente más solo que nunca, pero no llora. Las lágrimas no sirven aquí, donde los candados no consuelan. En su interior, se forma una especie de aceptación amarga, un conocimiento cruel: la cárcel no está hecha sólo de barrotes y muros. Está hecha del olvido, del vacío que dejan quienes prometieron estar pero eligieron irse.  


Y así, el hombre permanece allí, día tras día, mirando el fragmento de cielo que la ventana le permite ver. Se aferra a ese trozo de infinito, porque es lo único que no le han robado.  


Piensa en la traición, en el abandono, en las palabras que nunca llegaron. Y aunque el dolor lo carcome, se promete algo: su alma no será otro objeto más que ellos puedan destruir. Su soledad será su fuerza, su silencio, un grito que sólo él entenderá. Porque, al final, si no tiene a nadie más, al menos aún se tiene a sí mismo.  


Y eso, aunque tenue y frágil, será suficiente para seguir respirando.

De rodillas


Alabado seas, Padre eterno,
Señor Jesús, mi Rey y Salvador,
en esta oscuridad que me abraza,
en la que la injusticia me aprisiona,
donde la verdad se esconde en sombras,
y el abismo toma forma en tinieblas.

Te entrego mi corazón roto,
postrado ante tu infinita misericordia,
Tú que conoces la verdad negada,
sé mi juez, mi refugio, mi esperanza.
Aboga por mí, oh Señor santísimo.

Perdona a quienes me han condenado,
aunque sus mentiras hayan desgarrado mi ser,
porque sé que tu amor es más grande
que el mal que en el infierno arde.
Concédeme la fuerza para soportar el dolor,
y la paz para enfrentar el mañana,
sabiendo que tu justicia prevalecerá
más allá de este mundo y su pena.

Aunque prisionero, mi alma busca
la libertad que solo en ti hallo.
Lléname de tu luz, Señor,
y haz que recuerde, en este valle de lágrimas,
que no estoy solo, que Tú eres el Padre de todo,
mi guía, y siempre caminas a mi lado.

Amén.

Jorge Kagiagian 

El Juicio del Sol

El hombre está allí, parado en el centro del tribunal, un espectro de carne y hueso atrapado en el umbral del tiempo. Los rayos del sol se filtran por la ventana alta, alcanzando su rostro con una calidez parecida a una caricia, un calor que contrasta con la frialdad opresiva del recinto, donde la atmósfera pesa como una lápida. El juez, distante en su trono elevado, lo observa con una mirada que no vacila, pero el hombre no le devuelve la atención. Sus ojos están clavados en el cielo que apenas puede divisar tras el vidrio: un azul limpio, infinito, casi irreal. Un azul que sabe que no volverá a contemplar.
Su pecho late despacio, acompasando, segundo a segundo, los pasos que lo conducen al abismo. El aire está cargado, saturado de acusaciones falsas, de palabras no dichas, de silencios que se arremolinan como fantasmas entre los presentes. Frente a él, los rostros son máscaras: la frialdad calculada del fiscal, la curiosidad expectante de los observadores, y allí, como una herida abierta, el rostro de quien lo acusó. Esa figura, envuelta en una piedad simulada, cuyas palabras de misericordia eran agujas escondidas bajo un velo de hipocresía. Cada gesto de bondad, cada sonrisa, no era más que un disfraz tejido con hilos de traición.

Respira profundamente, como si cada inhalación fuera la última. El sol calienta su piel, pero sus pies, desnudos de esperanza, sienten el frío cortante del mármol que lo sostiene. La camisa que lleva roza su cuerpo con aspereza, como la cruel realidad que lo envuelve. Es consciente de todo, de cada detalle, porque sabe que estos momentos serán los últimos instantes de libertad.

Un murmullo de recuerdos lo golpea como una ráfaga helada: la textura de la tierra húmeda entre sus dedos, el aroma del pasto recién cortado, el susurro del viento en su rostro cada mañana. Cada imagen es un ausencia que lo desvive lentamente. No siente solo tristeza; lo que lo consume es más profundo, una mezcla de resignación e impotencia, la amarga aceptación de que la justicia no siempre es justa, de que la verdad puede ser borrada por el peso de las mentiras.
Cierra los ojos, buscando refugio, pero no hay escapatoria. Escucha el murmullo lejano de la sala, el crujir de una puerta, el vuelo de un insecto que traza círculos en el aire. Todo eso pertenece a un mundo que, en breve, dejará de ser suyo. Y entonces, como un eco inesperado, una imagen surge en su mente: el rostro de la mujer que ama. Su sonrisa, cálida y sincera, aparece entre las sombras como un breve destello en medio de su soledad. Piensa en sus manos, en el tacto suave que le ofrecía refugio, en las palabras que nunca alcanzó a decirle. Ese pensamiento lo atraviesa como un dulce dolor, un recuerdo que, aunque vencido, lo mantiene de pie.

