El Juicio del Sol

El hombre está allí, parado en el centro del tribunal, un espectro de carne y hueso atrapado en el umbral del tiempo. Los rayos del sol se filtran por la ventana alta, alcanzando su rostro con una calidez parecida a una caricia, un calor que contrasta con la frialdad opresiva del recinto, donde la atmósfera pesa como una lápida. El juez, distante en su trono elevado, lo observa con una mirada que no vacila, pero el hombre no le devuelve la atención. Sus ojos están clavados en el cielo que apenas puede divisar tras el vidrio: un azul limpio, infinito, casi irreal. Un azul que sabe que no volverá a contemplar.
Su pecho late despacio, acompasando, segundo a segundo, los pasos que lo conducen al abismo. El aire está cargado, saturado de acusaciones falsas, de palabras no dichas, de silencios que se arremolinan como fantasmas entre los presentes. Frente a él, los rostros son máscaras: la frialdad calculada del fiscal, la curiosidad expectante de los observadores, y allí, como una herida abierta, el rostro de quien lo acusó. Esa figura, envuelta en una piedad simulada, cuyas palabras de misericordia eran agujas escondidas bajo un velo de hipocresía. Cada gesto de bondad, cada sonrisa, no era más que un disfraz tejido con hilos de traición.

Respira profundamente, como si cada inhalación fuera la última. El sol calienta su piel, pero sus pies, desnudos de esperanza, sienten el frío cortante del mármol que lo sostiene. La camisa que lleva roza su cuerpo con aspereza, como la cruel realidad que lo envuelve. Es consciente de todo, de cada detalle, porque sabe que estos momentos serán los últimos instantes de libertad.

Un murmullo de recuerdos lo golpea como una ráfaga helada: la textura de la tierra húmeda entre sus dedos, el aroma del pasto recién cortado, el susurro del viento en su rostro cada mañana. Cada imagen es un ausencia que lo desvive lentamente. No siente solo tristeza; lo que lo consume es más profundo, una mezcla de resignación e impotencia, la amarga aceptación de que la justicia no siempre es justa, de que la verdad puede ser borrada por el peso de las mentiras.
Cierra los ojos, buscando refugio, pero no hay escapatoria. Escucha el murmullo lejano de la sala, el crujir de una puerta, el vuelo de un insecto que traza círculos en el aire. Todo eso pertenece a un mundo que, en breve, dejará de ser suyo. Y entonces, como un eco inesperado, una imagen surge en su mente: el rostro de la mujer que ama. Su sonrisa, cálida y sincera, aparece entre las sombras como un breve destello en medio de su soledad. Piensa en sus manos, en el tacto suave que le ofrecía refugio, en las palabras que nunca alcanzó a decirle. Ese pensamiento lo atraviesa como un dulce dolor, un recuerdo que, aunque vencido, lo mantiene de pie.

El juez pronuncia las palabras que sellan su destino, pero para el hombre son solo ecos lejanos, meros sonidos que se desvanecen antes de llegar a sus oídos. Por fuera, se lo ve apacible… es dentro de sí, donde se libra el juicio más feroz: el de su inocencia derrotada, el de la verdad traicionada. Piensa en quien lo acusó, en ese fingido abrazo fraternal, en esa sonrisa que un día creyó sincera y que ahora se le revela como la máscara de la más amarga de las traiciones. Pero también piensa en el sol, en su calor, y en cómo seguirá brillando, indiferente a su sufrimiento.

Abre los ojos y deja que la luz lo envuelva una última vez. Es su despedida, su acto final de rebeldía: contemplar el cielo como si pudiera perpetuar su resplandor en lo más profundo de su ser, como si esa imagen bastara para iluminar las sombras que lo esperan. Y cuando la condena es dictada, el hombre no mira al juez, ni al rostro de su traidor, ni a los muros que lo encerrarán. Mira hacia arriba, hacia ese fragmento de cielo azul, como si allí pudiera hallar la verdad que aquí le ha sido negada.

Afuera, el sol aún brilla… y, en su corazón, el recuerdo de una mujer.

Jorge Kagiagian 

Bajo la lluvia

El portón lanzó un sonido agudo, como un lamento metálico, mientras se abría, dejando que la humedad de la madrugada se deslizara por las bisagras viejas y oxidadas. Él dio un paso hacia adelante, lento, casi temeroso de que un movimiento rápido lo despertara, hasta que la pesada puerta quedó a su espalda, cerrándose con un golpe seco que resonó como un eco final. No era una ilusión; al fin había ocurrido.


El aire del exterior era, sin duda, distinto, cargado de una frescura que desconocía desde hacía años. Inhaló profundamente, tratando de llenar sus pulmones de esos buenos aires, pero encontró que la brisa se mezclaba con la llovizna fría, calando muy profundo dentro de él. Las gotas apenas caían, ligeras como un susurro, pero lo suficiente para pintar su rostro con un velo húmedo, disimulando las lágrimas que escapaban, prisioneras.


Al otro lado de la calle estaba ella. La mujer que había estado presente en su ausencia. Envuelta en un abrigo que no alcanzaba a protegerla del frío, se mantenía firme, como una estatua de carne y hueso. No avanzaba, no levantaba la mano para saludarlo; simplemente estaba allí, inmóvil, con el rostro medio escondido tras la bufanda. Su mirada, sin embargo, lo decía todo.


Él no se atrevió a cruzar de inmediato... Quedó anclado al suelo, como si el espacio entre ambos fuera un abismo insalvable. A su alrededor: el brillo débil de las farolas luchando contra la penumbra, el asfalto húmedo que reflejaba las luces en destellos estridentes y fragmentados, el silencio de la madrugada roto solo por el susurro de la llovizna y el murmullo distante de la ciudad. Todo parecía distante, como un escenario que existía solo para enmarcar aquel momento.


El agua caía sobre su rostro, escondiendo los restos de una vida encarcelada, y en cada gota encontraba un símbolo. ¿Era sufrimiento o redención? ¿Era la despedida de los días oscuros o el preludio de nuevas tormentas? El pasado, el presente y el futuro se mezclaban como por arte de alquimia.


Su corazón latía con una vertiginosa incertidumbre. En su mente, la imagen de ella era un faro en medio de la tempestad de su vida, pero ahora, de pie frente a ella, se preguntaba si realmente la merecía. Había vivido años bajo el peso de sus errores, de injusticias que lo arrancaron del mundo, y, sin embargo, allí estaba ella, como una constante, como un juramento hecho carne.


"¿Qué le diré?", pensó. Las palabras se atascaban en su garganta. Cada frase que ensayaba en su mente le parecía insuficiente, torpe, incapaz de contener todo lo que sentía. Ya no importaba si él era inocente o no, y ninguna excusa era necesaria. El hombre allí parado ya no era el que, hace años atrás, había ingresado a la prisión. Quería correr hacia ella, hundirse en su pecho, pedir perdón por tantas ausencias, aunque no fueran su culpa, agradecerle por sostenerlo cuando todo estaba perdido, cuando todo en él estaba roto. Pero sus pies no se movían.