El juez pronuncia las palabras que sellan su destino, pero para el hombre son solo ecos lejanos, meros sonidos que se desvanecen antes de llegar a sus oídos. Por fuera, se lo ve apacible… es dentro de sí, donde se libra el juicio más feroz: el de su inocencia derrotada, el de la verdad traicionada. Piensa en quien lo acusó, en ese fingido abrazo fraternal, en esa sonrisa que un día creyó sincera y que ahora se le revela como la máscara de la más amarga de las traiciones. Pero también piensa en el sol, en su calor, y en cómo seguirá brillando, indiferente a su sufrimiento.

Abre los ojos y deja que la luz lo envuelva una última vez. Es su despedida, su acto final de rebeldía: contemplar el cielo como si pudiera perpetuar su resplandor en lo más profundo de su ser, como si esa imagen bastara para iluminar las sombras que lo esperan. Y cuando la condena es dictada, el hombre no mira al juez, ni al rostro de su traidor, ni a los muros que lo encerrarán. Mira hacia arriba, hacia ese fragmento de cielo azul, como si allí pudiera hallar la verdad que aquí le ha sido negada.

Afuera, el sol aún brilla… y, en su corazón, el recuerdo de una mujer.

Jorge Kagiagian 

Bajo la lluvia

El portón lanzó un sonido agudo, como un lamento metálico, mientras se abría, dejando que la humedad de la madrugada se deslizara por las bisagras viejas y oxidadas. Él dio un paso hacia adelante, lento, casi temeroso de que un movimiento rápido lo despertara, hasta que la pesada puerta quedó a su espalda, cerrándose con un golpe seco que resonó como un eco final. No era una ilusión; al fin había ocurrido.


El aire del exterior era, sin duda, distinto, cargado de una frescura que desconocía desde hacía años. Inhaló profundamente, tratando de llenar sus pulmones de esos buenos aires, pero encontró que la brisa se mezclaba con la llovizna fría, calando muy profundo dentro de él. Las gotas apenas caían, ligeras como un susurro, pero lo suficiente para pintar su rostro con un velo húmedo, disimulando las lágrimas que escapaban, prisioneras.


Al otro lado de la calle estaba ella. La mujer que había estado presente en su ausencia. Envuelta en un abrigo que no alcanzaba a protegerla del frío, se mantenía firme, como una estatua de carne y hueso. No avanzaba, no levantaba la mano para saludarlo; simplemente estaba allí, inmóvil, con el rostro medio escondido tras la bufanda. Su mirada, sin embargo, lo decía todo.


Él no se atrevió a cruzar de inmediato... Quedó anclado al suelo, como si el espacio entre ambos fuera un abismo insalvable. A su alrededor: el brillo débil de las farolas luchando contra la penumbra, el asfalto húmedo que reflejaba las luces en destellos estridentes y fragmentados, el silencio de la madrugada roto solo por el susurro de la llovizna y el murmullo distante de la ciudad. Todo parecía distante, como un escenario que existía solo para enmarcar aquel momento.


El agua caía sobre su rostro, escondiendo los restos de una vida encarcelada, y en cada gota encontraba un símbolo. ¿Era sufrimiento o redención? ¿Era la despedida de los días oscuros o el preludio de nuevas tormentas? El pasado, el presente y el futuro se mezclaban como por arte de alquimia.


Su corazón latía con una vertiginosa incertidumbre. En su mente, la imagen de ella era un faro en medio de la tempestad de su vida, pero ahora, de pie frente a ella, se preguntaba si realmente la merecía. Había vivido años bajo el peso de sus errores, de injusticias que lo arrancaron del mundo, y, sin embargo, allí estaba ella, como una constante, como un juramento hecho carne.


"¿Qué le diré?", pensó. Las palabras se atascaban en su garganta. Cada frase que ensayaba en su mente le parecía insuficiente, torpe, incapaz de contener todo lo que sentía. Ya no importaba si él era inocente o no, y ninguna excusa era necesaria. El hombre allí parado ya no era el que, hace años atrás, había ingresado a la prisión. Quería correr hacia ella, hundirse en su pecho, pedir perdón por tantas ausencias, aunque no fueran su culpa, agradecerle por sostenerlo cuando todo estaba perdido, cuando todo en él estaba roto. Pero sus pies no se movían.


El olor del asfalto mojado lo anclaba al presente, mientras que la visión de ella lo arrastraba al pasado. Obnubilado, recordó sus cartas, los poemas que le enviaba, el modo en que esas palabras se convertían en sus únicos rayos de luz en las noches de silencios que creía que nunca acabarían. Recordó el sonido de su voz, esa calma que le devolvía humanidad cuando sentía que se desmoronaba.


La lluvia arreció un poco, como si quisiera obligarlo a dar el primer paso. Cerrando los ojos, dejó que el agua se deslizara por su rostro, mezclándose con el sabor agridulce de sus labios. En su interior, una batalla se desataba: miedo, amor, remordimiento y una vergüenza que bajaba su cabeza.


Cuando volvió a abrir los ojos, ella seguía allí, paciente, eterna, como si el tiempo no existiera. Y entonces entendió que, aunque el mundo había cambiado, ella era la constante. Ella era el puente entre lo que fue y lo que podría ser.


Un paso. Luego otro. La distancia comenzó a acortarse, y con cada movimiento sentía el peso de los años soltándose de sus hombros. No sabía qué diría al llegar a su lado, pero algo dentro de él le aseguró que no importaba. Ella lo sabía todo, siempre lo había sabido.


Y cuando por fin estuvo frente a ella, cuando sus ojos se encontraron en ese suspendido instante, el portón de hierro dejó de existir. La prisión era solo un recuerdo. La libertad, en cambio, estaba allí, en sus ojos, brillando a pesar de la lluvia.

Jorge Kagiagian 

Silencio en la Celda

En la celda oscura,  
el tiempo no avanza.  
Se quiebran los días,  
marchita la esperanza.  

Soy un ave sin alas,  
atrapada en el abismo.  
Mi crimen:  
vivir en tierra de egoísmo.  

Las paredes murmuran,  
son jueces implacables.  
El eco de mis lágrimas,  
cadenas insondables.  

Grito mi verdad,  
nadie escucha.  
La justicia, un negocio;  
su balanza se compra.  

Mis manos, limpias,  
cargan peso ajeno.  
Mis noches, largas,  
mi corazón, pequeño.  

Un rayo de sol  
se filtra por la reja,  
pero no calienta;  
su luz se aleja.  

¿La bondad donde está?  
Aquí todo es frío,  
es hierro, es soledad.  

Mis sueños, quebrados;  
mis versos, perdidos.  
¿Es este mi destino?  
Que otros decidan  
y yo… ¿y yo muera?  

Grito mi verdad;  
cae al vacío.  
Mi voz se pierde  
en un mar sombrío.  

Mientras tanto,  
respiro, aunque cueste,  
y en mi pecho,  
el fuego adormece.  

Quizá un día el viento  
lleve mi voz,  
y la cárcel rendida  
derrumbe estas rejas.  

Hasta entonces,  
sufro, con el alma herida.  
Soy el preso inocente,  
a quien le robaron la vida.  

Jorge Kagiagian

Peculiar Soneto de Amor



Tus ojos son como dos soles,  
pero más pequeños y menos calientes,  
tu risa suena como una campana,  
una campana rota que alguien golpea con dientes.  

Tu piel, tan suave como un zapato viejo,  
y tu aroma, ¡ay!, como un chicle olvidado,  
me arrastras al abismo con tu perfume,  
que huele a cebolla y pan quemado.

Tu andar es como un pato cansado,
como si tus pies tuvieran sueño y no quisieran volar,
pero aún así te persigo, enamorado,
como quien persigue un tren que ya no va a llegar.

Tu cabello, ¡ay!, tu cabello,  
es como una nube negra de tormenta,  
pero no esa tormenta emocionante,  
sino la que moja la ropa y molesta.   

Y aunque todo en ti es peculiar,  
mi corazón por ti.
Como un mosquito persiguiendo una luz, sigo aquí.
porque entre tus rarezas me encuentro feliz,
y aunque me asfixie, me arrodillo ante tu confusión.