El olor del asfalto mojado lo anclaba al presente, mientras que la visión de ella lo arrastraba al pasado. Obnubilado, recordó sus cartas, los poemas que le enviaba, el modo en que esas palabras se convertían en sus únicos rayos de luz en las noches de silencios que creía que nunca acabarían. Recordó el sonido de su voz, esa calma que le devolvía humanidad cuando sentía que se desmoronaba.


La lluvia arreció un poco, como si quisiera obligarlo a dar el primer paso. Cerrando los ojos, dejó que el agua se deslizara por su rostro, mezclándose con el sabor agridulce de sus labios. En su interior, una batalla se desataba: miedo, amor, remordimiento y una vergüenza que bajaba su cabeza.


Cuando volvió a abrir los ojos, ella seguía allí, paciente, eterna, como si el tiempo no existiera. Y entonces entendió que, aunque el mundo había cambiado, ella era la constante. Ella era el puente entre lo que fue y lo que podría ser.


Un paso. Luego otro. La distancia comenzó a acortarse, y con cada movimiento sentía el peso de los años soltándose de sus hombros. No sabía qué diría al llegar a su lado, pero algo dentro de él le aseguró que no importaba. Ella lo sabía todo, siempre lo había sabido.


Y cuando por fin estuvo frente a ella, cuando sus ojos se encontraron en ese suspendido instante, el portón de hierro dejó de existir. La prisión era solo un recuerdo. La libertad, en cambio, estaba allí, en sus ojos, brillando a pesar de la lluvia.

Jorge Kagiagian 

Silencio en la Celda

En la celda oscura,  
el tiempo no avanza.  
Se quiebran los días,  
marchita la esperanza.  

Soy un ave sin alas,  
atrapada en el abismo.  
Mi crimen:  
vivir en tierra de egoísmo.  

Las paredes murmuran,  
son jueces implacables.  
El eco de mis lágrimas,  
cadenas insondables.  

Grito mi verdad,  
nadie escucha.  
La justicia, un negocio;  
su balanza se compra.  

Mis manos, limpias,  
cargan peso ajeno.  
Mis noches, largas,  
mi corazón, pequeño.  

Un rayo de sol  
se filtra por la reja,  
pero no calienta;  
su luz se aleja.  

¿La bondad donde está?  
Aquí todo es frío,  
es hierro, es soledad.  

Mis sueños, quebrados;  
mis versos, perdidos.  
¿Es este mi destino?  
Que otros decidan  
y yo… ¿y yo muera?  

Grito mi verdad;  
cae al vacío.  
Mi voz se pierde  
en un mar sombrío.  

Mientras tanto,  
respiro, aunque cueste,  
y en mi pecho,  
el fuego adormece.  

Quizá un día el viento  
lleve mi voz,  
y la cárcel rendida  
derrumbe estas rejas.  

Hasta entonces,  
sufro, con el alma herida.  
Soy el preso inocente,  
a quien le robaron la vida.  

Jorge Kagiagian

Peculiar Soneto de Amor



Tus ojos son como dos soles,  
pero más pequeños y menos calientes,  
tu risa suena como una campana,  
una campana rota que alguien golpea con dientes.  

Tu piel, tan suave como un zapato viejo,  
y tu aroma, ¡ay!, como un chicle olvidado,  
me arrastras al abismo con tu perfume,  
que huele a cebolla y pan quemado.

Tu andar es como un pato cansado,
como si tus pies tuvieran sueño y no quisieran volar,
pero aún así te persigo, enamorado,
como quien persigue un tren que ya no va a llegar.

Tu cabello, ¡ay!, tu cabello,  
es como una nube negra de tormenta,  
pero no esa tormenta emocionante,  
sino la que moja la ropa y molesta.   

Y aunque todo en ti es peculiar,  
mi corazón por ti.
Como un mosquito persiguiendo una luz, sigo aquí.
porque entre tus rarezas me encuentro feliz,
y aunque me asfixie, me arrodillo ante tu confusión.

Porque tú, mi amor, eres como el sol que se apaga,  
pero también como el viento que arrastra un planeta entero,  
y en tus ojos se esconde una galaxia de caos y belleza,  
un agujero negro que, en su beso, devora el tiempo y el espacio,  
y hace que todo el universo explote en un solo latido de tu corazón.  

Jorge Kagiagian

La Flor en la Adversidad

En los valles oscuros,
 el alma se quiebra;
 los días parecen fundirse en tinieblas.
 Allí estás tú, mujer de luz infinita.
 En las noches del miedo,
 erguida como un faro,
 nunca titilas.

El peso del mundo curva mi espalda,
 las palabras me ahogan y la fuerza se apaga.
 Tu voz, un murmullo, serena mi guerra;
 tu mano, mi refugio,
 me ancla a la vida, a la tierra.

Eres el puerto donde el naufragio cesa,
 la calma que sigue al rugir de la tormenta,
 la savia que nutre mis ramas caídas,
 el sol que renace tras largas heridas.
De rodillas abrazo tus pies,
 llegas a mi alma.
 Me levantas, me sanas
 con tus besos de miel.

No hay oro, ni joya que pueda igualarte;
 tu amor no se compra, no se vende.
 Los milagros tienen valor,
 pero precio no.
Eres mi escudo, mi fe renovada,
 la llama que brilla en la noche más larga.
 Eres mi vigila, mi timón,
 el sol divino,
 la estrella que sigo,
 el sendero por donde camino.

Por ti, respiro cuando falta el aire;
 por ti, resisto aunque el miedo me abrace.
 Eterna, constante, mi roca, mi aliada,
 mujer que en la sombra
 se vuelve alborada.

Eres la flor en la adversidad.

Jorge Kagiagian 
Dedicado a Inés Melina Rodríguez Gacquer

El legado de Tomy

En un reino donde el sol besaba los campos de oro y los ríos susurraban secretos antiguos, vivía Inés, la más pequeña de cuatro hermanos. Inés se sentía invisible, bajo la sombra de sus hermanos mayores, quienes la menospreciaban con burlas y palabras crueles.

Un día, mientras paseaba por el prado con su canastita de paja tejida con hilos de luna y estrellas, escuchó una voz que decía:
—Cuidado, no me pises.
Miró hacia abajo y lo vio: un tomate. Pero no era un tomate común. Era Tomy, y sabía hablar porque un loro parlanchín que rondaba el prado le contaba historias graciosas. Además de hablar, era sabio y bondadoso. Así, Inés y Tomy se conocieron.

Pronto se hicieron inseparables. Pasaban horas compartiendo secretos y risas bajo el sol cálido.