Porque tú, mi amor, eres como el sol que se apaga,  
pero también como el viento que arrastra un planeta entero,  
y en tus ojos se esconde una galaxia de caos y belleza,  
un agujero negro que, en su beso, devora el tiempo y el espacio,  
y hace que todo el universo explote en un solo latido de tu corazón.  

Jorge Kagiagian

La Flor en la Adversidad

En los valles oscuros,
 el alma se quiebra;
 los días parecen fundirse en tinieblas.
 Allí estás tú, mujer de luz infinita.
 En las noches del miedo,
 erguida como un faro,
 nunca titilas.

El peso del mundo curva mi espalda,
 las palabras me ahogan y la fuerza se apaga.
 Tu voz, un murmullo, serena mi guerra;
 tu mano, mi refugio,
 me ancla a la vida, a la tierra.

Eres el puerto donde el naufragio cesa,
 la calma que sigue al rugir de la tormenta,
 la savia que nutre mis ramas caídas,
 el sol que renace tras largas heridas.
De rodillas abrazo tus pies,
 llegas a mi alma.
 Me levantas, me sanas
 con tus besos de miel.

No hay oro, ni joya que pueda igualarte;
 tu amor no se compra, no se vende.
 Los milagros tienen valor,
 pero precio no.
Eres mi escudo, mi fe renovada,
 la llama que brilla en la noche más larga.
 Eres mi vigila, mi timón,
 el sol divino,
 la estrella que sigo,
 el sendero por donde camino.

Por ti, respiro cuando falta el aire;
 por ti, resisto aunque el miedo me abrace.
 Eterna, constante, mi roca, mi aliada,
 mujer que en la sombra
 se vuelve alborada.

Eres la flor en la adversidad.

Jorge Kagiagian 
Dedicado a Inés Melina Rodríguez Gacquer

El legado de Tomy

En un reino donde el sol besaba los campos de oro y los ríos susurraban secretos antiguos, vivía Inés, la más pequeña de cuatro hermanos. Inés se sentía invisible, bajo la sombra de sus hermanos mayores, quienes la menospreciaban con burlas y palabras crueles.

Un día, mientras paseaba por el prado con su canastita de paja tejida con hilos de luna y estrellas, escuchó una voz que decía:
—Cuidado, no me pises.
Miró hacia abajo y lo vio: un tomate. Pero no era un tomate común. Era Tomy, y sabía hablar porque un loro parlanchín que rondaba el prado le contaba historias graciosas. Además de hablar, era sabio y bondadoso. Así, Inés y Tomy se conocieron.

Pronto se hicieron inseparables. Pasaban horas compartiendo secretos y risas bajo el sol cálido.

Tomy, con su voz suave como el susurro del viento, le enseñó el valor de la compasión y la autoestima.
—Inés —afirmaba—, tu valor no reside en lo que otros piensan, sino en la bondad de tu corazón.

Así, la niña, con la ayuda de su amigo, aprendió a perdonar las palabras hirientes de sus hermanos. Les enseñó los consejos que había aprendido.

No pasó mucho tiempo para que entendieran que habían actuado mal.
Y una tarde, fueron a buscar a su hermana al prado y le pidieron perdón; ella los abrazó a todos y todos la abrazaron a ella. Mientras, Tomy era testigo de tan hermosa reconciliación.
Al fin, pudo ser feliz junto a sus hermanos.

Pero el tiempo, como un río implacable, fluye sin cesar. Tomy, al igual que todos los tomates, envejeció. Su piel se arrugó, su color se tornó oscuro y, finalmente, un día, maduro y listo para cumplir su ciclo, cayó al suelo. Inés lloró desconsoladamente, creyendo que la soledad la envolvería para siempre. Cavó un pequeño hoyo en el suelo y lo reposó en el fondo. Cubrió a su amigo con la tierra mojada por sus ojos.

Sin embargo, del corazón del tomatito, de su cuerpo caído, brotaron pequeñas semillas. Estas semillas, regadas con las lágrimas de Inés y el sol generoso, germinaron y dieron vida a nuevos tomates, más rojos y brillantes que antes. Y estos nuevos tomates, a su vez, produjeron más semillas, creando una familia numerosa de todos los colores que un tomate puede tener.

La pequeña comprendió que la amistad con Tomy, aunque breve, había dejado una huella invaluable. Las semillas de Tomy, como las semillas del perdón y la compasión, habían dado fruto, llenando su corazón de alegría y demostrándole que la verdadera amistad trasciende el tiempo y la vida misma. Inés nunca más se sintió sola; la bondad vivía en cada tomatito, hijo de Tomy, un recordatorio eterno de los valores universales que llevan a la felicidad.

Inés encontró la paz en su corazón y llenó de sabiduría no solo a sus hermanos, sino al valle entero... sabiduría que provenía de un ser tan pequeño y vulnerable como era su amigo. Nacido de una pequeña semilla, floreció en todas las almas bajo el sol.

...

Cuenta la leyenda que, al atardecer, cuando el viento sopla fuerte, todavía se escuchan las risas de los tomatitos y las historias graciosas del loro parlanchín.

Jorge Kagiagian


Un suspiro de vida

La sala de parto era una cápsula de luz blanca e implacable, donde el tiempo parecía suspendido, rendido ante la importancia del momento. Las máquinas emitían los pitidos rítmicos típicos, y los instrumentos quirúrgicos brillaban bajo los reflectores. El aire estaba saturado de un olor antiséptico que invadía cada rincón, envolviéndolo todo en una atmósfera estéril y sagrada. Allí, inmóvil junto a la camilla, estaba él.  

El hombre no se atrevía a moverse, como si un solo paso pudiera romper el frágil equilibrio que sostenía aquella escena. Frente a él, su esposa con los ojos entrecerrados, el rostro cubierto de un sudor perlado que reflejaba la luz. A pesar de su agotamiento, había en ella una belleza serena, una fortaleza que parecía desafiar el dolor y la fatiga. Había sostenido su mano mientras los gritos de ella llenaban la sala, y aunque intentó transmitirle fuerza, aquellos ecos aún resonaban en su interior.  

Y allí estaba. El bebé. Su bebé.  

El diminuto cuerpo envuelto en una manta, como si la vida apenas hubiera decidido posarse sobre él. Sus pequeñas manos, que parecían moverse como si buscaran descubrir el mundo, lo hipnotizaron. Notó las uñas, perfectas, como si alguien las hubiera tallado con infinita paciencia. Su piel, rosada y translúcida... casi irreal.

Observó su rostro. Los ojos permanecían cerrados, parecían imaginar sueños nunca soñados. Las pestañas, finas, daban la sensación de haber sido sutilmente pintadas en su cara, proyectaban sombras ligeras sobre las mejillas. Su boca, pequeña y entreabierta, se movía en un gesto instintivo, buscando el alimento de su madre. Notó cómo las respiraciones, tan breves y rápidas, parecían anunciar la fragilidad y la promesa de ese cuerpo nuevo.  

"Este es mi hijo," pensó, y el peso de esas palabras lo envolvió como un manto. Este pequeño ser no era solo una persona; era un espejo de todo lo que había amado, de todo lo que había temido y de todo lo que ahora debía ser.  

Incapaz de resistir la necesidad de tocarlo. Su dedo rozaba la mano diminuta, y el bebé, como si entendiera, cerraba sus dedos alrededor de él. Fue un apretón leve, casi imperceptible, pero en ese gesto sintió una conexión profunda.  

Cientos de preguntas surgieron vertiginosas. "¿Qué verás en el mundo, pequeño? ¿Cómo lo sentirás? ¿Seré lo suficientemente fuerte para protegerte, para guiarte cuando el camino se vuelva incierto? ¿Podré darte todo lo que yo no tuve? ¿Podré ser el hombre que mi padre soñó ser para mí?"

El llanto del recién nacido rompía el silencio. Un sonido puro, primigenio, un grito de vida que le atravesaba el pecho como un rayo, un vértigo imposible de describir. Las lágrimas de sus ojos, ardientes y silenciosas. Otra pregunta lo golpeó con una intensidad desconocida, una que resumía todas las demás: "¿Seré suficiente para ti?"  

Allí, exhausta, su esposa. La mujer que había cambiado su vida en formas que jamás imaginó. Recordó la primera vez que la vio, con el cabello desordenado y una sonrisa que parecía esconder secretos. Recordó las noches de discusiones y reconciliaciones, los abrazos desesperados y las promesas silenciosas: caminar juntos, sin importar los obstáculos. Ahora, ese bebé era el fruto de su historia, la prueba viviente de un amor que había resistido las adversidades.  

Allí estaba su hijo, su pequeña eternidad. Y allí, también, estaba él, un hombre colmado de dudas y miedos, pero también de amor infinito.