Tomy, con su voz suave como el susurro del viento, le enseñó el valor de la compasión y la autoestima.
—Inés —afirmaba—, tu valor no reside en lo que otros piensan, sino en la bondad de tu corazón.

Así, la niña, con la ayuda de su amigo, aprendió a perdonar las palabras hirientes de sus hermanos. Les enseñó los consejos que había aprendido.

No pasó mucho tiempo para que entendieran que habían actuado mal.
Y una tarde, fueron a buscar a su hermana al prado y le pidieron perdón; ella los abrazó a todos y todos la abrazaron a ella. Mientras, Tomy era testigo de tan hermosa reconciliación.
Al fin, pudo ser feliz junto a sus hermanos.

Pero el tiempo, como un río implacable, fluye sin cesar. Tomy, al igual que todos los tomates, envejeció. Su piel se arrugó, su color se tornó oscuro y, finalmente, un día, maduro y listo para cumplir su ciclo, cayó al suelo. Inés lloró desconsoladamente, creyendo que la soledad la envolvería para siempre. Cavó un pequeño hoyo en el suelo y lo reposó en el fondo. Cubrió a su amigo con la tierra mojada por sus ojos.

Sin embargo, del corazón del tomatito, de su cuerpo caído, brotaron pequeñas semillas. Estas semillas, regadas con las lágrimas de Inés y el sol generoso, germinaron y dieron vida a nuevos tomates, más rojos y brillantes que antes. Y estos nuevos tomates, a su vez, produjeron más semillas, creando una familia numerosa de todos los colores que un tomate puede tener.

La pequeña comprendió que la amistad con Tomy, aunque breve, había dejado una huella invaluable. Las semillas de Tomy, como las semillas del perdón y la compasión, habían dado fruto, llenando su corazón de alegría y demostrándole que la verdadera amistad trasciende el tiempo y la vida misma. Inés nunca más se sintió sola; la bondad vivía en cada tomatito, hijo de Tomy, un recordatorio eterno de los valores universales que llevan a la felicidad.

Inés encontró la paz en su corazón y llenó de sabiduría no solo a sus hermanos, sino al valle entero... sabiduría que provenía de un ser tan pequeño y vulnerable como era su amigo. Nacido de una pequeña semilla, floreció en todas las almas bajo el sol.

...

Cuenta la leyenda que, al atardecer, cuando el viento sopla fuerte, todavía se escuchan las risas de los tomatitos y las historias graciosas del loro parlanchín.

Jorge Kagiagian


Un suspiro de vida

La sala de parto era una cápsula de luz blanca e implacable, donde el tiempo parecía suspendido, rendido ante la importancia del momento. Las máquinas emitían los pitidos rítmicos típicos, y los instrumentos quirúrgicos brillaban bajo los reflectores. El aire estaba saturado de un olor antiséptico que invadía cada rincón, envolviéndolo todo en una atmósfera estéril y sagrada. Allí, inmóvil junto a la camilla, estaba él.  

El hombre no se atrevía a moverse, como si un solo paso pudiera romper el frágil equilibrio que sostenía aquella escena. Frente a él, su esposa con los ojos entrecerrados, el rostro cubierto de un sudor perlado que reflejaba la luz. A pesar de su agotamiento, había en ella una belleza serena, una fortaleza que parecía desafiar el dolor y la fatiga. Había sostenido su mano mientras los gritos de ella llenaban la sala, y aunque intentó transmitirle fuerza, aquellos ecos aún resonaban en su interior.  

Y allí estaba. El bebé. Su bebé.  

El diminuto cuerpo envuelto en una manta, como si la vida apenas hubiera decidido posarse sobre él. Sus pequeñas manos, que parecían moverse como si buscaran descubrir el mundo, lo hipnotizaron. Notó las uñas, perfectas, como si alguien las hubiera tallado con infinita paciencia. Su piel, rosada y translúcida... casi irreal.

Observó su rostro. Los ojos permanecían cerrados, parecían imaginar sueños nunca soñados. Las pestañas, finas, daban la sensación de haber sido sutilmente pintadas en su cara, proyectaban sombras ligeras sobre las mejillas. Su boca, pequeña y entreabierta, se movía en un gesto instintivo, buscando el alimento de su madre. Notó cómo las respiraciones, tan breves y rápidas, parecían anunciar la fragilidad y la promesa de ese cuerpo nuevo.  

"Este es mi hijo," pensó, y el peso de esas palabras lo envolvió como un manto. Este pequeño ser no era solo una persona; era un espejo de todo lo que había amado, de todo lo que había temido y de todo lo que ahora debía ser.  

Incapaz de resistir la necesidad de tocarlo. Su dedo rozaba la mano diminuta, y el bebé, como si entendiera, cerraba sus dedos alrededor de él. Fue un apretón leve, casi imperceptible, pero en ese gesto sintió una conexión profunda.  

Cientos de preguntas surgieron vertiginosas. "¿Qué verás en el mundo, pequeño? ¿Cómo lo sentirás? ¿Seré lo suficientemente fuerte para protegerte, para guiarte cuando el camino se vuelva incierto? ¿Podré darte todo lo que yo no tuve? ¿Podré ser el hombre que mi padre soñó ser para mí?"

El llanto del recién nacido rompía el silencio. Un sonido puro, primigenio, un grito de vida que le atravesaba el pecho como un rayo, un vértigo imposible de describir. Las lágrimas de sus ojos, ardientes y silenciosas. Otra pregunta lo golpeó con una intensidad desconocida, una que resumía todas las demás: "¿Seré suficiente para ti?"  

Allí, exhausta, su esposa. La mujer que había cambiado su vida en formas que jamás imaginó. Recordó la primera vez que la vio, con el cabello desordenado y una sonrisa que parecía esconder secretos. Recordó las noches de discusiones y reconciliaciones, los abrazos desesperados y las promesas silenciosas: caminar juntos, sin importar los obstáculos. Ahora, ese bebé era el fruto de su historia, la prueba viviente de un amor que había resistido las adversidades.  

Allí estaba su hijo, su pequeña eternidad. Y allí, también, estaba él, un hombre colmado de dudas y miedos, pero también de amor infinito.

Sentía el calor que emanaba del pequeño cuerpo. El peso del bebé era apenas perceptible, pero en ese cuerpo diminuto cargaba el peso de todos los sueños, de todas las esperanzas. Su hijo no era solo un recién nacido: era un mundo en sí mismo, un universo de posibilidades que acababa de abrirse ante él.

Por primera vez, entendía que todo lo que importa en la vida cabe en una escena, en un instante suspendido.  

El tiempo comenzó a moverse de nuevo, pero para él, ese instante permanecería intacto: una eternidad encapsulada en el primer llanto de su hijo, donde dejaba de ser quien era para transformarse en padre.

Jorge Kagiagian  



Arco iris en la sombra



Dios y el infierno rondan los pasillos
como sombras que se cruzan sin tregua,
su aliento es fuego que consume el alma
y su toque, agua que sana, que quema.
La mano que todo lo calma,
la misma que todo lo destruye,
sostiene en su palma el quebranto
y la esperanza perdida en los abismos.

Padre, Hijo, Espíritu
tejen entre sí el manto del misterio,
un triángulo eterno
que guarda el alma rota en sus vértices.
Los muros roban el tiempo,
cada grieta en ellos es el reflejo
de mi ser, fragmentado y huérfano
de lo que alguna vez fue entero.

La grieta de la pared se abre
y es el dolor el que entra
sin pedir permiso,
como la marea que sube
y arrastra todo lo que toca.
Es ahí, en esa fisura,
donde Dios susurra,
y no hay abandono,
sólo su presencia
que se mezcla con las ruinas
de lo que aún persiste en mí.

Y tú, mujer.
Tú, tampoco me has abandonado,
tú, con tu voz suave,
serena como el río que no sabe de impaciencia,
me acompañas en esta noche donde la luna es testigo
de mi soledad en la celda del miedo.
Hablas, y tu charla es un faro
en la tormenta de mis pensamientos perdidos,
un puente sobre el abismo que construimos juntos
con las palabras que se deshacen
como el polvo que cae de las viejas paredes.

Mujer olvidada por el mundo,
un alma errante,
una sombra que arrastra la carga
de la humildad como el viento arrastra las hojas.
Tu pobreza material
es la riqueza profunda del alma,
la que no se vende,
la que no necesita más que el silencio
para ser comprendida.

Y en este rincón de olvido
eres el arco iris que aparece
en la penumbra de mi celda,
la única luz que no arde,
la que se pinta sobre las paredes
como una promesa
que nunca se rompe.

Eres tú, mujer.

Jorge Kagiagian 



Frente al Portón


Parado frente al portón de hierro, el hombre era apenas una sombra más en la penumbra de la madrugada. Las luces mortecinas de la prisión proyectaban su figura sobre el suelo de concreto, alargada y temblorosa, como su propio ánimo. Había salido de la celda hacía apenas unos minutos, llevando consigo un sobre manchado por el tiempo. Dentro, sus escasas pertenencias: un reloj sin correa, una fotografía desgastada y un par de cartas que apenas podía leer.  

Sus dedos, rígidos y nerviosos, jugueteaban con el borde del sobre, pellizcando el papel como si quisiera comprobar que todo aquello era real. Su rostro, una máscara de tensión y expectación, parecía tallado en piedra. Las arrugas de los años encerrados dibujaban un mapa de frustraciones y arrepentimientos, pero también de una silenciosa resistencia.  

Frente a él, el portón. Enorme, inmóvil, casi desafiante. Detrás, un mundo que apenas recordaba. ¿Qué haría primero? La pregunta giraba en su mente como un péndulo, pero las respuestas llegaban cargadas de imágenes dolorosamente nítidas.  

El cielo. Ese era su sueño más simple y más grande: mirar el cielo estrellado sin la malla metálica que había cubierto su visión durante años. De niño, solía acostarse en el patio de su casa, contando estrellas mientras soñaba con mundos imposibles. Durante las noches en la celda, cerraba los ojos e intentaba revivir ese recuerdo, pero al abrirlos siempre encontraba las sombras de las rejas dibujadas en las paredes.  

Pensó en la comida. En su lengua aún podía evocar el sabor borroso del arroz apelmazado, el pan duro y el engrudo, que llamaban sopa, servido día tras día. Soñaba con un plato casero, con el olor del guiso de su madre y el calor del pan recién horneado. Pero su madre ya no estaba. Ese plato era ahora un homenaje a una vida que se le había escapado tras esos muros.  

Respiró hondo. El aire de la prisión tenía un olor agrio que no iba a extrañar. Lo que quería era caminar entre los árboles, sentir el crujir de las hojas bajo sus pies, oler la tierra mojada después de la lluvia. Elementos tan simples, tan básicos, pero que para él eran tesoros incalculables. Sin embargo, había algo que le inquietaba aún más: el mundo exterior había cambiado. ¿Seguirían los árboles en el mismo lugar? ¿Le reconocería alguien cuando cruzara el umbral?  

Sus ojos miraban al portón. Los engranajes de su mente eran los únicos que se movían en aquel instante eterno. Todo lo demás permanecía estático: la luz parpadeante del pasillo, la brisa helada que le cortaba las mejillas, y ese enorme portón que, en unos segundos, marcaría el inicio de algo nuevo.  

La libertad. Era un concepto que no había entendido hasta que la perdió. Ahora, frente a la promesa del mundo exterior, no sabía si le asustaba más lo que dejaba atrás o lo que estaba a punto de enfrentar.  

Y así, de pie frente al portón, inmóvil por fuera, temblando por dentro, el hombre esperó.  

Jorge Kagiagian 


Mía, alma mía

Entre muros y acero, la distancia se yergue,  
petrificada en su impaciencia, esculpida en añoranzas.  
Soy prisionero de un destino injusto,  
pero mi frente, altiva, guarda el orgullo  
y la dignidad intacta de un alma buena.  

Cada noche, tu recuerdo, como un susurro,  
besa mis labios, áridos de tu ausencia,  
y me invita al refugio de los sueños.  
Sueños que son tuyos, sueños donde eres mía.  
¿Sueñas conmigo, como yo sueño contigo?  

Un día más es un día menos.  
Vine aquí con la promesa de jamás volver.  
No temas al temblor del miedo,  
ni a la ansiedad que asedia tu pecho.  
Solo anhelo acariciar tu alma,  
y, en ese roce, sanar la herida de la mía.  

Pronto, el reloj se rendirá ante nuestra espera.  
Pronto, llegaré.  
Y, como antaño, el sueño cederá su lugar a la vigilia:  
juntos estaremos, enredados de amor,  
una vez más y para siempre.  

Porque vine aquí para no regresar jamás.  
Volveré a tu lado, para no partir nunca.  

Mientras tanto, mi amor, esta noche y todas las noches,  
te espero en la penumbra de mis anhelos,  
para que, en la inmensidad de tu recuerdo,  
me beses y me sueñes,  
como yo te beso y te sueño a ti.  

Jorge Kagiagian

Dedicado a la perrita que vivió...
Mi perrita chihuahua Mía 
Que casi muere a los 6 meses de vida pero Dios y amor la curaron... Con la ayuda de mi amigo Joeman.

La silla vacía

En la mesa de la cocina, una silla permanecía vacía. Era la de nuestra abuela, que siempre llegaba temprano con sus manos arrugadas, cargadas de dulces para los nietos. Cada domingo, su risa llenaba la casa y sus historias el corazón, siendo silenciosa testigo de nuestras travesuras.