Sentía el calor que emanaba del pequeño cuerpo. El peso del bebé era apenas perceptible, pero en ese cuerpo diminuto cargaba el peso de todos los sueños, de todas las esperanzas. Su hijo no era solo un recién nacido: era un mundo en sí mismo, un universo de posibilidades que acababa de abrirse ante él.

Por primera vez, entendía que todo lo que importa en la vida cabe en una escena, en un instante suspendido.  

El tiempo comenzó a moverse de nuevo, pero para él, ese instante permanecería intacto: una eternidad encapsulada en el primer llanto de su hijo, donde dejaba de ser quien era para transformarse en padre.

Jorge Kagiagian  



Arco iris en la sombra



Dios y el infierno rondan los pasillos
como sombras que se cruzan sin tregua,
su aliento es fuego que consume el alma
y su toque, agua que sana, que quema.
La mano que todo lo calma,
la misma que todo lo destruye,
sostiene en su palma el quebranto
y la esperanza perdida en los abismos.

Padre, Hijo, Espíritu
tejen entre sí el manto del misterio,
un triángulo eterno
que guarda el alma rota en sus vértices.
Los muros roban el tiempo,
cada grieta en ellos es el reflejo
de mi ser, fragmentado y huérfano
de lo que alguna vez fue entero.

La grieta de la pared se abre
y es el dolor el que entra
sin pedir permiso,
como la marea que sube
y arrastra todo lo que toca.
Es ahí, en esa fisura,
donde Dios susurra,
y no hay abandono,
sólo su presencia
que se mezcla con las ruinas
de lo que aún persiste en mí.

Y tú, mujer.
Tú, tampoco me has abandonado,
tú, con tu voz suave,
serena como el río que no sabe de impaciencia,
me acompañas en esta noche donde la luna es testigo
de mi soledad en la celda del miedo.
Hablas, y tu charla es un faro
en la tormenta de mis pensamientos perdidos,
un puente sobre el abismo que construimos juntos
con las palabras que se deshacen
como el polvo que cae de las viejas paredes.

Mujer olvidada por el mundo,
un alma errante,
una sombra que arrastra la carga
de la humildad como el viento arrastra las hojas.
Tu pobreza material
es la riqueza profunda del alma,
la que no se vende,
la que no necesita más que el silencio
para ser comprendida.

Y en este rincón de olvido
eres el arco iris que aparece
en la penumbra de mi celda,
la única luz que no arde,
la que se pinta sobre las paredes
como una promesa
que nunca se rompe.

Eres tú, mujer.

Jorge Kagiagian 



Frente al Portón


Parado frente al portón de hierro, el hombre era apenas una sombra más en la penumbra de la madrugada. Las luces mortecinas de la prisión proyectaban su figura sobre el suelo de concreto, alargada y temblorosa, como su propio ánimo. Había salido de la celda hacía apenas unos minutos, llevando consigo un sobre manchado por el tiempo. Dentro, sus escasas pertenencias: un reloj sin correa, una fotografía desgastada y un par de cartas que apenas podía leer.  

Sus dedos, rígidos y nerviosos, jugueteaban con el borde del sobre, pellizcando el papel como si quisiera comprobar que todo aquello era real. Su rostro, una máscara de tensión y expectación, parecía tallado en piedra. Las arrugas de los años encerrados dibujaban un mapa de frustraciones y arrepentimientos, pero también de una silenciosa resistencia.  

Frente a él, el portón. Enorme, inmóvil, casi desafiante. Detrás, un mundo que apenas recordaba. ¿Qué haría primero? La pregunta giraba en su mente como un péndulo, pero las respuestas llegaban cargadas de imágenes dolorosamente nítidas.  

El cielo. Ese era su sueño más simple y más grande: mirar el cielo estrellado sin la malla metálica que había cubierto su visión durante años. De niño, solía acostarse en el patio de su casa, contando estrellas mientras soñaba con mundos imposibles. Durante las noches en la celda, cerraba los ojos e intentaba revivir ese recuerdo, pero al abrirlos siempre encontraba las sombras de las rejas dibujadas en las paredes.  

Pensó en la comida. En su lengua aún podía evocar el sabor borroso del arroz apelmazado, el pan duro y el engrudo, que llamaban sopa, servido día tras día. Soñaba con un plato casero, con el olor del guiso de su madre y el calor del pan recién horneado. Pero su madre ya no estaba. Ese plato era ahora un homenaje a una vida que se le había escapado tras esos muros.  

Respiró hondo. El aire de la prisión tenía un olor agrio que no iba a extrañar. Lo que quería era caminar entre los árboles, sentir el crujir de las hojas bajo sus pies, oler la tierra mojada después de la lluvia. Elementos tan simples, tan básicos, pero que para él eran tesoros incalculables. Sin embargo, había algo que le inquietaba aún más: el mundo exterior había cambiado. ¿Seguirían los árboles en el mismo lugar? ¿Le reconocería alguien cuando cruzara el umbral?  

Sus ojos miraban al portón. Los engranajes de su mente eran los únicos que se movían en aquel instante eterno. Todo lo demás permanecía estático: la luz parpadeante del pasillo, la brisa helada que le cortaba las mejillas, y ese enorme portón que, en unos segundos, marcaría el inicio de algo nuevo.  

La libertad. Era un concepto que no había entendido hasta que la perdió. Ahora, frente a la promesa del mundo exterior, no sabía si le asustaba más lo que dejaba atrás o lo que estaba a punto de enfrentar.  

Y así, de pie frente al portón, inmóvil por fuera, temblando por dentro, el hombre esperó.  

Jorge Kagiagian 


Mía, alma mía

Entre muros y acero, la distancia se yergue,  
petrificada en su impaciencia, esculpida en añoranzas.  
Soy prisionero de un destino injusto,  
pero mi frente, altiva, guarda el orgullo  
y la dignidad intacta de un alma buena.  

Cada noche, tu recuerdo, como un susurro,  
besa mis labios, áridos de tu ausencia,  
y me invita al refugio de los sueños.  
Sueños que son tuyos, sueños donde eres mía.  
¿Sueñas conmigo, como yo sueño contigo?  

Un día más es un día menos.  
Vine aquí con la promesa de jamás volver.  
No temas al temblor del miedo,  
ni a la ansiedad que asedia tu pecho.  
Solo anhelo acariciar tu alma,  
y, en ese roce, sanar la herida de la mía.  

Pronto, el reloj se rendirá ante nuestra espera.  
Pronto, llegaré.  
Y, como antaño, el sueño cederá su lugar a la vigilia:  
juntos estaremos, enredados de amor,  
una vez más y para siempre.  

Porque vine aquí para no regresar jamás.  
Volveré a tu lado, para no partir nunca.  

Mientras tanto, mi amor, esta noche y todas las noches,  
te espero en la penumbra de mis anhelos,  
para que, en la inmensidad de tu recuerdo,  
me beses y me sueñes,  
como yo te beso y te sueño a ti.  

Jorge Kagiagian

Dedicado a la perrita que vivió...
Mi perrita chihuahua Mía 
Que casi muere a los 6 meses de vida pero Dios y amor la curaron... Con la ayuda de mi amigo Joeman.

La silla vacía

En la mesa de la cocina, una silla permanecía vacía. Era la de nuestra abuela, que siempre llegaba temprano con sus manos arrugadas, cargadas de dulces para los nietos. Cada domingo, su risa llenaba la casa y sus historias el corazón, siendo silenciosa testigo de nuestras travesuras.

Era otro fin de semana familiar, pero distinto. Su ausencia pesaba en el aire. La sopa estaba servida, pero nadie tenía hambre. El menor de los nietos, de apenas seis años, rompió el silencio:

—¿La Abu no vendrá hoy?

Todos nos miramos. Nadie sabía cómo explicarle la muerte a un niño. Pero él no necesitaba palabras. Bajo un silencio desconcertante, se levantó, tomó la silla vacía y la arrastró hasta la ventana.

Y dijo:
—Para que vea desde el cielo que siempre la estaremos esperando.

...

La silla sigue ahí. Durante los días y las noches, la madera cruje, y entre esos sonidos, a veces se escucha su risa traviesa y la brisa de su mano, acariciándonos el alma.

Jorge Kagiagian 



Ecos en la Oscuridad


El hombre está allí, suspendido en un instante que no tiene fin. Su cuerpo encorvado sobre el catre parece más una grieta en la penumbra que una presencia viva. La celda, un puñado de piedra y sombras, lo contiene como si fuera parte de ella: un objeto olvidado en un rincón donde la luz no alcanza.  


El aire está quieto, denso, cargado de un silencio que pesa tanto como el concreto bajo sus pies descalzos. Su respiración es un rumor apenas audible, una brizna de humanidad en un lugar que carece de todo lo humano.  