Era otro fin de semana familiar, pero distinto. Su ausencia pesaba en el aire. La sopa estaba servida, pero nadie tenía hambre. El menor de los nietos, de apenas seis años, rompió el silencio:

—¿La Abu no vendrá hoy?

Todos nos miramos. Nadie sabía cómo explicarle la muerte a un niño. Pero él no necesitaba palabras. Bajo un silencio desconcertante, se levantó, tomó la silla vacía y la arrastró hasta la ventana.

Y dijo:
—Para que vea desde el cielo que siempre la estaremos esperando.

...

La silla sigue ahí. Durante los días y las noches, la madera cruje, y entre esos sonidos, a veces se escucha su risa traviesa y la brisa de su mano, acariciándonos el alma.

Jorge Kagiagian 



Ecos en la Oscuridad


El hombre está allí, suspendido en un instante que no tiene fin. Su cuerpo encorvado sobre el catre parece más una grieta en la penumbra que una presencia viva. La celda, un puñado de piedra y sombras, lo contiene como si fuera parte de ella: un objeto olvidado en un rincón donde la luz no alcanza.  


El aire está quieto, denso, cargado de un silencio que pesa tanto como el concreto bajo sus pies descalzos. Su respiración es un rumor apenas audible, una brizna de humanidad en un lugar que carece de todo lo humano.  


Cierra los ojos, no para descansar, sino para buscar dentro de sí algo que justifique seguir respirando. Pero lo que encuentra es vacío, un hueco tan vasto que parece haber devorado incluso los recuerdos. ¿Qué fue de su vida? Una sucesión de imágenes fugaces cruza su mente: una risa a medias, el calor de una mano que ya no está, un aroma de café que nunca volverá a llenar el aire. Pero todo se disuelve antes de tomar forma, como si el tiempo mismo se negara a cederle algún alivio.  


La pared contra su espalda es fría, y él se presiona contra ella, intentando sentir algo que no sea la nada que lo devora por dentro. Pero la piedra no responde. Ni el aire ni la oscuridad se inmutan. Él es solo una pieza más de ese espacio inerte.  


No recuerda cuándo empezó este instante eterno. Quizás ha estado aquí desde siempre. Quizás este lugar es él: la humedad que se filtra por las grietas es su propia desesperación, las sombras que cubren el suelo son fragmentos de su alma rota, y el eco del silencio es su grito, atrapado, rebotando sin fin entre las paredes.  


Sus manos, inertes sobre sus rodillas, son las de un hombre que ya no lucha. Pero, en lo profundo de sus dedos temblorosos, aún hay un leve temblor, como si algo resistiera, diminuto y frágil. No es esperanza. No podría llamarlo así. Es más bien un impulso primitivo, un instinto que no sabe morir, una chispa que se aferra a la vida aunque no haya motivo.  


El tiempo no existe aquí. El instante es eterno, y, sin embargo, cada segundo es un peso que aplasta. Fuera de estas paredes, el mundo sigue girando, indiferente. Pero aquí, el universo se ha reducido a esta celda, a este hombre, a este silencio.  


Él no piensa en el futuro, porque no lo hay. Ni en el pasado, porque ya no le pertenece. Solo siente el presente, un presente que lo envuelve como una marea negra. Quiere desaparecer, fundirse con la sombra, pero algo dentro de él lo mantiene en su lugar. Quizás es la certeza de que, aunque todo está perdido, aún queda el eco de lo que fue, reverberando en la oscuridad.  


Y ese eco, tenue y solitario, es lo único que lo une a la vida.  


Jorge Kagiagian

Cenizas de Ella (Perdón Melina)



Ella era luz,
 mi faro en la niebla espesa de la vida,
 sus manos un refugio,
 sus ojos, dos promesas jamás rotas.
 Pero yo, esclavo de mi sombra,
 traicioné su brillo con el polvo del olvido.

Noche tras noche,
 el vicio me ofrecía
 un amor falso, un alivio breve.
 Ella lloraba en silencio,
 su risa se desvanecía como humo,
 como yo me desvanecía de su abrazo.

"Regresa," suplicaba su voz,
 una melodía quebrada
 que intentaba rescatarme de la espiral.
 Pero yo, sordo al amor,
 me hundía más profundo,
 persiguiendo fantasmas que nunca existieron.

La vi partir un día,
 una figura frágil
 que el viento parecía poder llevarse.
 Dejó su perfume en el aire,
 una carta escrita con lágrimas,
 y una ausencia que nunca aprendí a llenar.

Hoy, entre las ruinas de mi cuerpo,
 busco su rostro en los espejos rotos.
 Pero solo veo a un extraño,
 un hombre que vendió el cielo
 por un infierno que lo consume lento.

Ella, mi todo,
 se fue con la primavera,
 y yo quedé atrapado en este invierno eterno.
 Su nombre arde en mis labios,
 pero mis manos solo tocan cenizas.

Jorge Kagiagian

Dedicado a Melina Rodríguez 

Silencio de Dios


La mirada traidora del buen cristiano,
que predica el bien y practica el engaño,
deleita el paladar del infierno,
del buen Dante.

Oh, cristiano,
¿no temes la ira de tu Dios?
Su Hijo dirá:
“No te he conocido.
Eres tibio, vomitado...
por la luz negra y el azufre engullido.”

Tu velo nupcial y la belleza
de tus huesos amarillos
embelesan de espanto.

Dame tu beso incestuoso.
Que arda el pecado
entre los pecados.

Te abracé en el perdón,
y tus labios de fresa
muerte en mi oído susurraron.

Enredadera de espinas
que jamás dio flor,
corona de Jesús,
yace en tus malditos brazos.

Consumido en propio fuego,
cenizas negras
al vacío eterno llevará.

El silencio de Dios será tu morada.

Jorge Kagiagian



Dedicado a Laura Eva Soledad Vazquez 

Ay, cielo oscuro

Ay, cielo oscuro que corona la noche invisible.
 Busco entre las grietas tu bendición.

Los lobos te veneran,
 las aves fluyen en tus ríos.
 Aquí, ráfagas,
 y yo, sin poderte ver.

Ay, cielo silencioso,
 árboles qué danzan,
 un eco oscuro y profundo se deja oír.
 Lo escucho atento,
 como si algo quisiera confesar.

Será otra noche
 que te escapas de mis ojos.

Pero un día,
 todo sucumbirá ante tu grandeza.
 Y saldré corriendo al monte más alto;
 trepando en un árbol danzante,
 llegaré a ti.

Y luego de una caricia
contigo me llevarás.

Jorge Kagiagian

Jinete Maldito


En los confines sombríos del azar funesto,
aprisionado en el ruego del avieso conjuro,
impávido castigo, yugo opresor,
azota como jinete maldito.

Amor Silente

Enigmas, secretos,
luces esquivas...
los misterios todos.
cometas, estrellas,
luces esquivas...
los astros todos,
entre ellos, este amor.

Cositas en la panza

En el parque
Desde la calesita,
vi las trenzas
que su abuelita le hace.

Jugaba con sus amigas
saltando la soga
riendo muy feliz.

Ay, me pongo muy nervioso
cuando estoy cerca de ella.
Mi corazón late fuerte, fuerte,
y mis palabras se me enredan.

Es tan linda, parece un sueño,
tiene ojos de color miel,
sus mejillas rosaditas
como las frutillitas de mi jardín.
Cuando ríe
es como sentir al sol brillando
muy dentro de mí.

Hay cositas en la panza
que me ponen contento,
me dan ganas de saltar
como Algodón, mi conejo.

Si me animo
y mi mamá me deja,
la voy a invitar
a tomar la leche
con muchas galletas.

Ahora mismo
quiero ir al parque
así desde lejos, escondido,
verla otra vez.

Cuando sea grande
como mi papá,
le voy a regalar
muchos caramelos
y la flor más linda
de mi jardín.

Jorge Kagiagian

El último cigarrillo


Encendí el cigarrillo, dejando que el humo llenara mis pulmones y me envolviera en una nube de placer y tranquilidad. Era consciente de que debía dejar de fumar, pero no le di importancia ni escuché los consejos ajenos.

Mis pensamientos se disolvían, y mi cuerpo se entregaba al placer efímero de aquel cigarro. Mientras exhalaba el humo, sentí cómo algo dentro de mí se desvanecía lentamente, como la ceniza del cigarrillo que se iba acumulando en el cenicero.

El humo espesó el aire, parecía dibujar figuras abstractas. Comenzó a envolverme como si quisiera ahogarme en el terror de sus formas.

Fue en ese momento cuando tomé la última pitada, y sucedió. Sabía que en algún momento habría de suceder, pero mi mente lo negaba. De repente, mi cuerpo se estremeció y un dolor agudo en el pecho me paralizó. Intenté respirar, pero no pude. Pesado, caí al suelo, luchando, sin éxito, como un pez fuera del agua, por una bocanada de aire.

En ese momento, todo lo que pasó por mi mente fue una sensación de profunda tristeza y arrepentimiento. Me di cuenta de que permití que los malos hábitos me consumieran. Me había negado a mí mismo la oportunidad de ser libre y feliz, de hacer valer cada segundo de mi vida.

Y así, en medio de la oscuridad y el silencio, llegaba mi hora. Un último aliento escapó de mis labios en un suspiro triste y gris. El humo se desvanecía mientras mis ojos se oscurecían aunándose con el cielo de la noche.

Entre mis dedos, aún estaba aquel último cigarrillo, aún encendido... 

Jorge Kagiagian 

Ciencia olvidada en desarrolllo

Durante toda mi vida, he seguido mi vocación con esmero, trabajando, estudiando y enseñando mi profesión. Se trata de una disciplina que pasa desapercibida para la mayoría, o que simplemente desconocen.

¿Por qué la lluvia me causa tanta nostalgia?


Llueve,
y la nostalgia me invade.

¿Será, porque cada gota 
fue color,fue nube fue cielo
Y hoy... tormenta ?

Quizás
una de esas gotas, se elevó, dejando en el mar
un profundo vacío,
o surcó inadvertida
los ríos, los arroyos. 
Quizás fue angustia
en la humedad
de una almohada.

Quizá
esa gota fue una lágrima
escapando de su mirada,
una gota que entró en ella
al beber de una copa deseando olvidar.

Tal vez fue su sangre,
su cuerpo, su corazón...
Tal vez fue miedo, fue dolor,
tal vez silencio y desolación.

Quizá en una noche
de tristeza y soledad,
esa lágrima fue el amor deseando morir.
Quizá en una noche
de tristeza y soledad,
esa lágrima fue su alma.

Siento que la lluvia 
jamás se detendrá… 

Jorge Kagiagian








Llueve,
y la nostalgia me invade.

¿Será, quizás, porque sé
que cada gota lleva en sí
un poco del cielo
y un poco del sol?

Quizás
una de esas gotas, se elevó, dejando en el mar
un profundo vacío,
o surcó inadvertida
los ríos, los arroyos. 
Quizás fue angustia
en la humedad
de una almohada.

Quizá
esa gota fue una lágrima
escapando de su mirada,
una gota que entró en ella
al beber de una copa deseando olvidar.

Tal vez fue su sangre,
su cuerpo, su corazón...
Tal vez fue miedo, fue dolor,
tal vez silencio y desolación.

Quizá en una noche
de tristeza y soledad,
esa lágrima fue el amor deseando morir.
Quizá en una noche
de tristeza y soledad,
esa lágrima fue su alma.

Siento que la lluvia 
jamás se detendrá… 

¿Será por eso que la lluvia me causa tanta nostalgia?

Jorge Kagiagian

Amante Lunar




Ojos azules,

océano encantador;

tu cuerpo

envoltorio grácil

de un alma sensible,

apasionada y sutil.


En la intimidad 

de un cielo inquietante,

de una noche sin estrellas,

el brillo lunar

embriaga tus secretos

en cada mirada,

en cada suspiro.  

Escapan libres

tus silencios prisioneros. 


En la intimidad de la noche,

qué no dormirá

embriagada de amor,

te revelas amante y mujer.


Jorge Kagiagian

Luz de nuestra existencia




En la luz del crepúsculo, en la frontera de los mundos, en el límite del tiempo, arde mi corazón por ti. La imagen de tu rostro, velada por la niebla de la memoria, se disuelve y se recompone en la danza eterna de la luz y la sombra. 

El mar, símbolo de la vida y la muerte, talla su rostro en la roca del acantilado, ¿Acaso nuestra historia es la misma que la del mar, un reflejo que se expande y se contrae, que surge y desaparece en vaivén  eterno?

Una aturdida existencia nos conduce hacia un abismo insondable, un abismo donde se encuentran la razón y la locura, la certeza y la duda, la felicidad y la tristeza. Y allí también, entreveradas nuestras emociones, nuestros deseos, nuestros miedos, nuestros sueños. ¿Será que en ese abismo, donde la realidad y la fantasía se entrelazan, hallaremos las respuestas? 

La luna, amiga silenciosa de la noche, testigo de nuestra historia, sigue iluminando nuestro camino, como una guía incierta hacia la verdad. ¿Será que en la luz de la luna, en el brillo de las estrellas, habita el secreto de nuestro amor, la clave devela los secretos todos del universo?

Y así, en esta atudida existencia de luz y sombra, en esta danza de la vida y la muerte, en esta búsqueda eterna, mi corazón sigue ardiendo por ti, en un fuego que nunca se apaga, en una llama que nunca muere.