Cierra los ojos, no para descansar, sino para buscar dentro de sí algo que justifique seguir respirando. Pero lo que encuentra es vacío, un hueco tan vasto que parece haber devorado incluso los recuerdos. ¿Qué fue de su vida? Una sucesión de imágenes fugaces cruza su mente: una risa a medias, el calor de una mano que ya no está, un aroma de café que nunca volverá a llenar el aire. Pero todo se disuelve antes de tomar forma, como si el tiempo mismo se negara a cederle algún alivio.  


La pared contra su espalda es fría, y él se presiona contra ella, intentando sentir algo que no sea la nada que lo devora por dentro. Pero la piedra no responde. Ni el aire ni la oscuridad se inmutan. Él es solo una pieza más de ese espacio inerte.  


No recuerda cuándo empezó este instante eterno. Quizás ha estado aquí desde siempre. Quizás este lugar es él: la humedad que se filtra por las grietas es su propia desesperación, las sombras que cubren el suelo son fragmentos de su alma rota, y el eco del silencio es su grito, atrapado, rebotando sin fin entre las paredes.  


Sus manos, inertes sobre sus rodillas, son las de un hombre que ya no lucha. Pero, en lo profundo de sus dedos temblorosos, aún hay un leve temblor, como si algo resistiera, diminuto y frágil. No es esperanza. No podría llamarlo así. Es más bien un impulso primitivo, un instinto que no sabe morir, una chispa que se aferra a la vida aunque no haya motivo.  


El tiempo no existe aquí. El instante es eterno, y, sin embargo, cada segundo es un peso que aplasta. Fuera de estas paredes, el mundo sigue girando, indiferente. Pero aquí, el universo se ha reducido a esta celda, a este hombre, a este silencio.  


Él no piensa en el futuro, porque no lo hay. Ni en el pasado, porque ya no le pertenece. Solo siente el presente, un presente que lo envuelve como una marea negra. Quiere desaparecer, fundirse con la sombra, pero algo dentro de él lo mantiene en su lugar. Quizás es la certeza de que, aunque todo está perdido, aún queda el eco de lo que fue, reverberando en la oscuridad.  


Y ese eco, tenue y solitario, es lo único que lo une a la vida.  


Jorge Kagiagian

Cenizas de Ella (Perdón Melina)



Ella era luz,
 mi faro en la niebla espesa de la vida,
 sus manos un refugio,
 sus ojos, dos promesas jamás rotas.
 Pero yo, esclavo de mi sombra,
 traicioné su brillo con el polvo del olvido.

Noche tras noche,
 el vicio me ofrecía
 un amor falso, un alivio breve.
 Ella lloraba en silencio,
 su risa se desvanecía como humo,
 como yo me desvanecía de su abrazo.

"Regresa," suplicaba su voz,
 una melodía quebrada
 que intentaba rescatarme de la espiral.
 Pero yo, sordo al amor,
 me hundía más profundo,
 persiguiendo fantasmas que nunca existieron.

La vi partir un día,
 una figura frágil
 que el viento parecía poder llevarse.
 Dejó su perfume en el aire,
 una carta escrita con lágrimas,
 y una ausencia que nunca aprendí a llenar.

Hoy, entre las ruinas de mi cuerpo,
 busco su rostro en los espejos rotos.
 Pero solo veo a un extraño,
 un hombre que vendió el cielo
 por un infierno que lo consume lento.

Ella, mi todo,
 se fue con la primavera,
 y yo quedé atrapado en este invierno eterno.
 Su nombre arde en mis labios,
 pero mis manos solo tocan cenizas.

Jorge Kagiagian

Dedicado a Melina Rodríguez 

Silencio de Dios


La mirada traidora del buen cristiano,
que predica el bien y practica el engaño,
deleita el paladar del infierno,
del buen Dante.

Oh, cristiano,
¿no temes la ira de tu Dios?
Su Hijo dirá:
“No te he conocido.
Eres tibio, vomitado...
por la luz negra y el azufre engullido.”

Tu velo nupcial y la belleza
de tus huesos amarillos
embelesan de espanto.

Dame tu beso incestuoso.
Que arda el pecado
entre los pecados.

Te abracé en el perdón,
y tus labios de fresa
muerte en mi oído susurraron.

Enredadera de espinas
que jamás dio flor,
corona de Jesús,
yace en tus malditos brazos.

Consumido en propio fuego,
cenizas negras
al vacío eterno llevará.

El silencio de Dios será tu morada.

Jorge Kagiagian



Dedicado a Laura Eva Soledad Vazquez