Jorge Kagiagian

Dedicado a Silvana Jesus

Desolate Gaze










Tu dolor, persistente, habita en mi mente,

como el recuerdo de tus ojos desahuciados y vencidos.

No supe como hablarte, ni como amarte. 

El miedo, ese monstruo vil, fue el verdugo.


Lloraste, como una niñita, tu desconsuelo. 

¿Cómo escapar de esa memoria? 

Me atormenta en cada sueño, en cada pensamiento, en cada suspiro.


Si pudiera verte, por un instante al menos, 

verías en mis ojos la tristeza 

refejo fiel de tu mirar.

Conozco quien eres, tus deseos, tus pasiones, 

y sé lo mucho que me amaste alguna vez.


Pero todo fue demasiado, el dolor sobrepasó la razón. 

Nunca podremos perdonarnos tanto penar. 

Quisiera tomarte en mis brazos, consolarte, 

y pagar por todo el dolor que te he causado.


Lo soportaría todo, incluso más, 

no hay mayor sufrimiento que el no tenerte. 

Jorge Kagiagian 



Desprovisto


Me desplomé en la lid
y me erguí de nuevo
para continuar batallando...
Aunque la contienda se tornara vana.

Acuciado, apresado,
mis ideas censuradas;
Seguí escribiendo sin cesar...

Belleza, suave virtud



La flor exhala su belleza 
al ser cuidada con dulzura, 
un mimo que la hace crecer 
en una sublime envoltura.

Mas si bebiese del trato amargo
toda virtud tierra será, 
y toda su belleza, 
su belleza toda
será olvido, será muerte. 

Jorge Kagiagian 




La flor exhala su belleza 

al ser cuidada con dulzura, 

un mimo que la hace crecer 

en una sublime envoltura.


Mas si la misma sufre del acecho y el maltrato 

Toda virtud tierra será, 
y toda su belleza, 
su belleza toda
será olvido, será muerte. 

Jorge Kagiagian 


Sed de tu mirar



Cual navegante enloquecido,
me pierdo en el azul de tus ojos, mágico abismo
donde yace la voluntad y el sosiego.

Cautivante seducción,
hechizo poderoso,
funde mi alma
y desvela mi corazón,
éxtasis maravilloso y divino.

Profundidad azul,
océano insondable,
despierta en mí
la aventura de
tu mundo sin fin,
mundo de enigmas y misterios,
cuál peregrino sediento 
me sumerjo en ellos
y así, saciar mi alma
bebiendo de ti.

Jorge Kagiagian


La delicada virtud de la belleza




La flor 
alcanza su belleza 
bajo el cuidado tierno

La misma flor 
bajo la sombra del maltrato
Morirá 

Jorge Kagiagian


El último verso para ser gramaticalmente correcto debería decir "moriría". Pero he optado por "Morirá" porque posee más intensidad poética.



La leyenda del Mago Oriental (René Lavand)



Narra la leyenda que un viejo mago oriental perdió su brazo derecho en plena fama. Sufrió mucho... con el habia deleitado a miles y miles de niños y de grandes. Un dia , maldijo a los dioses del azar; Y fue condenado.

Ideología versus Ciencia

 


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...entonces una adolescente objetó 
al prestigioso doctor en biología: 
"no hay vida desde la concepción". 
Y al grito de una multitud enajenada, 
sin formación académica, 
fueron agredidos los profesionales 
de la salud quienes huyeron 
atemorizados.
Sin inhibición alguna, como seres 
prístinos, descubrieron sus 
desnudeces y, frente a todos los 
presentes, defecaron en el suelo 
de la sala magna. 
El beneplácito eco de los 
aplausos del decano resonaron 
en toda la universidad...

Jorge Kagiagian

...entonces una adolescente objetó al prestigioso doctor en biología: “no hay vida desde la concepción”.  Y para fundamentar lo expuesto, una multitud femenina, sin conocimiento alguno en ciencias naturales, agredió a los profesionales de la salud quienes lograron escapar.
Sin inhibición alguna, como seres prístinos, descubrieron sus desnudeces y, frente a todos los presentes, defecaron en el suelo de la sala magna. El beneplácito eco de los aplausos del decano resonaron en toda la uni

¿Por qué la lluvia
me causa tanta
nostalgia?

¿Será, quizás, porque sé que 
cada gota ha venido de las nubes? 
Quizás una de esas gotas 
se evaporó del mar. 
Quizás haya viajado por el río, 
haya sido humedad en 
una almohada que ha sido lavada 
en un arroyo. Quizá, esa gota, 
fue una lágrima que salió 
de su mirar. Una gota que ha 
entrado en ella al beber. 
Una gota que fue su sangre, 
su cuerpo, su corazón... 
quizás, en una noche 
de tristeza y soledad, 
esa lágrima fue su alma. 
¿Será por eso que la lluvia 
me causa tanta nostalgia?  

Jorge Kagiagian 


Dedicado a la mujer que jamás leerá estas palabras

Tú, Mujer



Tú, Mujer


Soy hijo de mi Madre y ella de mi Abuela...


Cadena sin fin, cada eslabón con mirada de Mujer.


Hija mía, has llenado de sonrisas mi vida...

Hija que me ha regalado una Mujer y, con ella, todo su amor.


No hay hombre sin ti, Mujer. No hay pasión sin ti.

Sin el cuidado de tus caricias, mi alma jamás habrá de florecer.


Tú, Trabajadora incansable de noches desveladas,

Invisible pero presente como la gravedad de un silencio.


Tu vientre fue mi hogar, tu pecho mi alimento.

Ven, acércate. Hay algo que debo decir...


No te he pagado bien, nunca te he agradecido.

Abrázame, te pido perdón, acéptalo, por favor.


Te pido perdón en nombre de todos los hombres

que alguna vez te hicieron llorar, Mujer.


Jorge Kagiagian 

Una Puerta sin cerrar (variacion)

 

Por supuesto que fue una tentación tener acceso a esa casona, la dueña falleció sin dejar heredero alguno.  Me fue de gran facilidad el ingreso por los techos, y una vez dentro pude esmerarme sobre la puerta principal sin ser visto por las casas aledañas; pero aun así no logré destrabar la cerradura.

La casa de cielos rasos altos con un patio central típico de las casas antiguas de esta. Muebles del tipo francés Luis XV en perfecto estado; sin ninguna marca de uso, ni siquiera del polvo que suele flotar en el ambiente. La cocina, hermosa; repleta de vajillas de un gusto muy refinado.

Según había podido averiguar llevaba deshabitada unos siete años. Sobre el hogar a leña se podía apreciar un retrato en blanco y negro con matices ocre de la persona que, seguramente, allí solía habitar. Un retrato muy particular, con intensidad que nunca había experimentado… mi vista detuvo en la mirada vívida y, de súbito, un escalofrío estremeció mis entrañas y un helor sacudió mis sienes.

Luego de recorrer toda la casa, las nubes y el sol dieron lugar al cielo de la noche. Me acosté en habitación principal. No estaba realmente cansando por lo que me dediqué a pensar un poco…

 

El dormitorio estaba prácticamente vacío, sólo algunos libros a mi alcance. La ventana permitía el ingreso de una gran cantidad del reflejo lunar. La cama, sobre una de las esquinas; la cabecera contra la pared opuesta a la entrada acercaba mis pies a la puerta. Puerta que esa noche no hube de cerrar. Un error que nunca repetiría en toda mi vida.

 

Las horas nocturnas pasaban lentamente. Un poco agotado ya, decidí por dormir.

Poco antes de lograr conciliar el sueño, la luz que alumbraba mi rostro se interrumpió. Algo se había interpuesto arrebatándome la luna y su fulgor. Un frío estupor y la sensación de oscuridad me desveló...

Mi vista recorrió la habitación. Todo se veía normal hasta que llegó a la puerta… Allí, debajo del umbral, una silueta rebelaba una figura.

Un cuerpo delgado y muy alto… una manta blanca grisácea cubría su pecho plano; sus piernas y brazos delgados eran desmesuradamente largos. Parado frente a mi vista sin ningún resguardo, su mirada se encontró con la mía.

Al verla, la reconocí de inmediato. Escondí mi cuerpo debajo de las sábanas como si esperara que esas telas me libraran de todo mal.

 

Unos segundos transcurrieron… tan breves, tan eternos. Asomé mi vista. El cuerpo sombrío  se encontraba en medio de la habitación casi llegando a mí… temblando de pánico me refugié una vez más.

 

No pude soportar la incertidumbre y el miedo; retiré apenas las sábanas que cubrían mi cabeza... vi todo blanco, sus sombrías túnicas me envolvían. Me liberé de ellas, aunque seguía recostado; no podía evitar sentirme paralizado... clavado en mi cama.

Levanté la vista recorriendo todo “el ser” hasta llegar a su rostro. Las facciones eran pálidas y monstruosas… unas sombras debajo de sus ojos los transformaban en algo indescriptible.

 

Sus dedos blancuzcos y largos, de articulaciones hinchadas, se alzaban llevando un filo, una suerte de puñal. Tenía una pluma oscura, quizás de un ave inmunda, que sobresalía del mango. Lo percibí, lo sentí, lo vi en sus ojos tan profundos como perversos… se aprestaba a dejarlo caer sobre mí.

 

Cerré fuerte los ojos implorando y esperando lo peor… Un grito salió de mí como un estallido.

De inmediato, giró su cuerpo emprendiendo una veloz marcha hacia la puerta. Y como si el viento se lo llevara, se desvaneció lentamente en el aire.

Sali corriendo de la habitación y, por el mismo techo por el que entré, ese día salí gritando mientras trataba de secar las lágrimas que no paraban de salir.

Mesa Familiar

 


El agua hirviendo, burbujeante, papas, zapallo y un boñato revoltoso; todas las verduras sumergidas, flotantes  con su característico aroma invasor de todos los sentidos: golpea sutil el rostro con su calor; premonición de una mesa familiar.

Varias horas de trabajo, más que las previstas. El cuchillo peligroso que errante confunde la cebolla y ataca la mano distraída. Eso no detendrá el proceso, sin vacilar enjuaga el agua la herida y continúa la tarea.

Una puerta se abre súbitamente, un grito informa la llegada del anhelado protagonista del manjar: allí, una carne sabrosa de un tierno animal el cual siempre respetaremos. Solemne el cocinero la toma sabiendo que una vida se fue involuntaria. Susurra al oído muerto unas palabras y agradece al cielo la gracia recibida, sabiendo que la vida y la muerte son intrincados compañeros en la intimidad del existir…

Nuevas horas aparecen, llenan la mañana y la primera tarde. Regocijados por carme humeante y tostada que despierta los reflejos condicionados. Salivación incipiente que apura a los comensales a llenar la mesa de los acompañamientos multicolores.

Agolpados en la mesa, vuelan los vasos, los cubiertos, los platos van de mano en mano llenos del trabajo inadvertido, del esfuerzo que solo puede hacerse con amor… allí, un poco de su ser, de su espíritu, de su alma; será el alimento. El bocado primero genera una pausa de silencio entre el bullicio… Y la sonrisa dibujada en su rostro: flecha el alma del cocinero que recién en ese momento puede sentarse a la mesa y compartir el bullicio de las charlas amigas

Pasaran los años y cada uno de nosotros extrañaremos cada segundo de esta mesa familiar.

Jorge Kagiagian




El agua danza en la olla, vibrante y bulliciosa, mientras las verduras se sumergen en ella, dejando que su aroma embriague todos los sentidos. El calor de la preparación golpea suavemente el rostro, avivando la anticipación de una mesa familiar.

Las horas se desvanecen, más de las previstas, mientras el cuchillo, peligroso y errático, confunde a la cebolla y ataca la mano distraída del cocinero. Sin embargo, este no se detiene, enjuaga la herida con firmeza y persevera en la tarea.

De repente, una puerta se abre con ímpetu y un grito anuncia la llegada del ansiado protagonista del banquete: una carne sabrosa de un tierno animal, cuya vida se ha ido de manera involuntaria. Con solemnidad, el cocinero la toma en sus manos, consciente del valor de la vida y la muerte como compañeros ineludibles en el devenir del existir. Murmura unas palabras al oído del difunto y agradece al cielo por la gracia recibida.

Las horas se suceden, llenando la mañana y la primera tarde, mientras el humo de la carne tostada despierta los reflejos condicionados de los comensales. La salivación anticipada apura sus ansias por llenar la mesa de los acompañamientos multicolores.

Reunidos alrededor de la mesa, los vasos vuelan, los cubiertos y los platos pasan de mano en mano, cargados del trabajo inadvertido y del esfuerzo que solo se puede hacer con amor. Allí, en cada bocado, se encuentra una parte del ser, del espíritu, del alma; la cual será el alimento. El primer bocado genera una pausa de silencio entre el bullicio, y la sonrisa que se dibuja en el rostro de cada comensal penetra profundamente en el alma del cocinero, quien por fin puede sentarse a la mesa y compartir el bullicio de las charlas amigas.

Los años pasarán y cada uno de ellos extrañará cada segundo de esa mesa familiar, llena de recuerdos y sabores que nunca se borrarán de sus mentes ni de sus corazones.

Ciencia Olvidada (Corregido)

He trabajado muchísimos años de mi profesión. Una, como tantas otras, que pasa inadvertidas por la mayoría de las personas. Incluso muchos proliferan sus burlas contra mí y mis colegas. La consideran inservible, sin sentido. “Una pérdida de tiempo”, tal como dijo mi padre cuando se enteró, hace 132 años atrás, que había decidió dedicarle mi vida.